El 27 de setiembre el órgano nacional de Palmerston —el Times de Londres— rompió el silencio con un editorial que contradecía a Patrie sin nombrarla. El Times declaró que lord Russell había informado al gobierno francés de la decisión inglesa de intervenir en Méjico y que Thouvenel respondió que el emperador francés había llegado a una conclusión similar. Ahora le toca a España. Un diario madrileño semioficial, mientras confirmaba la intención de España de inmiscuirse en los asuntos mejicanos, negaba sin embargo la idea de una intervención común con Inglaterra. Pero todavía no llegamos al final de los desmentidos. El Times había anunciado categóricamente que “el presidente americano había dado su total acuerdo a la expedición proyectada”. Desde hace mucho todos los diarios americanos que citan el artículo del Times, refutan esa afirmación.

Es cierto —el Times lo admitió expresamente— que la intervención en común, en su forma actual, fue urdida por Inglaterra, o más exactamente por Palmerston. La adhesión de España al plan se obtuvo gracias a la presión francesa, y Francia fue llevada a esa posición por concesiones inglesas, en el dominio de la política europea. Desde este punto de vista hay una coincidencia significativa en el hecho de que el Times del 6 de noviembre —precisamente cn el número donde anuncia la decisión de una intervención conjunta a Méjico— publica un editorial donde trata con un desprecio y un cinismo extraordinarios las protestas de Suiza contra la reciente incursión en su territorio por el valle de Dappes, de las fuerzas armadas francesas. A cambio de su participación en una expedición a Méjico, Luis Bonaparte tiene carte blanche (fr.) para sus proyectos de usurpación de Suiza, y sin duda de otras regiones del continente europeo *?. Las tratativas sobre estos puntos entre Inglaterra y Francia duraron desde comienzos de setiembre a fincs de octubre. En Inglaterra nadie desea una intervención a Méjico con excepción de los acreedores del Estado mejicano, que sin embargo nunca pudieron vanagloriarse de la menor influencia sobre la opinión de la nación. De ahí la dificultad para hacerle admitir a la opinión pública el plan de Palmerston. El mejor medio después de todo, no es desconcertar al elefante británico con informaciones contradictorias que, al provenir de la misma fuente son de la misma corriente y sólo varían por la dosis administrada al animal. El Morning Post en su edición del 24 de setiembre anunció que no habría “guerra territorial para Méjico” que el único punto en litigio era el de las reivindicaciones financieras ante el Tesoro mejicano, que “es imposible tratar con Méjico como un gobierno establecido y organizado” y que en consecuencia “los principales puertos de Méjico serían ocupados provisoriamente y sus ingresos aduaneros confiscados”.

El Times del 27 de setiembre declara, por el contrario, que “una larga paciencia nos ha acostumbrado a la deshonestidad, a la falta de pago, y al pillaje legal e irremediable de nuestros compatriotas como consecuencia de las fallas de un Estado en bancarrota”, y que cn consecuencia “el robo privado de los acreedores. del Estado inglés” no es el motivo de la intervención, contrariamente a lo que piensa el Morning Post. Sin embargo el Times scñala en passant (fr.) que cl clima de “la capital de Méjico es relativamente sano, para el caso de tener que llegar hasta allí”. Pero desca, sin embargo, que “la simple presencia de la escuadra aliada eu el golfo y la ocupación de algunos puertos basten para cstimular los esfuerzos del gobicrno mejicano para restablecer la paz y para convencer a los descontentos que deben remitirse a formas niás constitucionales que el pillaje”.

En consecuencia, si —según el Morning Post-— debió emprenderse la expedición porque “no existía gobierno en Méjico”, solo fue proyectada —según el Times— para alentar y apoyar al gobierno mejicano existente. ¡El medio más original para reforzar a un gobierno es, seguramente, conquistar su territorio y requisar sus recursos financieros! Después que cl Times y el Morning Post dieran la nota de esta manera, John Bull fue entregado a los oráculos ministeriales menorcs oue, durante cuatro meses, lo prepararon sistemáticamente en el mismo estilo contradictorio hasta que la opinión pública, aunque mantenida en la ignorancia sobre los fines y designios de una intervención, estuvo por fin suficientemente preparada para la idea de una intervención conjunta a Méjico. Al fin, concluyeron las transacciones con Francia: el Moniteur anunció que el acuerdo entre las tres potencias interventoras había sido firmado el 31 de octubre. El Journal des Débats —uno de sus copropietarios fue nombrado comandante de uno de los navíos de la escuadra francesa— comunicó al mundo que no estaba previsto la conquista permanente del territorio; que Veracruz y algunos puntos de la costa debían ser ocupados, que se habían puesto de acuerdo para una avanzada hacia la capital, en caso de que las autoridades constituidas no aceptaran las reivindicaciones de los invasores, y que se restauraría un gobierno fuerte en la República.

