rx defiende al partido del proletariado ¡Querido Freiligrath!

Me ha sido muy agradable recibir tu carta: no mantengo relaciones de amistad sino con muy pocas personas, pero soy fiel a mis amigos. Los que lo fueron en 1844 lo siguen siendo hoy. En lo que concierne a la parte oficial de tu carta, descansa sobre graves malentendidos. Subrayo, para comenzar, que a partir del momento en que la Liga, por proposición mía, fue disuelta en noviembre de 1852, nunca he pertenecido a ninguna asociación secreta o pública, y que hoy no pertenezco a ninguna; también el partido, entendido en este sentido efímero, ha cesado desde hace ocho años de existir para mí. Las conferencias sobre economía política que he dado, tras la publicación de mi obra (desde el otoño de 1859), a algunos obreros escogidos, entre los cuales se hallaban antiguos miembros de la Liga, no presentaban nada en común con una organización cerrada: menos que las conferencias del señor Gerstenberg en el seno del comité Schiller.

Recuerdas que he recibido de los dirigentes de la Liga de los Comunistas de New York, que cuenta numerosas ramificaciones (entre sus dirigentes estaba Albrecht Komp, director del General Bank, 44, Exchange Place, New York) una carta que pasó por tus manos y en la que se me pedía que reorganizara en cierta medida la antigua Liga. Transcurrió un año antes de que respondiera, y entonces respondí que desde 1852 yo no me hallaba en relación con ninguna organización, y que tenía la firme convicción de que mis trabajos teóricos eran más útiles a la clase obrera que una colaboración con organizaciones que ya no tenían razón de ser en el continente.

Después de lo cual, en la Neue Zeit londinense de mister Scherzer, fui varias veces atacado violentamente a causa de esta «inactividad», si no con mi nombre, al menos de un modo en que nadie pudo equivocarse… Así, pues, desde 18 52, no conozco nada de un «partido» en el sentido de tu carta. Si tú eres poeta, yo soy crítico, y tenía ya realmente suficiente con mis experiencias de 1849 a 1852. La «Liga», como la «Sociedad de las Estaciones» de París y como cien otras sociedades, no ha sido más que un episodio en la historia del partido, el cual nace espontáneamente del suelo de la sociedad moderna.

… La única acción que he continuado desde 1852, tanto tiempo como fue necesario, es decir, hasta el final de 1853, con algunos camaradas que pensaban como yo, del otro lado del océano, ha sido el «system of mockery and contempt»,3 como el señor Louis Simon lo calificó en 1851 en la Tribuna, contra el bluff democrático de la emigración y el juego a la revolución. Tu poema contra Kinkel, corno las cartas que me dirigiste en la misma época, demuestran que estabas perfectamente de acuerdo conmigo. Por lo demás, esto no tiene nada que ver con el proceso. Tellering, Bangya, Fleury, no han pertenecido nunca a la Liga. Bien es verdad que las tempestades remueven el fango, que ningún período revolucionario huele a agua de rosas, que, en cierto momento, se acopia toda clase de desechos. Aut, aut.4 Por lo demás, cuando se piensa en los gigantescos esfuerzos dirigidos contra nosotros por todo el mundo oficial que, para perdernos, no se contenta con rozar el código penal, sino que lo enmaraña completamente; cuando se piensa en las calumnias esparcidas por la «democracia de la imbecilidad», que nunca ha podido perdonar a nuestro partido el tener más inteligencia y carácter que ella; cuando se conoce la historia contemporánea de todos los demás partidos, y cuando, en fin, uno se pregunta qué se podría realmente reprochar al partido entero (y no son las infamias de un Vogt o de un Tellering, que se pueden refutar ante los tribunales), se llegará a la conclusión de que el partido, en este siglo XIX, se distingue brillantemente por su limpieza. ¿Se puede, en el mundo de los negocios y de la burguesía, evitar cl fango? Es allí donde tiene su lugar natural.

… A mis ojos, la honesta infamia o la infame honestidad de la moral solvente (y esto, además, como lo muestra cada crisis comercial, con reservas muy equivocas) no es nada superior a la abyecta infamia que ni las primeras comunidades cristianas, ni el Club de los Jacobinos, ni nuestra difunta Liga han logrado eliminar de su seno. Sólo cuando se vive en el medio burgués, uno se habitúa a perder el sentimiento de la infamia respetable o de la infame respetabilidad ...

He expresado abiertamente mi opinión y espero que la compartas en lo esencial. He intentado también disipar el malentendido sobre el «partido»; como si por este término se entendiera una «Liga» desaparecida desde hace ocho años o una redacción de periódico disuelta desde hace doce años. Por partido, yo entendía el partido en el gran sentido histórico de la palabra. 3 Sistema de burla y desprecio. En inglés en el original. 4 Y bien, y bien.

C. Marx: Carta a Freiligrath del 29 de febrero de 1860. F. Mehring: Correspondencia entre Freiligratl, y Marx, pp. 42-46, Stuttgart, 1912.

Freiligrath, poeta de la guerra de 1870 Freiligrath: ¡Hurra!, ¡Germania!5 «Dios» mismo no falta en su poema engendrado con tanto esfuerzo, ni «el Galés».

Preferiría ser un minino y maullar Que ser uno de esos fabricantes de baladas.6 C. Marx: Carta a Engels del 22 de agosto de 1870. Correspondencia entre Marx y Engels, t. IV, p. 373, Mega.

5 Cuando las tropas alemanas invadieron en 1870 Francia, Freiligrath entonó la trompeta guerrera en un poema titulado ¡Hurra Germania!, cuyos primeros cuatro versos son: ¡Hurra, mujer altiva y bella, Hurra, Germania!

¡Con qué audacia, inclinado el cuerpo, te yergues sobre el Rhin!

La palabra «hurra» es repetida 36 veces en este poema en el que se siente la influencia de Arndt, que fue, en la época de las guerras contra Napoleón 1, uno de los más encarnizados »devoradores de franceses».

6 Marx estigmatiza al poeta pasado al servicio del nacionalismo prusiano asestándole dos versos de Shakespeare: I had rather be a kitten, and cry-new, Than one of these lame metre ballad-mongers.

El rey Enrique IV, parte I, acto III.