en Düsseldorf

28, Dean Street, Soho, Londres
1.º de junio de 1854

¡Querido Lassalle!

He estado bastante enfermo las últimas 2 o 3 semanas, y además los 3 niños fueron atacados por el sarampión, del que apenas se han restablecido ahora, de modo que toda la casa se convirtió en un lazareto. Hace solo dos días que vuelvo a salir, y como sufría especialmente de la cabeza y toda conversación me afectaba, no permití a nadie la visita durante ese tiempo. De ahí que poco o nada haya sabido de los hechos y propósitos de la emigración. Mazzini, como sabrás, está de incógnito en Suiza. Por cartas de Washington sé que la emigración se hace, como siempre, grandes ilusiones. Los informes confidenciales que los señores envían de aquí a América me llegan de vuelta por un canal de Washington. — Quizá en mi próxima carta esté en condiciones de darte los detalles que deseas sobre el ajetreo de la emigración.

Weerth está ahora en California. Corre el rumor de que está a punto de casarse con una señorita Worbs o Worms, de Hamburgo, hija de uno de sus antiguos principales.

Incluso The Times se ha divertido un tanto con los «bribones de Colonia» en Londres, que a coro aúllan — que les aúllan a los ingleses:

«Suavemente se desliza por mi ánimo
un grato repicar»
o «Solitario no estoy, no estoy solo» y otras cosas por el estilo.

En cuanto a «Palmerston», que ahora tensa al máximo los nervios para obtener en sus manos toda la administración de la guerra, pero que encuentra un rival en el duque peelista de Newcastle, de los artículos que he escrito en la Tribune solo los primeros han sido reimpresos aquí como folletos. Yo mismo impedí la publicación ulterior, ya que en la misma serie de «Political Fly-Sheets» aparecieron también, de manera alternada, folletos de Urquhart, y no quiero ser contado entre el séquito de este señor, con quien solo tengo un punto en común, la opinión sobre Palmerston, pero frente al cual me sitúo diametralmente opuesto en todo lo demás, como se puso de manifiesto en nuestro primer encuentro. Es un reaccionario romántico — turco, y quisiera hacer retroceder todo el Occidente a la medida y estructura turcas. Dejé de enviarte los pocos y pequeños folletos porque los gastos de envío, precisamente para paquetes pequeños, son desproporcionadamente caros. En cuanto al asunto mismo, estás completamente en tu derecho de mantenerte en tu opinión hasta que hechos del todo inequívocos la modifiquen. Lo que ha engendrado mi opinión no es este o aquel hecho aislado —cada hecho aislado permite múltiples interpretaciones—, sino la concatenación de todos los pasos de este hombre, la conexión de su obrar desde 1829. He descubierto en ello un plan coherente que, bajo formas diversas y a menudo aparentemente contradictorias, apunta siempre al mismo objetivo, ejecutado con la misma soberana superioridad.

Respecto a los puntos que mencionas específicamente, observo:

1. Expedición Pacifico. En la obra de un antiguo secretario de legación de Palmerston en Atenas, de 1836, a saber, Mr. Parish «Diplomatic history of Greece», encontrarás ante todo la prueba de que Palmerston, desde 1830, hizo todo lo posible para convertir a Grecia en una provincia rusa. La expedición Pacifico la arrojó al fin por completo en brazos de Rusia. Al mismo tiempo, al popularizar a Palmerston en Inglaterra, le permitió concertar en el mismo año un tratado con Brunnow sobre la sucesión danesa, redactado en interés ruso, que no recibió su consumación hasta 1852. Si Palmerston, en este asunto —el griego—, después de haber producido la suma necesaria de *mischief*, no se alzó sobre sus patas traseras frente a Francia, su cesión no fue más que «diplomacia» ante el pueblo inglés. Los periódicos que le eran hostiles comenzaron ya a subrayar que en 1840 había convertido a Inglaterra en aliada de Rusia y antagonista de Francia.

2. Reconocimiento del *coup d’état*, necesario para poner a Bonaparte en sus lazos. Del mismo modo promovió anteriormente la Cuádruple Alianza con motivo de los disturbios españoles, para hundir a Luis Felipe en el fango.

3. La instrucción del 19 de junio de 1839 habla completamente en favor de mi opinión. No de Londres, sino de París había partido la propuesta de no permitir bajo ninguna circunstancia que Rusia ejecutase el tratado de Unkiar-Skelessi (que, dicho sea de paso, fue producto del señor Palmerston). Prueba: un despacho de Soult al barón de Bourqueney, 30 de mayo de 1839, igualmente 17 de junio de 1839, etc. Palmerston, dándose la apariencia de creer que el sultán deseaba la ejecución del tratado de Unkiar-Skelessi y la presencia de los rusos en Constantinopla, envía el 19 de junio un despacho a Earl Granville en París, adjuntando sus «proposed instructions to the Admiral, Sir Robert Stopford» de la misma fecha, en las que, entre muchas otras proposiciones equívocas y absurdas, encarga también al almirante, llegado el caso, «to force the passage of Dardanelles». Soult, con gran *bon sens* (véase despacho de Earl Granville a Viscount Palmerston, París, 28 de junio de 1839), le hace ver que no es el sultán, sino Rusia, su amigo; que ese forzamiento de los Dardanelos es absurdo y que basta con que los representantes inglés y francés en Constantinopla pidan al sultán —que nada deseaba con más ardor— permiso para que la flota unida entrara en los Dardanelos. Palmerston no puede replicar a ello, pero esboza una proposición aún más absurda, a lo que Soult le escribe: «The noble Lord seemed to resign himself *with great facility* to the contingency of a Russian occupation of Constantinople». Y así continúa, Palmerston frenando siempre la acción francesa contra Rusia so pretexto de enfurecerse contra Mechmed Ali, hasta que Brunnow llega a Londres y cierra con él el tratado de 1840, completado más tarde en el tratado de los Dardanelos de 1841, que no fue más que una sanción europea del tratado de Unkiar-Skelessi.

Me harías un gran favor si me escribes a menudo y con detalle sobre las condiciones alemanas, especialmente las prusianas.

Tuyo
K. M.