en París  

Londres, 21 de agosto de 1860  

Mi querido señor:  

Me sentí de lo más agradablemente sorprendido al recibir las breves líneas que usted tuvo la amabilidad de enviarme.  

Mi propio silencio se explica con sencillez. Después de recibir su última carta, padecí durante largo tiempo una afección hepática sumamente grave y dolorosa, un padecimiento que hace casi imposible escribir. Más tarde, un conocido mío me dijo que usted se encontraba en Londres, de modo que no estaba seguro de si una carta dirigida a París llegaría a sus manos.  

Grandes cosas han acontecido, como usted acertadamente observa, pero lo más peligroso que, en mi opinión, podría ocurrir en Europa sería una guerra entre la contrarrevolución legítima, con sede en Varsovia, y la contrarrevolución ilegítima, con sede en las Tullerías. Sin embargo, hemos de tomar las cosas como son y sacar el mejor partido de ellas. Si Garibaldi –sobre cuyas verdaderas intenciones estoy informado por cartas privadas que me han sido transmitidas– se ve obligado por el momento a arriar su propia bandera, confío en que la próxima primavera se presente la ocasión de separar de una vez por todas la causa de las nacionalidades de la causa de la contrarrevolución francesa.  

He de preguntarle algo. Kossuth ha hecho últimamente grandes esfuerzos para recuperar la influencia perdida en los Estados Unidos. Me propongo desbaratar sus maniobras y le quedaría, por tanto, muy agradecido si pudiera comunicarme tan pronto y tan detalladamente como le sea posible las recientes aventuras de este aspirante a héroe. Él estuvo (o está) en París; ¿qué ha hecho allí? Estuvo en Turín; ¿qué se proponía? Quizá pudiera usted añadir también algunos detalles sumamente curiosos de su primera aparición en Italia durante la guerra de 1859.  

De cara a los acontecimientos que se avecinan, es de suma importancia que, por una parte, la buena inteligencia entre el partido alemán de la  

libertad y los húngaros quede fuera de toda duda –y pronto tendré ocasión de hablar de ello a Alemania (no de palabra, sino por escrito)– y que, por otra parte, Kossuth, el supuesto representante de la nación húngara, no sea reconocido por ninguna de las dos partes.  

Aquí en Londres resido todavía, y seguiré residiendo, en mi antigua casa: 9, Grafton Terrace, Maitland Park, Haverstock Hill. Cuando vuelva usted a visitar Londres, confío en que no volverá a olvidar mis señas. La señora Marx, además, se sintió muy decepcionada por no haber tenido ocasión de trabar conocimiento personal con un hombre de cuyas altas dotes intelectuales ya se había familiarizado ella a través de sus escritos.  

Suyo afectísimo,  
A.Williams!