| Londres, 24 de noviembre de 1871.
Mi querido amigo:
Le habría escrito hace mucho tiempo si mi tiempo me perteneciera. Durante las últimas cuatro semanas he tenido que guardar casa; ha habido abscesos, operaciones, etc., *secundum legem artis*. No obstante, con los asuntos de la Internacional por un lado y los refugiados por el otro, no he conseguido siquiera rehacer el primer capítulo de «El Capital» para la traducción rusa. Como los amigos de San Petersburgo se volvían cada vez más apremiantes, me he visto obligado a dejar el capítulo tal como está y a hacer solo algunos pequeños cambios. Ya le dije en Londres que a menudo me planteo la cuestión de si no ha llegado el momento de retirarme del Consejo General. Cuanto más se desarrolla la sociedad, más se pierde mi tiempo, y, al fin y al cabo, hay que terminar de una vez con el «Kapital». Por lo demás, mi dimisión salvaría a la Internacional del pangermanismo con que, según dicen Rouillier, Malon, Bakunin, Robin y Cía., la amenazo.

He hablado con mi médico sobre sus asuntos. Me ha dicho lo siguiente:
1) Para establecerse en Londres como médico inglés, no le bastaría con pasar exámenes aquí. Estaría obligado a hacer al menos dos años de estudios en un hospital de Londres (o en la universidad). Se le contarían los cursos belgas para ciertas ramas de la ciencia, pero no para todas.
2) Por otro lado, puede usted establecerse aquí como doctor con sus títulos belgas, sin pasar nuevos exámenes y sin asistir a cursos ingleses. Hay aquí médicos franceses y alemanes que ejercen de ese modo. Solo que en ciertos casos, poco numerosos (por ejemplo, para la medicina legal), no podría usted entonces actuar, pero es poca cosa.
3) Por último, podría usted —como muchos extranjeros lo han hecho antes— combinar los dos métodos, ejerciendo inmediatamente y, al mismo tiempo, tomando las medidas necesarias para transformarse más tarde en médico inglés y convertirse a fin de cuentas en *the physician of Her Most Gracious Majesty*.

Así ve usted, mi querido amigo, que hay muchos caminos que llevan a Roma. Escríbame unas líneas sobre este asunto.

La conducta del Consejo Federal Belga frente al Consejo General me parece sospechosa. El señor Hins y su mujer —le hablo con franqueza— son bakuninistas, y el señor Steens probablemente ha encontrado que no se ha admirado bastante su elocuencia. En Ginebra se decía incluso, según me escribe Outine (sin creerlo, por supuesto), que usted se había puesto del lado de los aliancistas coligados con Andrée Léo, Malon, Razoua, etc. Este asunto, mezquino en sí mismo, podría acarrear malos resultados. Inglaterra, los Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Holanda, Austria, la mayoría de los grupos franceses, los italianos del Norte, de Sicilia y de Roma, la inmensa mayoría de la Suiza francesa, toda la Suiza alemana y los rusos en Rusia (a los que hay que distinguir de unos cuantos rusos en el extranjero, que se han unido a Bakunin) marchan con el Consejo General. Por otro lado, la federación del Jura en Suiza (es decir, los hombres de la Alianza que se ocultan bajo ese nombre), Nápoles, tal vez España, una parte de Bélgica y algunos grupos de refugiados franceses (que, por lo demás, según las correspondencias que recibimos de Francia, parece que no tienen allí ninguna influencia seria) formarían el campo opuesto. Una escisión semejante, no demasiado peligrosa en sí misma, sería muy inoportuna en un momento en que debemos marchar en filas cerradas contra el enemigo común. Nuestros adversarios no se engañan en absoluto sobre su debilidad, pero cuentan con obtener un gran apoyo moral mediante la adhesión del Consejo Federal belga.

Aquí me preguntan todos los días por el «Anti-Proudhon». Podría hacer cierta propaganda entre las mejores cabezas de la emigración francesa, si tuviera los pocos ejemplares de mi cosa contra Proudhon que usted tuvo la bondad de prometerme.

Saludo fraternal.
Karlos Marx.

Su amigo, el pintor Léonard, no tiene mucha suerte aquí, lamento decirlo. Mi familia fue ayer a ver sus cuadros. Yo no he visto nada todavía, porque la niebla es atroz, de modo que aún no se me ha permitido salir de mi habitación.