en Londres  

[Londres,] 12 de septiembre de 1870  

Muy señor mío:  

El pasado miércoles, A. Serraillier, miembro del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, partió hacia París como mandatario del Consejo. Consideró que era su deber permanecer allí, no sólo para participar en la defensa, sino también para ejercer su influencia sobre nuestro Consejo Federal de París, pues es realmente un hombre de excelentes capacidades intelectuales. Hoy se ha informado a su esposa de esta decisión. Por desgracia, ella y su hijo no sólo se encuentran sans soi, sino que los acreedores de Serraillier, cuyos créditos ascienden a unas 12 libras esterlinas, amenazan con vender sus muebles y arrojarla a la calle. En estas circunstancias, mis amigos y yo hemos decidido ayudarla, y por eso me tomo la libertad de apelar también, por medio de esta carta, a usted y a sus amigos.  

Usted comprobará que el Mensaje que presenté al Consejo General el viernes pasado y que ahora está en imprenta coincide en muchos puntos casi literalmente con su panfleto.  

En mi opinión, París tendrá que capitular, y de las cartas privadas que recibo de París se desprende que algunos miembros influyentes del Gobierno Provisional se están preparando para tal desenlace.  

¡Serraillier me escribe hoy que la rapidez con que los prusianos marchan sobre París es lo único en el mundo que puede impedir una nueva insurrección de junio! Si París cae, Francia no estará perdida en modo alguno, con tal de que las provincias cumplan con su deber.  

El Consejo Federal de París me bombardea con telegramas, todos los cuales apuntan a un mismo objetivo: el reconocimiento de la República Francesa por Inglaterra. Esto es realmente muy importante para Francia. Es lo único que se puede hacer ahora por Francia. El rey de Prusia⁴ trata oficialmente a Bonaparte como el soberano reinante de Francia. Quiere reinstaurarlo. La República Francesa no existirá oficialmente hasta que sea reconocida por el Gobierno británico. Pero no hay tiempo que perder. ¿Va usted a permitir que su reina⁵ y sus oligarcas, bajo el dictado de Bismarck, abusen de la enorme influencia de Inglaterra?  

Suyo afectísimo,  

Karl Marx  

A propósito. En la prensa inglesa hay ahora mucha cháchara inútil sobre «nuestras medidas de defensa». En caso de una guerra con Prusia o con las otras potencias militares del continente, ustedes disponen de un solo, pero infalible, medio ofensivo: la destrucción del comercio marítimo continental. Sólo podrán lograrlo haciendo valer sus «derechos marítimos», que fueron cedidos a Rusia mediante una intriga ministerial —no por sanción alguna del Parlamento— en el Tratado de París de 1856. Rusia atribuye tanta importancia a este punto que, nada más empezar esta guerra, ha inducido a Prusia a subrayar esas cláusulas del «entendimiento» de París. Prusia, por supuesto, se mostró encantada. En primer lugar, no tiene armada. En segundo lugar, es indudable que a las potencias militares del continente les interesa por igual inducir a Inglaterra, como única gran potencia marítima de Europa, a renunciar, bajo el pretexto de la humanidad, ¡a los medios más eficaces de la guerra naval! ¡El privilegio de la inhumanidad —y no se puede hacer la guerra de manera «humana»— queda reservado a las fuerzas terrestres! Además, esta «filantropía» diplomática supone que la propiedad —siempre en el mar, no en tierra— es más sagrada que la vida humana. Por eso los fabricantes y comerciantes ingleses, a los que se ha tomado por tontos, se dejaron engañar por las cláusulas de París sobre la guerra marítima —cláusulas que para ellos no tienen ninguna utilidad práctica, pues no fueron aceptadas por los Estados Unidos—. Y sólo en una guerra con estos podría una condición semejante tener algún valor para los capitalistas monetarios de Inglaterra. El menosprecio con que Prusia y Rusia (que marcha tranquilamente sobre la India) tratan actualmente a Inglaterra se debe tan sólo a que saben que Inglaterra no puede hacer nada en una guerra terrestre de ofensiva, y que ella misma se ha desarmado para una guerra marítima, en la que podría decidirlo todo, o más bien ha sido desarmada por el acto arbitrario de Clarendon, que obró según instrucciones secretas de Palmerston.⁶ Declaren ustedes mañana que esas cláusulas del Tratado de París —que ni siquiera están redactadas en forma de cláusulas contractuales— son papel mojado, y les garantizo que cambiará de inmediato el tono de los fanfarrones continentales.  

De: “The Social-Democrat”