en Londres

Manchester, 10 de junio de 1869

Mi querida niña:

Estaba yo firmemente resuelto a abandonar Manchester ayer. Pero Engels, so pretexto de que en la primera semana de mi estancia había estado yo algo enfermizo, insistió tenazmente en que me quedara hasta el próximo lunes. ¡Así que no tuve más remedio que ceder! Es realmente demasiado bueno conmigo para que yo pudiera oponer resistencia seria a un capricho semejante de su parte.

En nuestra excursión de tres días a Devonshire-Arms, cerca de Bolton Abbey, trabé conocimiento con un individuo de lo más estrafalario, un tal señor Dakyns, geólogo, que vive temporalmente en esta región de Yorkshire para hacer un levantamiento geológico de la zona. De paso, has de saber que se está confeccionando un mapa geológico de toda Inglaterra por orden del gobierno y bajo la dirección del profesor Ramsay, de Jermyn Street. Moore es geólogo él mismo. Por mediación suya, Engels y Schorlemmer conocieron a Dakyns, que vive en una granja situada en pleno despoblado de Yorkshire. Dicha granja era, por lo demás, una vieja abadía, y su parte inferior sigue sirviendo aún de capilla. Para ver a Dakyns nos dirigimos a aquella parte del mundo. Djakyns] se parece mucho a un campesino alemán, de estatura raquítica, con una perpetua y amplia sonrisa en el rostro, algo simiesco en la conformación de la cabeza, sin nada de británico salvo los dientes superiores salientes, que me recordaron a la difunta señora Seiler. Su indumentaria es aproximadamente la de un gañán desastrado e “insuficientemente vestido”, completamente desaliñada. La corbata y demás adminículos de la civilización le son ajenos. La primera impresión que causa uno es la de un payaso basto, cuyo buen corazón asoma a sus ojos y una sonrisa bonachona juguetea alrededor de sus labios; pero no le atribuirías intelecto. Sin embargo, es un hombre altamente científico, incluso un entusiasta de su ciencia. Su nombre empieza ya a abrirse paso entre un gran enjambre de rivales. Es cándido como un niño, sin la menor presunción, siempre dispuesto a comunicar sus descubrimientos científicos al primero que pase y quiera sonsacarlo. De hecho, siempre andan revoloteando a su alrededor un par de geólogos más, con el mero fin de sacarle dinero o fama, apropiándose de sus investigaciones. Lo encontramos verdaderamente en compañía de dos de esos sujetos, uno de los cuales, llamado Ward, era un joven tímido, y el otro, de nombre Green, una persona descarada e importuna. El pasado domingo comimos en su granja, en la habitación que se encuentra directamente encima de la capilla. La habitación había servido manifiestamente antes a los monjes como sala de reuniones, big walled (¡quiero decir rodeada de gruesos muros!), con vistas a espléndidos árboles y a un grupo anfiteatral de montañas, unas más altas que otras y envueltas en esos velos azules que tanto entusiasman a Currer Bell. Durante la comida, muy alegre y confortable pese a su sencillez campestre, el canto de los jóvenes en la capilla, que surgiendo de la profundidad y amortiguado por los gruesos muros sonaba como un canto venido de la lejanía, me recordó algo al canto cristiano en el “Fausto”.

Ahora bien, nuestro amigo Dakyns es una especie de Felix Holt, sin la afectación de éste, pero con el saber. (Por cierto, los tories de aquí dicen “Felix Holt, the rascal”, en vez de “the radical”.) Una vez por semana invita a los muchachos de la fábrica a su casa, los agasaja con cerveza y tabaco y charla con ellos sobre cuestiones sociales. Es un comunista “nativo”. Yo, naturalmente, no pude resistir la tentación de tomarle un poco el pelo y de advertirle contra cualquier encuentro con la señora Eliot, que se apoderaría de él al instante y lo incorporaría a su producción literaria. Ya le había escrito a Moore que quiere ingresar en la “Internacional”. Por eso le llevé un carnet de miembro, y él donó como cuota de entrada 10 chelines, lo cual es mucho dinero para él. Estos hombres sólo perciben 150 libras esterlinas al año y realizan una labor muy penosa, intelectual y físicamente. El gobierno no sería capaz de conseguir a estos hombres por un precio semejante si se tratara de una pura cuestión de competencia; pero la mayoría de ellos están llenos de celo “geológico” y aprovechan la oportunidad que se les brinda para efectuar trabajos de investigación. Están provistos de unos permisos que obligan a todo terrateniente, granjero, etc., a franquearles el acceso a sus propiedades y granjas y a permitirles examinar la formación del suelo.

Dakyns, que posee mucho humor picaresco, llega a menudo al patio de un granjero, saca sus instrumentos y se pone a trabajar; cuando el granjero acude, insulta al descarado intruso y le conmina a largarse si no quiere hacer conocimiento con los dientes de su perro o con la contundencia de su mayal, Dakyns aparenta no darse por aludido, prosigue su trabajo y provoca al campesino con algunos malos chistes. Cuando la comedia ha alcanzado cierto clímax, saca su permiso, y el cerbero queda aplacado. Durante nuestra estancia, como llovido del cielo, me dio a leer el último número de la “Fortnightly Review” — Drescht...1860]. Dakyns es asimismo un enemigo declarado de los comtianos o positivistas. Coincide conmigo en que nada hay de positivo en ellos excepto su arrogancia. A mi amigo Beesly lo contaba entre los “doctrinarios”, que consideran ciencia sus antojos fantásticos. En el mismo número de la “Fortnightly” aparece el segundo artículo de Mill sobre el Capital and Labour de Thornton. Por la crítica colegí que ambos son peces igualmente pequeños. Dakyns es vecino nuestro, es decir, vive en Kilburn (cuando está en Londres), en casa de su padre, un abogado.

Anoche tuve el inevitable té en casa de los Gumpert. La señora Gumpert está muy demacrada por el diente del tiempo. Jamás he presenciado un cambio tan rápido. La hipocresía de una nariz griega ha cedido al tipo fielmente judío; todo en ella luce bastante ajado y reseco, y la voz tiene esa resonancia gutural de cuya maldición está cargado, hasta cierto grado, el pueblo elegido. Al hablar de lo repugnante que le resultaba estar en un ómnibus, o en los fuegos artificiales públicos, o en el teatro, incluso en la platea —todo ello a causa de los malos olores de la plebe—, dijo: “Amo el millón limpio, pero no el millón sucio”. Yo fingí haber entendido “millón puro” y dije que era una preferencia frecuente de la humanidad la de preferir un puro millón de libras esterlinas a un millón cualquiera de seres humanos, ya estén lavados o sin lavar.

Y ahora, mi querida niña, adiós. Da a todos mis mejores deseos. El lunes salgo sin falta. Tussy luce del todo rozagante, y una estancia algo más prolongada en Manchester le sentará bien.

Tu

Old Nick