El Times, que después de su primer anuncio del 27 de setiembre parecía haberse olvidado hasta de la existencia de Méjico, volvería daría un paso más. Si uno ignoraba los lazos con Palmerston y el hecho de haber sido el primero en publicar en sus columnas el plan de expedición, se podía pensar que el editorial del Times de hoy cs la sátira más mordaz e implacable a toda la aventura mejicana. El artículo empieza con la comprobación de que “la expedición es muy notable” (más tarde, será “curiosa”). “Tres Estados se alian para forzar a un cuarto a comportarse bien, no tanto por medio de una guerra sino por una intervención autoritaria para restablecer el orden” ¡Intervención autoritaria para restablecer el orden! Es literalmente la jerga de la Santa Alianza *?. ¡Este lenguaje impresiona curiosamente por parte de Inglaterra que glorifica por principio la no intervención! ¿Y por qué “los métodos de la guerra, la declaración de guerra y todos los otros recursos de la ley internacional” son abandonados por “una intervención autoritaria vara restablecer el orden”? ¿Por qué, dice el Times, “no existe gobierno en Méjico”? ¿Cuál es el objetivo confesado de la exnedición? “Pronorcionar reivindicaciones a las autoridades constituidas de Méjico.” Los únicos agravios de las potencias interventoras, las únicas razones que han dado para su hostilidad un barniz de justificación, son fáciles de enumerar. Son los reclamos de dinero de los acreedores y algunos ultrajes personales sufridos por suietos ingleses, franceses y españoles y de los que Méjico sería culpable. Estas eran las razones para la intervención, mencionadas en principio por el Morning Post y confirmadas oficialmente por lord John Russel hace algún tiempo en una entrevista concedida a los revresentantes de los acreedores del Estado mejicano en Inglaterra. El Times de hoy escribió: “Inglaterra, Francia y España prepararon una expedición para llevar a Méjico a cumplir sus obligaciones particulares y asegurar la protección de los sujetos de las tres coronas”. - Pero a continuación el Times da un giro y expresa: “Nosotros obtendremos indudablemente al menos un reconocimiento de nuestras reivindicaciones financieras: de hecho, en cualquier momento, hubiera bastado una sola fragata británica para que obtuviéramos satisfacción. También queremos esperar que los peores excesos que se cometieron sean reparados rápida y completamente. Está claro, en efecto, que si simplemente queremos obtener eso, es superfluo recurrir a las medidas extremas que nos proponen actualmente.” El Times confiesa en seguida, en términos difusos, que las razones adelantadas en los comienzos para justificar la expedición no eran vanos pretextos, que ninguna de las medidas aplicadas cn ese momento cran necesarias para obtener reparaciones y que de hecho cl “reconocimiento de las deudas financieras y la protección de los sujetos curopcos” no tenían nada que ver con la presente intervención en común a Méjico. ¿Cuáles son entonces los verdaderos objetivos? Ántes de seguir al Tímes en sus explicaciones queremos, al pasar, revelar algunas “curiosidades” que se cuida muv bien de abordar. En primer lugar, es verdaderamente “curioso” que sea España —precisamente España— la que emprenda una cruzada por las sacrosantas deudas extranieras. El último Courrier du Dimanche invita al gobierno francés a aprovechar la ocasión para obligar a España “al cumplimiento continuamente aplazado de sus vicias obligaciones con los «crecdores franceses”. Una segunda “curiosidad” todavía más asombrosa es gue Palmerston —quien según la reciente declaración de lord John Bull preparó el plan de invasión a Méjico para forzar asu gobierno a pagar a los acreedores inglescs— ese mismo Palmerston haya renunciado, voluntariamente y sin consultar al gobierno mejicano, a los derechos reconocidos a Inglaterra por el Tratado de 1826, y sobre todo a las garantías de crédito de Méjico en favor de los acreedores ingleses.

En virtud del Tratado concertado en 1826 con Inglaterra, Méjico se obligaba a no tolcrar la instauración de la esclavitud en ninguna parte de su actual territorio. Otra cláusula del tratado preveía que Inglaterra obtendría una hipoteca sobre cuarenta y cinco millones de acres del dominio del Estado de Tejas para garantizar los préstamos acordados por los capitalistas británicos. Fue Palmerston el que, diez o doce años más tarde, intervino como mediador en favor de Tejas contra Méjico. En el tratado concertado por él con Tejas, no solo renunció a la cláusula antiesclavista sino también a la hipoteca sobre los dominios de Estado, Por lo tanto fue él quien despojó a los acreedores ingleses de su garantía.

