Mi querido Lafargue.
Me permitirá usted que le haga las siguientes observaciones:
1) Si quiere usted continuar sus relaciones con mi hija, tendrá que abandonar su método «de hacer la corte». Sabe usted bien que no hay compromiso alguno, que todo es aún provisional. Y aun si fuera su prometida en toda regla, no debería usted olvidar que se trata de un asunto de largo aliento. Unos hábitos de una intimidad demasiado grande serían tanto más fuera de lugar cuanto que los dos amantes habitarán la misma localidad durante un período necesariamente prolongado de rudas pruebas y de purgatorio. He observado con espanto sus transformaciones de conducta de un día para otro, durante el período geológico de una sola semana. A mi parecer, el verdadero amor se traduce en la reserva, la modestia y hasta la timidez del amante hacia su ídolo, y en absoluto en el abandono de la pasión y las demostraciones de una familiaridad precoz. Si alega usted su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razón entre su temperamento y mi hija. Si, junto a ella, no sabe usted amar de una manera que cuadre con el meridiano de Londres, tendrá que resignarse a amarla a distancia. A buen entendedor, pocas palabras.

2) Antes de arreglar sus relaciones con Laure definitivamente, necesito aclaraciones serias sobre su posición económica. Mi hija se imagina que estoy al corriente de sus asuntos. Se equivoca. No he puesto esta cuestión sobre el tapete, porque, en mi opinión, era a usted a quien le correspondía tomar la iniciativa. Sabe usted que he sacrificado toda mi fortuna en las luchas revolucionarias. No lo lamento. Al contrario. Si tuviera que volver a empezar mi carrera, haría lo mismo. Sólo que no me casaría. En cuanto está en mi poder, quiero salvar a mi hija de los escollos en los que se ha estrellado la vida de su madre. Como este asunto no habría llegado nunca al punto actual sin mi intervención directa (¡debilidad por mi parte!) y sin la influencia de mi amistad hacia usted sobre la conducta de mi hija, una responsabilidad personal pesa pesadamente sobre mí. En cuanto a su situación inmediata, los informes, que no he buscado, sino que he recibido a pesar mío, no son nada tranquilizadores. Pero prescindo de ello. En cuanto a su posición general, sé que usted es todavía estudiante, que su carrera en Francia está medio truncada por el acontecimiento de Lieja, que para su aclimatación en Inglaterra le falta aún el instrumento indispensable, la lengua, y que en el mejor de los casos sus posibilidades son completamente problemáticas. La observación me ha convencido de que usted no es trabajador por naturaleza, pese a accesos de actividad febril y a la buena voluntad. En estas circunstancias le harán falta apoyos de fuera para embarcarse con mi hija. En cuanto a su familia, no sé nada. Supuesto que posea un cierto desahogo, eso no prueba aún su veleidad de hacer sacrificios por usted. Ni siquiera sé con qué ojos mira su proyecto de alianza. Necesito, lo repito, aclaraciones positivas sobre todos estos puntos. Por lo demás, usted, realista declarado, no puede esperar que yo trate el porvenir de mi hija como un idealista. Usted, hombre tan positivo que querría abolir la poesía, no querrá hacer poesía a costa de mi hija.

3) Para prevenir toda falsa interpretación de esta carta, le declaro que, aunque estuviera usted en condiciones de contraer matrimonio desde hoy, no se llevaría a cabo. Mi hija se negaría. Yo mismo protestaría. Usted debe ser un hombre hecho antes de pensar en el matrimonio, y hace falta un largo tiempo de pruebas para usted y para ella.

4) Quisiera que el secreto de esta carta quede entre nosotros dos. Espero su respuesta.

Enteramente suyo,
Karl Marx