en París

Londres, 2 de junio de 1860

My dear Sir,

Mi largo silencio obedece a dos circunstancias. A mi regreso de Manchester me vi abrumado de trabajo. Luego caí enfermo. Aún estoy bajo tratamiento médico y me cuesta mucho escribir.

En lo que concierne a su asunto con el señor Engels, la demora se debió a su segundo viaje a Alemania, que se hizo repentinamente necesario. Al regresar a Manchester, pasó por Londres y me dijo que saldaría la pequeña cuenta de inmediato. Lamentaba no haberle podido ser de más utilidad, pero en ningún caso había tenido la intención de cargarle los gastos ocasionados por la devolución de los vinos.

He leído su libro con gran placer y provecho. En lo esencial, comparto sus puntos de vista sobre las condiciones necesarias para la restauración de Hungría, pero no estoy de acuerdo con la justificación aducida de Bonaparte y de Palmerston. Este último traicionó en 1848/49 a Hungría, lo mismo que a Italia. Anteriormente había procedido de igual modo con Polonia; después ha tratado de la misma manera a Circasia. Sigue siendo lo que ya era en 1829: un agente ruso, ligado al gabinete de San Petersburgo por vínculos que no está en su poder romper. Rusia desea naturalmente la destrucción del Imperio austríaco, pero no desea la transformación de las distintas partes integrantes de ese imperio en Estados independientes y soberanos. Una verdadera restauración de Hungría estorbaría incluso más a la diplomacia rusa en Oriente que una Austria vacilante, tambaleante y desalentada. En su propio interés y en el de su país, yo habría deseado que no hubiese usted impreso la nota a Palmerston, que no hubiese hablado del verdadero interés de Rusia y que incluso hubiese evitado aludir al desmembramiento de Turquía. Tal como están las cosas, usted ha disgustado precisamente a aquella parte de los políticos ingleses que mejor dispuesta estaba a hacerle justicia y que menos se dejaba influir por los aduladores de Kossuth. (Kossuth, en los últimos tiempos, ha hecho difundir por sus agentes –y ha logrado incluso lanzarla en algunos semanarios– la opinión de que usted intrigaba contra él por ser republicano, al menos en principio, mientras que usted pertenecía al «partido constitucional y aristocrático».)

Discúlpeme por haberme tomado la libertad de exponer francamente los puntos en los que no puedo coincidir con usted. El interés que siento por sus escritos y acciones servirá, espero, de excusa suficiente. ¿Cuándo vendrá usted de nuevo a Londres?

Suyo afectísimo

A. Williams

A propósito: Perczel me ha contestado con una carta en la que confirma la verdad de los elogios, algo exagerados, que yo le prodigué, pero rechaza al mismo tiempo, con gran cortesía, dar las explicaciones solicitadas. Su carta parece escrita en un estado de ánimo bastante melancólico, melodramático y deprimido.

Como curiosidad, puedo comunicarle además que un profesor de la Universidad de Moscú dictó el pasado invierno una conferencia sobre la primera parte de mi «Crítica de la Economía Política».