En esa época, el gobierno mejicano protestó; pero en el intervalo, el ministro John C. Calhoun podía permitirse esta broma: anunciar al gabinete de Saint-James que su desco de “abolir la esclavitud en Tejas se realizaría mejor con la anexión de Tejas a los Estados Unidos”. Los acreedores ingleses perdieron todo derecho sobre Méjico desde el momento que Palmerston sacrificó voluntariamente la garantía hipotecaria prevista por el tratado de 1826. Sin embargo ya que el mismo Times reconoce que la presente intervención no tienc nada que ver con los reclamos de dincro y las vejaciones sufridas por personas privadas; ¿cuál puede ser su objetivo tanto pretendido como real?

“¡Una intervención autoritaria para restablecer el orden!” Como Inglaterra, Francia y España proyectan una nueva Santa Alianza y forman un aerópago militar para restablecer el orden en cl mundo entero, es necesario —escribe cl Tímes— que Méjico sea “salvado de la anarquía y reencuentre un gobierno propio y la paz”. Es necesario pues, que los agresores “instauren allí un gobierno fuerte y durable”; y eso no es todo, ese gobierno debe constituirse sobre la base de “un partido mejicano”.

En esas condiciones hay que admitir que Palmerston y su vocero —el Times— consideran la intervención, efectivamente, como el medio de alcanzar el objetivo enunciado, a saber: “¿ahogar la anarquía e instaurar un gobierno durable en Méjico?” El Times, lejos de acariciar sueños también quiméricos, escribe abiertamente el 27 de setiembre en su primer editorial: “El único punto sobre el «que es posible que surja un diferendo entre nuestros aliados y nosotros es el del gobierno de la República. Inglaterra desea que sea confiado al Partido liberal, actualmente en el poder, Francia y España son sospechosos de parcialidad hacia el poder eclesiástico que justamente acaba de ser derribado...t% Sería extraño que Francia se convirtiera en la defensora de los sacerdotes y los bandidos, en el viejo y el nuevo mundo,” En su editorial de hoy, el Times continúa con su arenga y resume sus escrúpulos en una frase: “Es difícil suponer que todas las potencias que interviencn den su preferencia a uno de los dos partidos existentes en México, y hasta se puede suponer que difícilmente sea posible encontrar un compromiso viable entre enemigos también decididos.” Palmerston y el Times saben pues, perfectamente, que “existe un gobierno en Méjico” y que el “Partido liberal” que tiene manificstamente las preferencias de Inglaterra, está “actualmente en el poder” que “el poder de la Iglesia ha sido derrotado” y que la intervención española es la última esperanza de los sacerdotes y de los bandidos, y que toda la anarquía mejicana está en vías de desaparición. Saben que la intervención en común, cuyo fin confesado scría salvar a Méjico de la anarquía, produce el efecto contrario, es decir, debilita al gobierno constitucional, refuerza el partido de, la Iglesia gracias a las bayonetas francesas y españolas, vuelve a encender el fuego prácticamente apagado de la guerra civil, y restaura la anarquía en toda su amplitud.

