Londres, 14 de septiembre de 1870
Querido ciudadano:
Adjunto dos ejemplares, uno para L’Internationale, otro para La Liberté, de nuestra alocución. No tengo tiempo de traducirla, y Dupont está en Manchester, Serraillier como delegado del Consejo General en París. Mi tiempo está absorbido por la correspondencia con Alemania y por la agitación entre los obreros ingleses.
Nuestro Comité central de Brunswick había publicado el 5 de septiembre un llamamiento a los «Obreros alemanes» contra la anexión de territorio francés, por la paz con la República. Por orden del general Vogel von Falckenstein, el infame prusiano que se ha distinguido por su vandalismo en Frankfort (en 1866), los manifiestos no sólo fueron confiscados, sino que todos los miembros del Comité –y también el desdichado impresor del manifiesto– fueron detenidos y cargados de hierros como criminales y transportados a Lötzen, una ciudad de la Prusia Oriental. Sabéis que bajo el pretexto de un desembarco francés toda la costa del norte de Alemania ha sido puesta en estado de guerra, de manera que los señores militares pueden arrestar, juzgar, fusilar como mejor les parezca. Pero también en las otras partes de Alemania donde el estado de guerra no ha sido proclamado, los prusianos han establecido un régimen de terror, apoyado por la clase media, contra toda opinión independiente. Los obreros alemanes, pese a este terror, y pese a los alaridos del patriotismo burgués, se comportan admirablemente.
Lamento no poder decir lo mismo de nuestros camaradas franceses. Su manifiesto era un absurdo: «¡Repasen el Rin!». Olvidaban que los alemanes, para llegar a su casa, no necesitan repasar el Rin, sino sólo retirarse al Palatinado y a la Provincia Renana (prusiana). ¡Comprenderéis cómo esta frase chauvinista ha sido explotada por los periódicos oficiales de Bismarck! Todo el tono de ese manifiesto es absurdo y nada en el espíritu de la Internacional.
No tengo tiempo de copiaros entera la carta que recibí ayer de Serraillier, pero el siguiente pasaje bastará para aclararos el estado de las cosas en París. Es nuestro deber no engañarnos a nosotros mismos con ilusiones.
«Es increíble pensar que personas que durante seis años pueden ser internacionales, abolir las fronteras, no conocer ya a los extranjeros, lleguen al punto en que están para conservar una popularidad ficticia de la que tarde o temprano serán víctimas. Cuando me indigno por su conducta responden que si hablasen de otro modo serían abucheados. Así, les parece más conveniente engañar a esos desdichados sobre la verdadera situación de Francia que buscar, a riesgo de perder su popularidad, hacerles entrar en razón, lo que creo sería mucho más útil para nuestra Francia. Y aún más: con sus discursos ultrachauvinistas, ¡qué situación le crean a la Internacional! ¡Cuántas generaciones harán falta para borrar el profundo antagonismo de nacionalidad que se esfuerzan por hacer renacer con todos los recursos que su pobre imaginación les sugiere! No es que sean necios, ni mucho menos. Pero, como yo, saben que engañan al pueblo halagándolo, sienten que cavan un abismo bajo sus pies; digo más, tienen miedo de confesarse francamente internacionales, y como esto es estúpido, se sigue que no hallan nada mejor que parodiar la revolución del 93!»
Todo este estado de cosas desaparecerá, espero, ante la capitulación próxima e inevitable de París. La desgracia de los franceses, incluso de los obreros, ¡son los grandes recuerdos! ¡Será preciso que de una vez por todas los acontecimientos rompan ese culto reaccionario del pasado!
El manifiesto impreso en el suplemento de La Solidarité no me ha sorprendido. Bien sabía yo que quienes predican la abstención absoluta de la política –como si los obreros fuesen monjes que se establecían su propio mundo al margen del gran mundo– recaerían siempre, al primer toque de rebato histórico, en la política burguesa.
La prensa inglesa, a excepción de muy pocos periódicos, está vendida; la mayoría a Bismarck, la minoría a L. Bonaparte, que ha ahorrado bastante dinero para comprar todo un ejército. No obstante, he encontrado los medios para hacer una guerra a muerte a los señores prusianos.
Nuestros amigos de París me han bombardeado con telegramas informándome de lo que tengo que hacer en Alemania. Creo conocer la manera como hay que tratar a mis compatriotas un poco mejor que los parisinos.
Me obligaréis escribiéndome unas líneas sobre el estado de las cosas en Bélgica.
Salud y fraternidad
Karl Marx