Mi querido señor Lafargue:

Espero bien que el señor enamorado le haya excusado ante usted mi silencio imperdonable. He estado, por un lado, perseguido por continuas recaídas de la enfermedad, por el otro, tan absorbido por un trabajo de largo aliento que he descuidado la correspondencia con mis amigos más íntimos. Si no lo contase a usted en esta categoría, nunca me habría atrevido de tal modo a violentar el decoro.

Le agradezco cordialmente el vino. Siendo yo mismo de un país vinícola, y ex poseedor de viñas, sé apreciar el vino en su justo valor. Pienso incluso un poco, con el viejo Lutero, que un hombre a quien no le gusta el vino nunca será bueno para gran cosa. (Ninguna regla general carece de excepciones.) Pero no se puede negar, por ejemplo, que el movimiento político en Inglaterra ha sido acelerado por el tratado de comercio con Francia y la importación de los vinos franceses. Es una de las buenas cosas que L. Bonaparte estuvo en condiciones de hacer, mientras que el pobre Luis Felipe estaba tan intimidado por los fabricantes del Norte que no osaba concertar tratados de comercio con Inglaterra. Sólo es de lamentar que tales regímenes, como el napoleónico, que descansan sobre el agotamiento y la impotencia de las dos clases antagónicas de la sociedad, compren unos cuantos progresos materiales al precio de la desmoralización general. Felizmente, la masa de los obreros no puede ser desmoralizada. El trabajo manual es el gran antídoto contra toda infección social.

Usted se alegrará como yo de la derrota del presidente Johnson en las últimas elecciones. Los obreros del Norte han comprendido por fin perfectamente que el trabajo, mientras lleve un estigma en la piel negra, no será nunca emancipado en la piel blanca.

El sábado por la noche recibí, por medio del ciudadano Dupont, una carta dirigida a Paul por el secretario del Colegio de Cirujanos. Pedía unos papeles que no se encontraban ni en casa de mi hija (salvo el diploma de bachillerato) ni en casa del depositario guardián de los efectos de su hijo. Así que es preciso que nos envíe esos documentos inmediatamente.

Tenga la bondad de decir a su hijo que me obligará mucho si no hace propaganda en París. Los tiempos son peligrosos. Lo mejor que podrá hacer en París será emplear su tiempo y aprovechar su trato con el doctor Moilin. Nada perderá ahorrando sus fuerzas polémicas. Cuanto más se contenga, mejor luchador será en el momento oportuno.

Mi hija le ruega por mi conducto que tenga a bien enviar por medio de Paul unas fotografías de la señora Lafargue y de usted mismo.

Toda mi familia une sus afectos a toda la familia Lafargue con los míos.

Suyo enteramente,
Karl Marx