en Nápoles

122, R.P.R., N. W. Londres, 28 de julio de 1871

Querido Cafiero,

He recibido su carta del 12 y espero que haya recibido la mía¹, enviada hace unos días a Nápoles, junto con los Estatutos de la Asociación, las resoluciones de los congresos de Ginebra y Bruselas, la 3.ª edición del discurso sobre la Guerra Civil en Francia, los referentes a la guerra franco-alemana² y el Manifiesto Inaugural de la Asociación³ de 1864, etc., etc. Estos documentos bastarán seguramente para explicarle cuáles son las directrices y los principios de nuestra sociedad y de qué medios dispone el Consejo General para actuar en nombre y en provecho de la sociedad. También he recibido «La Plebe» de Lodi, el boletín sobre Caporusso y el número de «Roma del Popolo» con el ataque de Mazzini contra nosotros.

En cuanto a los hechos publicados relativos a Caporusso y mencionados en su carta, bastarían para declararlo incapaz de perjudicarnos en lo sucesivo. Si aún se atreviera a presentarse en público como representante de la clase obrera, se publicaría el asunto de los 300 liras, lo que acabaría con la última huella de su influencia. Nos complace saber que allí no existe ninguna secta bakuninista. Aquí se suponía lo contrario, porque los bakuninistas suizos siempre lo han afirmado. Lo han repetido sin cesar, y como no recibíamos respuesta de Nápoles a nuestras cartas, lo creímos. No teníamos en Nápoles otra dirección que la de Caporusso, a quien nuestro secretario⁴ para Francia, E. Dupont, escribió en presencia de Marx por lo menos tres cartas, pero Caporusso debe de haberlas interceptado. Si usted cree que vale la pena, pregúntele a Caporusso por esas cartas. Por lo demás, nunca hemos recibido respuesta de Nápoles, y si las cartas que se enviaron iban dirigidas directamente al Consejo, como usted asegura, está bien claro que ninguna pudo llegarnos a través de la policía italiana, francesa e inglesa.

Tiene usted toda la razón al insistir en el momento de la reflexión (donde reconozco con alegría la voz del viejo Hegel, al que también nosotros tanto debemos) y al decir que la Asociación no puede contentarse, en su actividad, con la simple afirmación franca del Art. 1 de los Estatutos, pues este principio, si no se desarrolla, no pasará de ser una mera negación, la negación del derecho de las clases aristocráticas y burguesas a «explotar» al proletariado. En verdad, tenemos que ir mucho más lejos. Tenemos que desarrollar el lado positivo de la cuestión, es decir, cómo ha de realizarse la emancipación del proletariado; y, por consiguiente, la discusión de las distintas opiniones no sólo es inevitable, sino necesaria. Como he dicho, esta discusión se da constantemente no sólo en el seno de la Asociación, sino también en el Consejo General, donde hay comunistas, proudhonianos, owenistas, cartistas, bakuninistas, etc., etc. La mayor dificultad consiste en unirlos a todos y velar por que las divergencias de opinión sobre estos hechos no perturben la fuerza y la estabilidad de la Asociación. Siempre lo hemos logrado, con la única excepción de los bakuninistas suizos, quienes, con verdadera furia sectaria, han intentado constantemente imponer su programa a la Asociación, ya de manera directa, ya indirectamente, fundando una sociedad internacional especial con un Consejo General y un Congreso propios, y ello precisamente en el seno de la gran Internacional. Cuando lo intentaron bajo la forma de la Alliance de la Démocratie Socialiste de Genève, el Consejo respondió lo siguiente (22 de diciembre de 68)⁵:

«Según este documento (el programa y el reglamento de la Alianza), la mencionada Alianza “se ha disuelto por completo en la Internacional”, mientras que [en realidad] está por completo fuera de esta Asociación⁶. Junto al Consejo General de la Internacional, elegido por los sucesivos congresos de Ginebra, Lausana y Bruselas, habría, según el reglamento de iniciativa (de la Alianza), otro Consejo General, autoproclamado, con sede en Ginebra. Junto a los grupos locales de la Internacional, existirían grupos locales de la Alianza, los cuales, por medio de sus oficinas nacionales —que actuarían al margen de las oficinas nacionales de la Internacional—, “solicitarán su admisión en la Internacional ante la oficina central de la Alianza”. El comité central de la Alianza se arroga así el derecho de admisión en la Internacional. Por último, el Congreso general de la Asociación Internacional de los Trabajadores tendría su doble (doublure) en el Congreso general de la Alianza, pues el reglamento de iniciativa dice que en el congreso obrero anual la delegación de la Alianza de la Democracia Socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, “celebrará sus sesiones públicas en un local separado”;

