Engels a Marx
en Londres

[Manchester, hacia el 6 de julio de 1851]

Querido Marx,

Después de haber arrastrado a mi viejo por aquí durante 8 días, lo he despachado felizmente de vuelta y puedo por fin enviarte hoy la adjunta Post Office Order¹ por 5 libras. En conjunto, puedo estar satisfecho del resultado de mi entrevista con el viejo. Me necesita aquí por lo menos tres años, y no he contraído obligación alguna por esa duración, ni siquiera por esos 3 años, ni se me han exigido más; ni en relación con la actividad literaria, ni con el permanecer aquí en caso de una revolución.

En ésta no parece pensar en absoluto, ¡tan seguro está ese pueblo ahora! En cambio, me he asegurado desde el principio gastos de representación y de mesa — unas £ 200 anuales, lo cual me fue concedido sin grandes dificultades. Con semejante salario la cosa ya marcha, y si todo sigue tranquilo hasta el próximo balance y el negocio de aquí va bien, tendrá que sangrar de muy distinta manera — este año paso ya con mucho de las doscientas libras. Además, me ha dejado echar un vistazo a todas sus relaciones comerciales tanto aquí como al otro lado, y como ha hecho muy buenos negocios y desde 1837 ha más que duplicado su fortuna, se entiende que ya no me corto más de lo necesario.

Por lo demás, el viejo es también bastante ladino. Su plan — que, sin embargo, solo podrá llevarse a cabo muy lenta y difícilmente y que, a causa de las intriguillas con los Ermen, difícilmente se realizará jamás — es dejar que Peter E[rmen] se traslade a Liverpool, como él mismo desea, y ponerme entonces en las manos toda la dirección de la oficina de aquí — en la que G. Ermen llevaría entonces la fábrica—. Con eso, desde luego, me tendría atado. Naturalmente, declaré que aquello superaba mis fuerzas y me hice el modesto. No obstante, si mi viejo se hubiera quedado aquí un par de días más, habríamos acabado a la greña; el tipo no sabe sobrellevar la buena fortuna, se vuelve insolente, recae en su vieja manía de dómine y se vuelve provocador, y además es tan torpe y falto de tacto que, por ejemplo, aprovechó la presencia de uno de los Ermen, en cuya compañía cree que tengo la boca cerrada y confía en mi sentido del decoro, para darse la satisfacción, todavía en el último día de su estancia, de cantarme un ditirambo a las instituciones de Prusia. Naturalmente, bastaron un par de palabras y una mirada furibunda para devolverlo a sus límites, pero eso fue justo lo suficiente para ponernos de repente, de nuevo, en un pie más frío — justo en el momento de la despedida—, y desde luego espero que intente revancharse de este revés de una u otra manera. Ya veremos.³ Si la cosa no tiene inconvenientes prácticos directos, es decir, en mi situación dineraria, la fría relación de negocios me es, naturalmente, más grata que todo el sentimentalismo hueco.

Esto queda entre nosotros.⁴

La “Kölner Zeitung” ya no se ve aquí desde comienzos de julio, probablemente por haberse olvidado renovar la suscripción. Así que no sé si ha ocurrido algo más. Si tú sabes algo nuevo, házmelo saber sin falta. Por fin podré volver a trabajar en serio, pues las molestias de la Exposición ya han pasado en buena medida y el catálogo del Athenaeum está por fin terminado. También tengo el propósito de mudarme pronto al campo para no tener ninguna interrupción. Como en un año no volveré a traer a mi viejo por aquí, puedo arreglármelas enteramente a mi conveniencia y dedicar buena parte de los gastos de representación a otras cosas.

Saluda a tu mujer y escribe pronto.

Tuyo
F. E.

¹ giro postal  
³ Ya veremos.  
⁴ Esto queda entre nosotros.