Engels a Marx

en Londres

Querido Marx:

Creía que hoy por fin iba a terminar mi grandioso tratado estratégico¹. Unas veces por interrupciones, otras por verme obligado a consultar detalles, otras porque el asunto se alarga más de lo que pensaba, difícilmente lo acabaré esta noche tarde. Por lo demás, es totalmente unfit² para la imprenta, solo para información privada y como una especie de ejercicio para mí.

Acerca de Wellington, también empiezo a aclararme poco a poco. Testarudo, tenaz, obstinado inglés, con el pleno bon sens³ y el pleno talento de la utilización de recursos de su nación; lento en sus reflexiones, prudente, a pesar de la más colosal fortuna sin contar jamás con un golpe de suerte; sería un genio si el common sense no fuera incapabel⁴ de elevarse hasta el genio. Todas sus cosas son modélicas, ninguna magistral. Un general como él está hecho a la medida para el ejército inglés, en el que cada soldado, cada subteniente es un pequeño Wellington en su esfera. Y conoce a su ejército, su obstinada tenacidad defensiva⁵, que todo inglés trae consigo del cuadrilátero, y que la pone en condiciones, después de ocho horas de una defensiva extenuante que haría desplomarse a cualquier otro ejército, de lanzar todavía un ataque imponente, en el que la vivacidad ausente queda compensada por la uniformidad y la constancia. La defensiva de Waterloo, hasta que llegaron los prusianos, no la habría resistido ningún ejército sin un núcleo de 35 000 ingleses.

Por lo demás, Wellington tuvo en la guerra española más comprensión del arte bélico napoleónico que las naciones a las que Napoleón inscribió en sus espaldas la superioridad de ese arte bélico. Mientras los austríacos caían en la más pura confusión, y los prusianos, porque su entendimiento n’y voyait que du feu⁶, declaraban idénticos la necedad y la genialidad, Wellington supo conducirse con mucha habilidad y guardarse de las pifias que cometían austríacos y prusianos. No imitó las maniobras napoleónicas, pero hizo infinitamente difícil a los franceses aplicarle sus maniobras. No cometió un solo error, salvo cuando lo obligaron consideraciones políticas; a cambio de ello, tampoco he descubierto el menor indicio de que demostrara una sola chispa de genio. El propio Napier le señala ocasiones en que habría podido realizar golpes geniales de efecto decisivo y en las que ni siquiera pensó. Jamás —hasta donde alcanza mi experiencia— supo aprovechar una ocasión semejante. Es grande a su manera, es decir, tan grande como se puede ser sin dejar de ser mediocre. Posee todas las cualidades del soldado, todas ellas igualmente y de un modo notablemente armónico desarrolladas; pero precisamente esa armonía impide el despliegue verdaderamente genial de cada una de esas cualidades. Tal soldado, tal político. Su amigo íntimo en política, Peel, es en cierto modo su calco. Ambos representan el torysmo que tiene suficiente buen sentido para abandonar con decoro una posición tras otra y disolverse en la burguesía. Es la retirada hacia Torres Vedras. He ahí a Wellington.

Tuyo,
F. E.
[Manchester] 11 de abril de 1851

¹ «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra una Francia revolucionaria en el año 1852»
² no apto
³ sano sentido común
⁴ incapaz de sano sentido común
⁵ tenacidad
⁶ no veía allí más que fuego