puesto que una segunda corporación internacional que actúe dentro y fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores sería el medio más infalible para desorganizarla;

puesto que cualquier otro grupo de personas, en cualquier lugar, tendría el derecho de imitar al grupo iniciador (de la Alianza) de Ginebra e injertar en la Asociación Internacional de los Trabajadores, bajo pretextos más o menos plausibles, otras asociaciones internacionales con misiones especiales;

puesto que de este modo la Asociación Internacional de los Trabajadores se convertiría pronto en juguete de los intrigantes de todas las nacionalidades y de todos los partidos;

puesto que, por otra parte, los Estatutos de la Sociedad Internacional de los Trabajadores sólo permiten en su marco a las sociedades locales y nacionales⁷ (véase el Art. 14⁸ de los Estatutos);

puesto que está prohibido a las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores darse estatutos y reglamentos administrativos contrarios a los estatutos y reglamentos administrativos de la Asociación Internacional de los Trabajadores (véase el Art. 12 del reglamento administrativo);

puesto que la cuestión ha sido prejuzgada ya por la resolución, aprobada por unanimidad en el Congreso de Bruselas, contra la Liga de la Paz (esta Liga había invitado a la Internacional a adherirse a ella, y tal fue nuestra respuesta a aquellos burgueses);

puesto que en dichas resoluciones el Congreso declaró que la Liga de la Paz carecía de todo derecho a la existencia, ya que, según sus últimas declaraciones, su objetivo y sus principios eran idénticos a los de la Asociación Internacional de los Trabajadores;

y puesto que varios miembros del grupo iniciador de la Alianza, en su calidad de delegados al Congreso de Bruselas, votaron a favor de estas resoluciones,

el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores ha decidido por unanimidad:

I. Se declaran nulos y sin efecto todos los artículos del reglamento de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista que determinan sus relaciones con la Asociación Internacional de los Trabajadores;

II. No se admite a la Alianza Internacional de la Democracia Socialista como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores.»

Sobre este punto, a saber, que la Internacional no puede permitir que exista en su seno otra Internacional sectaria con organización propia⁹, creo que no puede haber dos opiniones. No cabe la menor duda de que todos los futuros congresos y consejos generales se opondrán decididamente a la organización de tales intrigas en nuestro seno, y sería bueno que nuestros amigos de Nápoles, al menos los que mantienen relaciones con Ginebra, lo comprendiesen así: los bakuninistas son una pequeñísima minoría dentro de la Asociación, y los únicos que han provocado discordia en todo tiempo. Hablo principalmente de los suizos, pues con los demás hemos tenido poco o ningún trato. Siempre les hemos permitido tener sus principios y difundirlos del modo que ellos consideren mejor, con tal de que renuncien a todo intento de minar la Asociación o de imponernos su programa, y así verán que los obreros de Europa no se dejarán convertir en instrumento de una pequeña secta. En cuanto a sus opiniones teóricas, el Consejo General escribió el 9 de marzo de 1869 a la Alianza, citando el Art. 1 de los Estatutos:

«Puesto que las secciones de las clases obreras en los distintos países se hallan en diferentes condiciones de desarrollo, se sigue necesariamente que sus opiniones teóricas, que reflejan el movimiento real, son igualmente diversas. No obstante, la comunidad de acción que la Asociación Internacional de los Trabajadores suscita, el intercambio de ideas facilitado por las publicaciones en los órganos de las distintas secciones nacionales y, por último, los debates directos en los congresos, no dejarán de crear progresivamente un programa teórico común. Por consiguiente, no es función del Consejo General examinar críticamente el programa de la Alianza. No nos incumbe indagar si es o no una expresión adecuada del movimiento proletario. Para nosotros sólo importa saber si no contiene nada que vaya en contra de la tendencia general de nuestra Asociación, esto es, de la completa emancipación de la clase obrera.»

