en Berlín

Londres, 2 de octubre de 1859
9, Grafton Terrace, Maitland Park,
Haverstock Hill

Querido Lassalle:

Es muy valiente de tu parte que, a pesar de las malas apariencias que hablan contra mí, hayas sido el primero en tomar de nuevo la pluma, y precisamente en un asunto que toca a mi interés.

En cuanto a mi silencio, brevemente lo siguiente:

Primeramente, no recibí tus dos cartas hasta muchas semanas después de su envío, a saber, a mi regreso a Londres de un viaje por Manchester a Escocia, que hice por un asunto de negocios. Los acontecimientos, entretanto, habían marchado tan precipitadamente que, por así decirlo, le habían arrancado la punta a nuestro debate. Pues el punto en cuestión no se refería, ni podía referirse entre nosotros, a la cuestión de las nacionalidades, sino a la política más conveniente que, desde el lado revolucionario alemán, debía hacerse valer frente a los propios gobiernos y al extranjero. Ahora bien, no obstante, te habría enviado una respuesta, aunque tardía, sin un nuevo motivo de dilación. En una de tus cartas me pedías pruebas respecto a Vogt. Dichas pruebas obraban en poder de Karl Blind. El «buen demócrata», sin embargo, quería ciertamente aparentar una callada indignación moral y urdir escándalos, pero se negó, a pesar de todos los requerimientos, a dar la cara. Como consecuencia de ello, he roto con él. (Incluso negó la paternidad del panfleto anónimo contra Vogt, aparecido en Londres y reproducido por la «Augsburger»: «Zur Warnung». No obstante, en este punto me he procurado pruebas documentales contra él (Blind), a las que se recurrirá «en el momento oportuno, en el lugar oportuno».) Esto dio un nuevo motivo para prolongar el silencio. Y como es «la maldición del hecho malo que continuamente debe engendrar nuevo mal», el silencio mismo creó su propio obstáculo para romperlo. A ello se sumó —y te ruego que no lo tomes por una figura retórica— una serie de complicaciones burguesas, en modo alguno completamente superadas aún, que en verdad me quitaron todo el humor para escribir. Hasta aquí sobre el silencio, que empero, a pesar de todas las apariencias en contrario, no se debió a ninguna mala voluntad.

En cuanto a Duncker, a mi regreso a Londres me encontré con una carta suya que parecía hacerme imposible dirigirme directamente a él a causa de la continuación. Por otra parte, como no te había escrito en tanto tiempo, de ninguna manera podía empezar escribiéndote de repente en asuntos propios. Así que dejé caer el asunto bajo la tácita suposición de que, si no tenía noticias de Duncker hasta cierta fecha, habría de dirigirme a otro editor.

Ciertamente, por una de tus cartas anteriores me pareció como si Duncker se hubiera comprometido a dos fascículos o a imprimir toda la primera sección («El capital en general»). Pero, por otro lado, el primer fascículo resultó mucho más extenso de lo que debiera según el plan originario, y tampoco quería yo convertirme para él en publisher malgré lui. Sería ciertamente deseable que, al menos los dos primeros fascículos, puesto que forman un todo, aparecieran en la misma librería.

Ahora tengo que refundir todo el asunto por completo, pues el manuscrito de este segundo fascículo tiene ya un año; y como mis circunstancias no me permiten en este momento dedicar mucho tiempo a esta cuestión, apenas creo estar listo antes de fines de diciembre. Pero éste es el plazo máximo.

Estoy ocupado en una refundición inglesa del primer fascículo, igualmente interrumpida por tormentas burguesas. En Inglaterra estoy, en todo caso, seguro de una mejor acogida que en Alemania, donde, por lo que sé, hasta ahora ningún gallo ha cantado sobre el asunto ni acerca de él. Sólo deseo presentar al público alemán, por lo menos, toda esta primera sección. Si sigue sin hacer caso de la obra, me propongo escribir directamente en inglés todas las partes posteriores y no preocuparme más de los pacatos burgueses alemanes.

Vale faveque.

K. M.

Sigue siéndome afecto.