en Manchester

9, Grafton Terrace, Maitland Park,
Haverstock Hill, London

31 de mayo de 1858

Querido Frederick,

La primera semana tuve que aclimatarme de nuevo, y la repentina cesación de la equitación no me sentó bien al principio. Hasta hoy, en que por fin me siento nuevamente en forma como el día en que partí de Manchester, no he estado a punto. ¡Estoy ya en condiciones de trabajar! y empiezo ahora mismo con la elaboración para la imprenta. Durante la última semana sólo he escrito 2 artículos para la “Tribune”. El resto del tiempo lo he pasado vagando, pues la opresión en la “cabeza” y la dificultad del vientre me hacían temer una recaída.

A propósito de Cluß. Este joven estuvo una vez más en casa de Schapper antes de su partida. El buen hombre, al regresar a mi vivienda, descubrió para su espanto que de París se había traído algo, a saber, un chancro con toda clase de complicaciones malignas. Cayó postrado en cama y dio esto en casa de S[chapper] como motivo de haberse retirado del mundo civilizado.

A propósito de Pelissier. Lo que en Manchester presumíamos en broma, que P[elissier] se enredaría de inmediato con los Orléans, ha ocurrido ahora en pleno y verdadero sentido y constituye la comidilla del día en Londres.

¿Qué dices a las ansias de confiscación de Bona[parte]?

Durante mi ausencia ha aparecido en Londres un libro sobre toda la historia de la circulación monetaria de Maclaren, que, según los extractos publicados en el “Economist”, es de primer orden. El libro no está aún en la biblioteca, donde, en general, las obras no aparecen hasta meses después de su publicación. Naturalmente, tengo que leerlo antes de mi exposición. Por eso he enviado a mi mujer a la City, a casa del editor. Pero, para nuestro horror, resultó que cuesta 9 chelines y 6 peniques, más de lo que ascendía toda nuestra caja de guerra. Por eso te agradecería mucho que me enviases un giro postal para esa suma. Es probable que el libro no contenga nada nuevo para mí; pero, dado el aparato que el “Economist” monta con él y los extractos que yo mismo he leído, mi conciencia teórica no me permite proseguir sin conocerlo.

¿No crees que tendrías material suficiente para escribir para el viernes algo general sobre el estado de las fuerzas británicas en la India y algo de carácter conjetural? Sería un gran favor para mí, pues el repaso de mi propio manuscrito me costará casi una semana. El diablo está en que en el manuscrito (que impreso sería un grueso tomo) todo está entreverado como coles y nabos, y hay mucho destinado a partes muy posteriores. Así pues, debo elaborar un índice, en qué cuaderno y qué número de página se encuentra de manera somera la porquería que he de trabajar de inmediato.

Por fin he escrito a Lassalle; tienes que darme la absolución por los elogios que me he visto obligado a hacer de “Herácl[ito] el Oscuro”. En unas cuantas observaciones secundarias aparentemente insignificantes —puesto que el elogio sólo cobra un carácter serio mediante el matiz de la censura— he apuntado tenue, muy tenuemente, lo realmente deficiente de la empresa.

Mañana o pasado mañana recibiré nuevos números de Bangya y enviaré luego dos a Manchester, uno para ti y otro para L[upus]. A propósito. Por un número de la “Tribune” veo que Pulszky intenta anticiparse a las asquerosas revelaciones, presentando a B[angya] como espía de Metternich y como uno que ha traicionado al general Stein. El estadista Blind se ha sentido obligado, finalmente, en el “Advertiser”, al tiempo que expide un testimonio de pobreza a Kossuth, “el ilustre gobernador de Hungría”, a instarle directamente a hacer una “contradeclaración”. Kossuth, naturalmente, ha cerrado el pico.

¿Cómo van los progresos de Gumpert en el noble arte de la equitación? La desgracia para mí es que el asunto se ve siempre interrumpido cuando estoy precisamente en el punto de volver a interesarme por la historia.

Salud.
Tuyo,

K. M.