Le he citado esto con detalle para demostrarle cuán infundada sería toda acusación contra el Consejo General de que rebasa los límites del Art. I de los Estatutos. En el ejercicio de sus deberes oficiales respecto a la admisión o rechazo de secciones, no puede obrar de otro modo; pero en lo que toca al afán de discutir cuestiones teóricas, el Consejo nada desea con mayor fervor. El Consejo espera que, mediante tales discusiones, se llegue a un programa teórico general que sea adoptado por el proletariado europeo. En todos nuestros congresos¹⁰, las discusiones teóricas han absorbido con mucho la mayor parte del tiempo, si bien hay que señalar que Bakunin y sus amigos han participado muy poco en estas discusiones teóricas. El Consejo General ha ido también, en sus documentos oficiales, mucho más allá del Art. I. Lean todos los materiales que se les han enviado, y sobre todo el núm. 3, el relativo a la Guerra Civil en Francia, en el que nos declaramos abiertamente por el comunismo, lo cual ha debido sin duda desagradar en extremo a los numerosos proudhonianos que hay en la asociación. Pudimos hacerlo porque nos vimos forzados a ello por los calumniadores capitalistas de la Comuna de París.

¹ Véase el presente volumen, pp. 660-663: «Estatutos y Reglamento de la Asociación Internacional de los Trabajadores».

² Karl Marx: «Primer Manifiesto del Consejo General sobre la guerra franco-alemana» y «Segundo Manifiesto del Consejo General sobre la guerra franco-alemana».

³ Karl Marx: «Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores».

⁴ En el original: «secretario francés»; en realidad, Secretario para Francia.

⁵ Karl Marx: «La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista».

⁶ En el texto citado por Engels dice «mientras que» (während), pero en el original de Marx se lee: «y al mismo tiempo está por completo fuera de esta Asociación» (und zugleich völlig außerhalb dieser Assoziation steht).

⁷ En el manuscrito de Engels dice: «no permiten en su marco a estas ramas locales de ramas nacionales» (diese lokalen Zweige nationaler Zweige nicht zulassen); el texto correcto, según los Estatutos, es: «sólo permiten en su marco a las sociedades locales y nacionales» (nur lokale und nationale Zweiggesellschaften zulassen).

⁸ En el manuscrito: «Art. 146»; en realidad debe decir «Art. 14» de los Estatutos.

⁹ En el manuscrito: «que la Internacional no puede permitir a otra Internacional sectaria existir con organización propia» (einer anderen sektiererischen Internationale nicht gestatten kann, mit eigener Organisation zu bestehen); probablemente, el texto completo sería: «que la Internacional no puede permitir que dentro de sus filas exista una Internacional sectaria con organización propia» (nicht gestatten kann, daß innerhalb ihrer Reihen eine sektiererische Internationale mit eigener Organisation besteht).

¹⁰ En el manuscrito: «Auf allen unseren theoretischen Kongressen haben die Diskussionen» (En todos nuestros congresos teóricos, las discusiones); probablemente, debería decir: «Auf allen unseren Kongressen haben die theoretischen Diskussionen» (En todos nuestros congresos, las discusiones teóricas han…).

No existe un solo documento emitido por el Consejo General que no vaya más allá del Artículo I. Sin embargo, el Consejo sólo puede ir más allá del programa oficial de la Asociación en la medida en que las circunstancias puedan justificarlo; no puede dar derecho a ninguna sección a decir: Habéis violado nuestros estatutos, proclamáis oficialmente cosas que no están contenidas en los estatutos de la Asociación. Decís que nuestros amigos de Nápoles no se contentan con la abstracción pura, que quieren algo concreto, que no se dan por satisfechos sino con la igualdad y el orden social en lugar del desorden. Bien, estamos dispuestos a hacer más. No hay un solo hombre en el Consejo General que no esté por la abolición completa de las clases sociales, y no hay un solo documento del Consejo General que no esté en concordancia con ello. Debemos liberarnos de los terratenientes y de los capitalistas, colocando en su lugar a las clases aliadas de los trabajadores agrícolas e industriales e impulsándolas a apoderarse de todos los medios de producción: tierra, herramientas, máquinas, materias primas y los medios para vivir durante el tiempo necesario para la producción. De este modo, la desigualdad tendrá que cesar. Para llevar esto hasta el fin, necesitamos la dominación política del proletariado. Creo que esto es bastante concreto para los amigos de Nápoles. Al mismo tiempo que, como otros, ponemos nuestro empeño en labrar el mal terreno, no se puede exigir que el Consejo General lance a intervalos breves proclamas fulgurantes, con las que una buena parte de nuestros miembros estaría satisfecha, mientras que a otra parte ciertamente le desagradarían. Pero cuando se presenta una ocasión real, mostramos nuestra fuerza, como sucedió con el Manifiesto sobre la guerra civil, y eso se ha confirmado en Francia. Sobre la cuestión religiosa no podemos hablar oficialmente, salvo cuando los curas nos provocan, pero sentiréis el espíritu del ateísmo en todas nuestras publicaciones y, además, no admitimos a ninguna sociedad que contenga en sus estatutos la menor alusión religiosa. Muchos quisieron afiliarse, pero fueron rechazados sin excepción. Si nuestros amigos de Nápoles se constituyeran como sociedad de ateos y sólo admitieran a ateos, ¿qué sería de su propaganda en una ciudad donde, y vos mismo lo decís, no sólo Dios es todopoderoso, sino que también hay que tratar con miramientos a San Jenaro?

