Marx a Laura y Paul Lafargue  
en París  
Londres, 15 de febrero de 1869

Querido Paul y amado Cacadou,

Conocéis el juicio de Falstaff sobre los viejos. Todos son cínicos. Así, no os extrañaréis si paso por alto el hecho indiscutible de que he guardado silencio tanto tiempo. Entro directamente en materia y vuelvo la espalda a los pecados del pasado.

Ante todo, he de deciros francamente que me preocupa mucho la salud de Laura. No sé cómo explicarme su constante retraimiento. Que sea invisible para mis amigos, como Dupont, aumenta mis temores. En cuanto ciertos arreglos lo permitan, me trasladaré allí con el único propósito de ver a mi hija. Tras la publicación del *Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte*, no sería del todo seguro para mí estar en París. Por tanto, no hagáis en vuestras cartas ninguna alusión a mi plan secreto.

Le estoy muy agradecido al pequeño Fouchtra por el empeño que pone en mantener a su abuelo al corriente de la literatura contemporánea. El libro de Vermorel me ha causado gran placer. En general, coincido con él en la apreciación de las personas que desempeñaron en 1848 un papel para el que no estaban destinadas por la selección natural. Sin embargo, a algunos los toma demasiado en serio, por ejemplo a Odilon Barrot, la nullité grave. Le falta el conocimiento de los más finos nuances de clase, que —de manera más o menos inconsciente, como en el caso de Ledru-Rollin— son representados por estos hombres provisionales, pero no providenciales. Il y a quelque chose qui cloche — su repetido intento de defender esa extraña mezcla de chevalier d’industrie, utopista y crítico, y además con mucha habilidad. Me refiero a É. Girardin. En lo que concierne a su crítica —no de los hombres, sino de las medidas—, se hace visible a cada instante l’ignorance et l’arrogance proudhoniennes.

El ouvrier artiste no es santo de mi devoción. Lo único que me gusta es el retrato de Blanqui, que le he enviado a Beesly para curarlo de los extraños prejuicios que le ha inspirado el libro de esa vieille cocotte de Daniel Stern. Cuando estuvo comiendo en casa, me preguntó con ingenuidad si Blanqui no sería uno de esos hombres no honorables del tipo de un Bradlaugh. No pude menos que reírme para mis adentros de esta apreciación, tan propia de John Bull, de los caracteres revolucionarios. Le pregunté si su héroe Catilina había sido un hombre «honorable».

En *Le Peuple*, lo que más me divierte es la circunstancia —un buen ejemplo de la ironía de la historia— de que estos doctos proudhonianos se vean obligados a presentarse como gens de lettres, un papel que tanto desprecian y que, sin embargo, es el único papel verdadero para ellos, lo único para lo que sirven.

La vívida narración de Paul de su aventura con la señorita Royer nos ha divertido a Engels y a mi humilde persona. No me sorprendió en absoluto su fracaso. Recordará que, cuando leí el prefacio de ella a Darwin, le dije en seguida que era una burguesa. Darwin fue llevado por la lucha por la existencia en la sociedad inglesa —la guerra de todos contra todos, bellum omnium contra omnes— a descubrir la lucha por la existencia como la ley dominante de la vida «animal» y vegetal. El darwinismo, por el contrario, considera esto como una razón decisiva para que la sociedad humana no se emancipe jamás de su esencia animal.

Realmente no veo qué más puedo hacer con respecto a la *Misère de la Philosophie*. El asunto estaba mal encaminado desde el principio. La recepción de los libros debería haberse confirmado de inmediato con agradecimiento, pero ahora es demasiado tarde para subsanarlo. Le he escrito a Meißner que trate de localizar a Vogler, pero poco ganaremos con dar con ese vagabundo. Lo peor es que Vieweg no solo se queda con el libro, sino que lo confisca. Si lo anunciase de nuevo, a 2 francos el ejemplar, quizá podría venderlo. Lafargue debería hablar con él en este sentido.

Me temo que no puedo hacer mucho por el nuevo periódico que se proyecta. En todo caso, haré lo que pueda. Cowell Stepney nunca adelantará los 12 000 francos. Es un necio benévolo que derrocha sus recursos de la manera más grotesca. El *Social Economist*, publicación extraordinariamente estúpida del viejo Holyoake, que es su propio Cromwell, vive del bolsillo de Stepney. No hay extravagancia con apariencia filantrópica en la que no meta los dedos, o más bien el bolsillo. Pero si se quiere ganarlo para algo de mayor envergadura, no tiene ni la voluntad ni el poder para ello.

Nuestra Internacional hace grandes progresos en Alemania. Nuestro nuevo plan, propuesto por mí, de admitir solo la afiliación individual y vender las tarjetas de miembro, en cuyo reverso están impresos nuestros principios en alemán, francés e inglés, a un penique, está dando buen resultado. Jung se va convirtiendo día a día un poco más en amo y señor. El tono untuoso, afectado y la autocomplacencia con que deja caer sus palabras de oro e hilvana largos cuentos al narrar, se están volviendo poco a poco insoportables. Dupont se lo dijo y añadió que él (Jung) tenía incluso la costumbre de meter las manos en los bolsillos mientras hablaba y hacer sonar el dinero. Pero, a su vez, tampoco es tan malo.

Mi viejo conocido —el ruso Bakunin— había urdido una bonita conspiración contra la Internacional. Después de haberse enemistado con la Ligue de la Paix et de la Liberté y haberse separado de ella en su último congreso de Berna, ingresó en la Sección Románica de nuestra Asociación en Ginebra. Muy pronto envolvió a nuestro buen viejo Becker, siempre ávido de hechos, de algo excitante, pero de disposición poco crítica, un entusiasta como Garibaldi, fácil de influir. Bakunin incubó, pues, el plan de la Alliance Internationale de la Démocratie Socialiste, que debía ser a la vez una rama de nuestra Internacional y una nueva asociación internacional independiente, «con la misión especial de elaborar los principios filosóficos superiores, etc.» del movimiento proletario. Y así, mediante una hábil jugada, nuestra Asociación habría caído realmente bajo la dirección y la iniciativa superior del ruso Bakunin. La manera como procedieron fue muy significativa. A nuestras espaldas, enviaron su nuevo programa, con el nombre del viejo Becker a la cabeza de las firmas —y también enviaron emisarios— a París, Bruselas, etc. Solo en el último momento transmitieron los documentos al Consejo General de Londres. Mediante una decisión obligatoria, apartamos de nuestro camino ese huevo de cuco moscovita. Todas nuestras secciones aprobaron la resolución. Naturalmente, ahora el viejo Becker me guarda rencor (y Schily, por su parte, también), pero a pesar de toda mi amistad personal por Becker, no podía tolerar este primer intento de desorganizar nuestra Asociación.

¿Os ha contado Dupont que el distinguido Vesinier ha sido expulsado de la ilustre rama francesa por vil y bajo calumniador? En revanche, se ha convertido en el héroe reconocido de *La Cigale*, que se ha vuelto abiertamente contra l’équivoque Conseil Général de Londres et ses acolytes à Bruxelles.

Y ahora, mis queridos hijos, pasadlo bien, besad al pequeño Fouchtra de mi parte y acordaos del

Old Nick