- en Zalt-Bommel

Margate, 18 de marzo de 1866
| 5, Lansell's Place

Mi querida niña,

Por la dirección verás que he sido desterrado a este balneario por mi consejero médico, balneario que en esta época del año está completamente vacío. Margate vive solo de los londinenses, que literalmente lo inundan durante la temporada de baños. En los demás meses, se limita a vegetar. En lo personal, me alegro bastante de haber escapado de toda compañía, incluso la de mis libros. Me he alojado en una vivienda privada con vistas al mar. En una posada u hotel se correría el riesgo de toparse con algún viajero errante o de ser importunado con chismes locales, asuntos municipales y habladurías de vecinos. En cambio, así «no me preocupo de nadie y nadie se preocupa de mí». El aire es maravillosamente puro y vigorizante; aquí se tienen ambas cosas: aire de mar y de montaña. Me he convertido en una especie de bastón de viaje; deambulo todo el día y mantengo mi espíritu en ese estado de nada que el budismo considera la cima de la felicidad humana. Seguramente no has olvidado el bonito refrancillo: «Cuando el diablo estaba enfermo, quería ser monje; cuando el diablo gozó de buena salud, fue un diablo de monje.»

Cuando uno se aleja un poco del mar y deambula por la comarca rural vecina, se le recuerda dolorosamente la «civilización», pues a cada paso tropieza uno con grandes letreros con el aviso del gobierno: peste bovina. Los oligarcas gobernantes ingleses nunca fueron sospechosos de preocuparse un ardite por «todo el dolor de la humanidad»; pero con las vacas y los bueyes sienten una profunda compasión. Al inaugurarse el Parlamento, los señores cornúpetas de ambas cámaras, la de los Comunes y la de los Lores, se abalanzaron como fieras sobre el gobierno. Todo su griterío sonaba como el mugido de un hato de vacas traducido al inglés. Y no se parecían en nada al honorable rey Visvamitra, «que luchó e hizo penitencia por la vaca Sabala». Al contrario. Aprovecharon la ocasión para, con la enfermedad de las vacas y a costa del pueblo, «battre monnaie». Dicho sea de paso: el Oriente nos envía siempre cosas bonitas: la religión, la etiqueta y la peste en todas sus formas.

Me alegra mucho saber de la última aventura de Waaratjes. En verdad te digo, mi querida primita, que siempre he sentido una gran simpatía por ese hombre y siempre he esperado que algún día dirigiera su blando corazón hacia el objetivo adecuado y no se quedara representando el desagradable papel del cuento «La bella y la bestia». Estoy convencido de que será un buen marido. ¿Es su inamorata una «bommelense» o una inmigrante?

Unos días antes de irme de Londres, conocí al señor Orsini, un muchacho muy simpático, hermano del Orsini a quien echaron bajo tierra porque había llevado a Bonaparte a Italia. Orsini ha partido ahora por negocios de Inglaterra a los Estados Unidos, pero en los pocos días que nos tratamos me prestó buenos servicios. Aunque es amigo personal de Mazzini, no comparte en modo alguno sus anticuadas opiniones antisocialistas y teocráticas. Ahora bien, Mazzini, durante mi larga y forzada ausencia del Consejo de la Asociación Internacional, se había afanado por provocar una especie de revuelta contra mi jefatura. «Jefatura» nunca es cosa agradable ni algo por lo que yo sienta anhelo. Pienso siempre en lo que tu padre dijo a propósito de Thorbecke: «el arriero es siempre odiado por los burros». Pero, habiéndome consagrado en cuerpo y alma a una empresa que considero importante, no estoy dispuesto, tal como soy, a ceder fácilmente. Mazzini, enemigo empedernido del libre pensamiento y del socialismo, observaba los progresos de nuestra Asociación con gran envidia. Su primer intento de convertirla en instrumento suyo y de imponerle un programa y una declaración de principios urdidos por él fue impedido por mí. Su influencia en la clase obrera londinense, antes muy grande, ha caído a cero. Se enfureció al ver que habíamos fundado la Liga de la Reforma inglesa y un semanario, «Commonwealth», en el que colaboran los hombres más progresistas de Londres; a mi regreso a Londres te enviaré un ejemplar. Su cólera creció cuando el editor de «Rive Gauche» (el periódico de la jeune France, dirigido por Rogeard, autor de «Propos de Labienus», por Longuet, etc.) se nos unió, y cuando se percató de cómo nuestra Asociación se extendía por el continente. Aprovechó mi ausencia para intrigar con algunos obreros ingleses, despertar sus celos contra la influencia «alemana» e incluso enviar a su ayudante, un tal mayor Wolff (alemán de nacimiento), al Consejo para que presentara sus quejas y me denunciara más o menos abiertamente. Quería ser reconocido como «el jefe» (supongo que por la gracia de Dios) del «movimiento democrático continental». En ello obraba con toda sinceridad, en la medida en que detesta profundamente mis principios, que a sus ojos encarnan el más condenable «materialismo». Toda esta escena se representó a mis espaldas y después de haberse asegurado de que mi enfermedad me impedía comparecer. Los ingleses vacilaban, pero yo, aunque aún muy débil, me presenté precipitadamente, acompañado del señor Orsini, en la siguiente sesión. Cuando hube protestado, él [Orsini] les explicó que Mazzini había perdido incluso en Italia su influencia y que, a causa de su pasado y de sus prejuicios, era totalmente incapaz de comprender el nuevo movimiento. Todos los secretarios extranjeros se pronunciaron a mi favor, y si tú, nuestro secretario holandés, hubieras estado presente, espero que también habrías dado tu voto por tu devoto servidor y admirador. En todo caso, obtuve una victoria completa sobre este dudoso adversario. Creo que Mazzini ya está harto de mí y hará de la necesidad virtud. – Espero recibir unas líneas tuyas. No olvides que aquí soy un eremita retirado del mundo.

Muy sinceramente, tu amigo
Bloch