Conforme a vuestro deseo, adjunto una carta para C. Palladino!!! con la expresión de simpatía por la sección napolitana, que os ruego tengáis a bien hacerle llegar.

Ahora, a Mazzini. Su artículo en «Roma del Popolo» lo comuniqué al Consejo el martes pasado. El informe publicado sobre la discusión os lo enviaré dentro de unos días.!*! Para Italia es, sin embargo, deseable que se publique lo siguiente:

Dice Mazzini:

«Esta Asociación fundada hace años en Londres, y a la cual he negado desde el principio mi colaboración... un puñado de individuos que se arroga la pretensión de gobernar directamente a una gran masa de hombres diferentes por patria, tendencias, presupuestos políticos, intereses económicos y medios de acción, terminará por no actuar en absoluto, o tendrá que actuar de manera tiránica. Por eso me retiré, y después se retiró la sección obrera italiana.»

He aquí los hechos. Tras la asamblea del 28 de septiembre de 1864, en la que se fundó nuestra sociedad, cuando se reunió el Consejo provisional elegido en aquella asamblea pública, el Mayor L. Wolff presentó un manifiesto y un conjunto de reglas redactados por el propio Mazzini. En ellos no sólo no había objeción alguna a gobernar directamente a una masa, etc.; no sólo no decía que esa fuerza, cuando actúa plenamente, obrará de modo tiránico, sino que, al contrario, las reglas estaban redactadas en el espíritu de una conspiración centralizada, otorgando al cuerpo central un poder tiránico. El manifiesto estaba redactado en el estilo habitual de Mazzini: la démocratie vulgaire que ofrece a los obreros derechos políticos para conservar intactos los privilegios sociales de las clases medias y altas. Este manifiesto y el proyecto de estatutos fueron entonces rechazados. Los italianos (leed los nombres al dorso de nuestro Manifiesto Inaugural) permanecieron, sin embargo, como miembros, hasta que se volvió a plantear la cuestión relativa a algunos burgueses democráticos franceses que querían servirse de la Internacional. Al no ser éstos admitidos, primero Wolff y luego los demás se retiraron, y nosotros habíamos terminado para siempre con Mazzini.!?**! Algún tiempo después, el Consejo Central, en respuesta a un artículo de Vésinier en un periódico de Lieja!@!, declaró que Mazzini jamás había sido miembro de la Asociación y que los proyectos de su manifiesto y de las reglas habían sido rechazados. Habréis visto que Mazzini, también en la prensa inglesa, ha atacado furiosamente a la Comuna de París, eso es lo que hace siempre cuando los proletarios se alzan; después de una derrota semejante, los denuncia ante los burgueses. Tras la insurrección de junio de 1848 hizo lo mismo, denunció a los proletarios insurrectos de manera tan ignominiosa, que hasta Louis Blanc escribió un libro contra él. Y

Louis Blanc nos ha dicho varias veces más tarde que la insurrección de junio de 1848 había sido obra de los agentes bonapartistas.[’!

Cuando Mazzini llama a nuestro amigo Marx un genio... destructor, una naturaleza dominadora, etc., etc., no puedo sino deciros que la dominación destructora y el espíritu celoso de Marx han sabido mantener unida a nuestra Asociación durante siete años, y él ha hecho más que ningún otro para llevarla al orgulloso estado actual. En cuanto a la descomposición de la sociedad, que se dice ha comenzado ya aquí en Inglaterra, se trata de que dos miembros ingleses del Consejo, que se habían vuelto demasiado íntimos con la burguesía, encontraron demasiado fuerte nuestro Manifiesto sobre la guerra civil y se retiraron.?! En su lugar hemos ganado a 4 nuevos ingleses!? y 1 irlandés!?, y nos consideramos aquí en Inglaterra mucho más fuertes de lo que éramos antes de que los 2 renegados nos abandonaran. En lugar de encontrarnos en un estado de disolución, ahora somos públicamente reconocidos por primera vez por toda la prensa inglesa como una gran potencia europea; y jamás un pequeño impreso ha causado aquí en Londres mayor sensación que el Manifiesto sobre la guerra civil, cuya 3ª edición está próxima a aparecer.