La conclusión que saca el mismo Tímes es a la vez “notable” y “curiosa”. En efecto, dice: “Aunque estas consideraciones hagan reflexionar sobre las consecuencias de la expedición, no atentan contra la oportunidad de la misma expedición.” Que la expedición contradiga sus fines confesados no atenta contra su oportunidad. Al igual que el hecho que los medios empleados se opongan a los fines confesados no atenta contra ellos. Pero guardé hasta ahora, a mi favor, la mayor “curiosidad” que nos reserva Times. En efecto, dice: “Si el presidente Lincoln aceptara la invitación prevista en el tratado para participar en las próximas operaciones, el asunto tomaría un carácter aún más curioso, En efecto, sería altamente “curioso” que los Estados Unidos, que viven en buena amistad con Méjico, se asociaran a los mercachifles europeos del Orden y al participar en su acción, sancionaran la intervención del aerópago militar europeo en los problemas internos de los Estados de América. El primer plan de tal extensión de la Santa Alianza del otro lado del Atlántico fuc concebido por Chateaubriand en beneficio de los Borbones franceses y españoles*, El plan fracasó gracias a la acción de un ministro inglés, Cunning, y un presidente americano, Monroe *. La crisis actual de los Estados Unidos representa, a los ojos de Palmerston, el momento favo- «able para retomar ese viejo proyecto bajo una forma modificada. Como los Estados Unidos no pucden permitirse actualmente que una fuerza extranjera se inmiscuya en la guerra por la Unión, están reducidos a protestar. En Europa los partidarios de la causa americana desean que los Estados Unidos protesten y rechacen, ante el mundo entero, toda participación en un proyecto tan infame. Esta expedición militar de Palmerston, ejecutada en alianza con otras dos potencias europeas, fue cmpezada durante cl receso parlamentario, es decir, sin la aprobación, o mejor, contra la voluntad del Parlamento británico. La primera guerra extraparlamentaria .de Palmerston fue la guerra afgana, cuya amplitud fue minimizada y la causa justificada con la exhibición de documentos simulados. Otra de csas guerras fue la guerra persa de 1857-1858 **, Parmerston la defendió en su momento con el pretexto de que “el principio de un acuerdo previo del Parlamento no aplicable a las guerras asiáticas”. Pareciera que este principio, en adelante, no se aplica a las guerras americanas. Al parecer el control de las guerras extranjeras, cl Parlamento renuncia a todo control sobre el tesoro nacional, y el gobierno parlamentario es solo una simple farsa. CARLOS MARX EL TIMES DE LONDRES Y LOS PRÍNCIPES DE ORLEÁNS EN AMÉRICA New York Daily Tribune, 7/11/1861 Londres, 12 de octubre de 1861 En ocasión de la visita a Compiégne, del rey de Prusia **, el Times de Londres publicó algunos artículos cáusticos, que escandalizaron del otro lado de La Mancha. Á su vez, el Pays, journal de "Empire dice de los redactores del Times que son gente con el espíritu perturbado por el gin y que mojan su pluma en el fango. Este cambio ocasional de invectivas tiene como único fin confundir a la opinión pública sobre las relaciones íntimas, anudadas entre Printing House Square y las Tullerías. En efecto, no existe fuera de las fronteras francesas, mayor calumniador del hombre del Dos de Diciembre que el Times de Londres, y los servicios de este diario son mucho más preciosos cuando toma cada tanto, el tono y el aire de Catón el Censor frente a César.

Hacía meses que el Times cubría de insultos a Prusia. Al utilizar el miserable asunto de MacDonald **, hizo comprender a Prusia que Inglaterra vería con alegría que las provincias renanas escaparan de la dominación bárbara de los Hohenzollern y se colocaran bajo el despotismo ilustrado de un Bonaparte. Times exasperó no sólo a la dinastía prusiana sino hasta al pueblo de Prusia. Al mismo tiempo arruinó la idea de una alianza anglo-prusiana en caso de conflicto entre Prusia y Francia. Había usado todas sus fuerzas para convencer a Prusia que no tenía nada que esperar de Inglaterra y que le convenía más entenderse con Francia. Cuando el débil y vacilante monarca de Prusia se decidió por fin a hacer una visita a Compiégne, Times podía exclamar con orgullo: Quorum magna pars fui. Pero el tiempo ahora ha venido a borrar de la memoria de los ingleses que el Times fue quien mostró ese camino al rey de Prusia. De ahi su teatral fragor de trueno, y el eco no menos teatral del Pays, journal de Empire.

