en Madrid

Londres, 30 de diciembre de 71

Mi querido amigo:

Ayer por la tarde, cuando estaba a punto de comenzar una carta bastante dura al Consejo español a causa de la traducción y publicación del manifiesto de los bakuninistas, recibí su carta, que me ha causado mucha alegría. Aunque lamento que se haya visto obligado a ir a Madrid, es una verdadera suerte que se encuentre allí en este momento; pues las omisiones y el silencio del Consejo español son tales que sólo admiten explicaciones poco agradables. Hace ya veinticuatro días que escribí a Mora, sin haber recibido hasta ahora respuesta, o como única respuesta la publicación del manifiesto hostil; ¿qué pensaríamos sin sus cartas al respecto?

Adjunto le envío la resolución de las 30 secciones de Ginebra, pues temo que apenas la haya encontrado. Le envío también la respuesta del Comité Romando a los bakuninistas; y espero vivamente que la «Emancipación» dé a conocer igualmente a sus lectores la traducción de este excelente escrito. En el mismo número de la «Égalité» encontrará usted varios artículos sobre esta discusión y la reunión de las 30 secciones. La respuesta de los ginebrinos basta por el momento; luego, naturalmente, el Consejo General habrá de ocuparse de este asunto y contestar con una circular que abarque todas las fases de la disputa desde su origen; comprenderá usted que este escrito será largo y nos costará cierto tiempo. Entretanto, es importante poner ante los ojos de los españoles lo siguiente:

1. Por la circular de Sonvillier se ve claramente lo que pretenden esos señores. El ataque contra la Conferencia no fue más que el pretexto. Ahora atacan los acuerdos de Basilea, que tienen fuerza de ley para la Asociación y que el Consejo General tiene que cumplir. Se trata aquí de un acto de abierta rebelión, y es bueno que esta gente se haya desenmascarado. Pero

2. Ahora bien, ¿de quién son obra esos acuerdos de Basilea? ¿Del Consejo General de Londres? De ningún modo. Fueron propuestos por los delegados belgas (¡uno de ellos era Robin, el bakuninista!) y apoyados calurosamente ¿por quiénes? ¡Por Bakunin, Guillaume, Schwitzguebel, etc., por los mismos hombres que hoy los atacan, diciendo que han desmoralizado al Consejo General por su carácter autoritario! Ello no impide, sin embargo, que Guillaume y Schwitzguebel firmen esa misma circular. Aquí tenemos testigos, y si Sentinón y Farga Pellicer no están cegados por ilusiones sectarias, deben recordarlo (si es que estuvieron presentes en la sesión, cosa que ignoro). Pero entonces era otra cosa. Los bakuninistas creían tener asegurada la mayoría y que el Consejo General sería trasladado a Ginebra. Las cosas ocurrieron de otro modo, y de repente esos acuerdos, que si los hubiese ejecutado un Consejo General de su elección habrían sido lo más revolucionario entre lo revolucionario, se convierten en autoritarios y burgueses.

3. La convocatoria de la Conferencia se ha realizado de manera completamente reglamentaria. Los jurásicos, representados en el Consejo por Robin, quien exigió que el litigio fuese sometido a dicha Conferencia, debieron ser informados por él como su corresponsal regular. Jung, secretario para Suiza, no podía seguir manteniendo correspondencia oficial con un comité que, en abierto desprecio de un acuerdo del Consejo General, seguía ostentando el título de Comité de la Federación Romanda. Este acuerdo del Consejo General había sido tomado en virtud de la facultad que le confería el acuerdo administrativo de Basilea nº VIII (nueva edición de los estatutos, etc., Reglamentos administrativos II, art. 7). Todas las demás secciones fueron informadas oficial y reglamentariamente.

Ahora comprenderán nuestros amigos en España el abuso que esos señores hacen de la palabra «autoritario». Apenas algo desagrada a los bakuninistas, dicen: ¡eso es autoritario!, y con ello creen haberlo condenado para siempre. Si en vez de ser burgueses, periodistas, etc., fueran obreros, o si hubieran estudiado siquiera un poco las cuestiones económicas y las condiciones de la industria moderna, sabrían que ninguna acción común es posible sin imponer a algunos la voluntad de otros, es decir, una autoridad. Ya sea la voluntad de una mayoría de electores, la de un comité dirigente o la de un solo individuo, se trata siempre de una voluntad que se impone a los disidentes; pero sin esa voluntad directriz no es posible cooperación alguna. ¡Póngase a trabajar una de las grandes fábricas de Barcelona sin dirección, es decir, sin autoridad! ¡O adminístrese un ferrocarril sin la certeza de que cada ingeniero, cada fogonero, etc., esté en el momento preciso en el sitio donde debe estar! Quisiera saber si el buen Bakunin confiaría su grueso cuerpo a un vagón de ferrocarril si ese ferrocarril fuese administrado según sus principios, conforme a los cuales nadie permanecería en su puesto si no le pluguiera someterse a la autoridad de unos reglamentos que, en cualquier sociedad que se quiera, son aún mucho más autoritarios que los del Congreso de Basilea. Todas esas grandilocuentes frases ultrarradicales y revolucionarias no ocultan más que la más completa miseria intelectual y el desconocimiento absoluto de las condiciones en que se desenvuelve la existencia cotidiana de la sociedad. ¡Suprímase, pues, «toda autoridad», incluso la que «libremente reconocen» los marineros en un barco!

Tiene usted razón; hay que encontrar un medio para difundir mejor en el continente las actas del Consejo General. Todavía estoy buscando ese medio. Desde hace algún tiempo le envío a Lorenzo el «Eastern Post», pues me había dicho que allí tienen a alguien que entiende inglés. Hoy le envío el último número de ese periódico y añado algunos recortes de números anteriores (para Lorenzo). Con eso podrá hacer algo para la «Emancipación». Realmente no tengo tiempo para traducir yo mismo todas esas cosas; Italia me ocasiona una correspondencia enorme. Pero ya veré lo que se puede hacer; si en Barcelona hay alguien con conocimientos de inglés, ¿no podría enviar el periódico allí?

Hoy no he visto a Mohr; está trabajando duramente en su segunda edición alemana. Esta noche le daré su carta. Todos nosotros estamos bien; Jenny se siente bien, y Mohr regular. Le hago salir a pasear tan a menudo como me es posible, pues lo que necesita precisamente es aire fresco. Mi mujer le envía saludos y le desea un feliz año nuevo. Remember me to Laura when you write. The post closes.

Suyo enteramente  
El General

Para Lafargue si está en Madrid, y si no, para Mora y Lorenzo. Recuérdeme a ella cuando le escriba. Cierra el correo.