Repito, es muy deseable que esta respuesta a Mazzini se publique en italiano y se muestre a los obreros italianos que el gran agitador y conspirador Mazzini no tiene para ellos otra propuesta que ésta: instrucción, aprended tanto como podáis (como si eso dependiera sólo de ellos), esforzaos por formar más cooperativas de consumo (no sólo cooperativas de producción) ¡y confiad en el futuro!1!??*!

En la sesión del martes pasado, el Consejo decidió que el 3er domingo de septiembre (17 de septiembre) se celebrará en Londres!?! una conferencia privada de delegados de las diversas secciones obreras de la Asociación Internacional.

Esta resolución fue adoptada porque un congreso público es ahora imposible, ante las persecuciones por parte de los gobiernos en España, Francia, Alemania y quizás también en Italia. Si celebrásemos un congreso público, nuestros delegados no podrían ser elegidos públicamente en la mayoría de esos países, y probablemente serían arrestados a su regreso. En estas circunstancias, nos vemos obligados a recurrir a una conferencia privada, en la que no se publicarán ni la convocatoria, ni las sesiones, ni las resoluciones. Una conferencia tal tuvo lugar en 1865 en lugar de un congreso.0] La actual conferencia, naturalmente, sólo puede reunirse en Londres, pues es la única capital de Europa en la que los extranjeros no son condenados a la expulsión por la policía. El número de delegados y las reglas de elección se dejan enteramente a las

18 Alfred Taylor, John Roach, Charles Mills, Georg Lochner - 1? J. Patrick MacDonnel

diversas secciones nacionales. La conferencia dispondrá de pocos días solamente, de modo que limitará sus discusiones principalmente a las cuestiones prácticas de la administración interior, de la organización general de la sociedad. Como ni sus sesiones serán públicas, ni las discusiones se publicarán más tarde, la discusión de las cuestiones teóricas tendrá poca importancia; pero la reunión de los delegados ofrecerá una buena ocasión para el intercambio de sus ideas. El Consejo General someterá a la conferencia un informe de cuentas de los dos últimos años, y la conferencia se pronunciará sobre él. Habrá, pues, algunas cuestiones importantes antes de seguir adelante.

Os ruego, sin embargo, que impulséis la reorganización de nuestras secciones en Italia hasta donde sea posible, para que estén representadas en esta conferencia. Dado que Gambuzzi vendrá a Londres hacia esa fecha, quizás podría disponer su viaje en consecuencia y recibir un mandato como uno de vuestros delegados. Pero he de llamar al mismo tiempo vuestra atención sobre el artículo 8 del reglamento administrativo, que dice:

«Sólo los delegados de las secciones y ramas que hayan pagado sus cotizaciones al Consejo General podrán tomar parte en los trabajos del congreso.» 7251 La cotización anual es un soldo o 10 centesimi por cada miembro, y sería bueno que se enviaran todavía antes de la conferencia, pues de otro modo podrían surgir, llegado el caso, dificultades para la admisión de los delegados.

¿Tendríais la bondad de enviarme al menos 6 ejemplares de la traducción italiana de «La guerra civil en Francia»!”!2', tan pronto como aparezca, para el Consejo?

Sería bueno que en el sobre de vuestra carta escribierais, en lugar de mi nombre, el de la señorita Burns, a saber: Miss Burns, 122, Regent’s Park et rien de plus’”, sin ninguna otra cubierta interior o dirección. Es mi sobrina, una muchacha que no entiende italiano, de modo que no hay que temer ningún error.

Adjunto también nuestro Manifiesto al Consejo Americano, que denuncia la conducta de su enviado en París, el señor Washburne.**

2º y 3º los informes publicados sobre las 2 sesiones del Consejo. (Estos informes publicados contienen sólo lo que deseamos que se publique; se han omitido todos los asuntos concernientes a la administración interior.)

F. Engels

20 y nada más - 2! Karl Marx: «El señor Washburne, el enviado americano en París»

B. Trece cartas de la señora Jenny Marx
y de las hijas de Marx, Jenny y Eleanor,
así como una carta de Wilhelm Liebknechts