Ahora el Times ha tapado su posición de inamistad mortal al bonapartismo para así poder ayudar eficazmente al hombre de Dos de Diciembre. Pronto se le ofreció una ocasión. Luis Napoleón se inquieta enseguida por la gloria de sus rivales y pretendientes al trono de Francia. El mismo se cubrió de ridículo en el asunto del panfleto del duque de Aumale contra Plon-Plon ** y con sus procedimientos contribuyó más a la causa orleanista que todos los orleanistas juntos. Hace pocos días, el pueblo francés fue invitado nuevamente a * hacer un paralelo entre Plon-Plon y los príncipes de Orleáns. Cuando Plon-Plon fue a América, en el faubourg Saint-Antoine circularon caricaturas que represintaban a un hombre gordo buscando una corona, pero que al mismo tiempo decía que solo era un turista inofensivo que tenía profunda aversión por el olor a pólvora. Cuando Plon-Plon volvió a Francia sin otros laureles que los que ya había recogido en Crimea y en Italia, los príncipes de Orleáns atravesaron el Atlántico para engancharse en cl ejército nacional *%”, Esto produjo una gran excitación en el campo bonapartista, Ahora bien, los bonapartistas no pucden dar libre curso a su cólera en la prensa venal de París sin divulgar sus aprensiones, volver a recordar el escándalo del panfleto y suscitar detestables comparaciones entre los príncipes de Orleáns en el exilio que combaten bajo la bandera republicana contra los que mantienen en la esclavitud a millones de hombres trabajadores, y otro príncipe exiliado que como policía de las fuerzas especiales, tomó parte gloriosamente en el aplastamiento del movimiento obrero inglés *, ¿Quién podía ayudar al hombre del Dos de Diciembre a salir de este dilema? ¿Quién, sino el Times de Londres? ¿Si después de haber suscitado el 6, 7, 8 y 9 de octubre de 1861 la cólera de Pays, journal de Empire, por sus cínicas observaciones sobre la visita de Compiégne, ese mismo Times publicaba el 12 de octubre un artículo atacando a los príncipes de Orleáns por estar en el ejército nacional de los Estados Unidos, no probaba entonces que Luis Bonaparte tenía razón frente a los príncipes de Orleáns? ¿Y no traducirían enseguida el artículo del Times al francés con los comentarios de los diarios parisinos y el señor jefe de policía no lo enviaría a la prensa de todos los departamentos para que circulara en toda Francia a título de juicio imparcial del Times de Londres, enemigo personal de Luis Bonaparte, sobre el comportamiento de los príncipes- de Orleáns? Por lo tanto el Times publicó hoy un ataque rastreramente injurioso sobre los príncipes de Orleáns. Luis Bonaparte tiene, naturalmente, demasiado de hombre de negocios como para compartir la ceguera de los oficiales fabricantes de la opinión pública en lo que concierne a la guerra americana. Sabe que el verdadero pueblo de Inglaterra, Francia, Alemania y Europa considera la causa de los Estados Unidos como propia, como la de la libertad, y que a pesar de todos los sofismas de la prensa venal, las masas consideran el suelo de los Estados Unidos como el suclo libre de millones de los sin tierra de Europa, como la tierra prometida que ahora hay que defender con el arma en la mano contra la sórdida usurpación de los esclavistas. Luis Napo- . r león sabe muy bien que las masas francesas establecen una ligazón entre la lucha por el mantenimiento de la Unión y la de sus antepasados por la independencia americana; por eso, todo DEN que saca la espada por el gobierno nacional, aparece como cl ejecu OY testamentario de La Fayette. En consecuencia, Bonaparte sabe que si hay algo que impresiona favorablemente al pueblo francés es € enrolamiento de los principes de Orleáns en las filas del ejército nacional de los Estados Unidos. Ante este pensamiento, tiembla, y en consecuencia el Times de Londres, su _Sicofante puntilloso, informa hoy a los príncipes de Orleáns que “si se rebaja a co promcterse cn ese combate innoble, su popularidad en el pueblo francés no se reforzará”.

Luis Napolcón sabe que todas las guerras entre naciones adversas en Europa, después de su golpe de Estado, no han sido verdaderas guerras sino que fueron hechas sin bascs reales, deliberadamente. con falsos pretextos. La guerra de Crimea y la guerra italiana, sin hablar de las expediciones de pillaje contra China, Cochinchina », etc, jamás suscitaron simpatía en cl pucblo francés, que instintivamente se da cuenta que esas guerras solo se emprendieron con la intención de reforzar sus cadenas, ercadas por cl golpe de Estado *. De hecho, la primera guerra importante de la historia contemporánea se desarrolla en América. des Los pueblos de Europa saben que los esclavistas del Sur desencadenaron esta guerra, cuando declararon que el régimen esclavista no era compatible demasiado tiempo con el mantenimiento de la Unión. En consecuencia, los pueblos de Europa saben que la lucha por el mantenimiento de la Unión cs contra la dominación esclavista, v que la forma más alta de autogobierno realizada hasta hoy libra batalla contra la forma más baja y más desvergonzada de esclavitud bumana conocida en los anales. )

Luis Bonaparte es evidente, está muy molesto de que los príncipes de Orleáns participen precisamente en esta guerra, que se distingue por su gigantesca amplitud y la grandeza de su fin, Je todas las guerras sin motivo, futiles y bajas, que Europa ha sufrido desde 1849. Por eso cl Times acaba de declarar: “No hacer diferencia entre una guerra que se hacen naciones enemigas y esta guerra civil, la más inútil y deprovista de fundamentos que jamás hava conocido la historia, es, en alguna manera, ofender la moral pública.”