Engels a Marx

en Bruselas

Querido Marx,

Ayer me entregó Hess tu carta. En lo que respecta a las traducciones, el asunto no está aún organizado en absoluto. En Bonn quería hacer traducir el Fourier por algunos de los de allí, bajo mi supervisión y dirección, omitiendo, por supuesto, los disparates cosmogónicos[!]¹, y, si el editor estuviese de acuerdo, sacar la cosa como primera sección de una biblioteca de este tipo. Hablé de paso con Baedeker, el editor del «Gesellschaftsspiegel», al respecto, y no parecía tener pocas ganas de ello, aunque no dispone de fondos para una biblioteca mayor. Pero si sacamos la cosa en esta forma, será ciertamente mejor dársela a Leske o a algún otro que también pueda invertir algo en ello. Para traducir las cosas yo mismo no tengo en absoluto tiempo este verano, pues debo terminar los trabajos ingleses. La primera cosa¹ ha salido esta semana para Wigand, y como he estipulado con él que me ha de pagar 100 táleros al recibo del manuscrito, pienso recibir el dinero en 8-12 días y poder enviártelo. Por de pronto, hay en Bruselas fr. 122,22 c. a 26 de marzo².

Adjunto el resto de las suscripciones; si la cosa no hubiera sido tan abominablemente demorada por los de Elberfeld, que de sus amis-bourgeois³ aún habrían podido reunir por lo menos veinte táleros, habría llegado antes y más.

Volviendo a la biblioteca, no sé si el orden histórico de las obras sería el mejor. Dado que franceses e ingleses habrían de alternar, la conexión del desarrollo se vería interrumpida continuamente. De todos modos, creo que sería mejor sacrificar aquí el interés teórico a la eficacia práctica y empezar con las obras que más material proporcionan a los alemanes y que más próximas están a nuestros principios; es decir, las mejores obras de Fourier, Owen, los sansimonianos, etc. — Morelly

Casa natal en Tréveris

Karl Marx

⁵ + Engels a Marx — 17 de marzo de 1845

también podría ir bastante al principio. El desarrollo histórico se podría dar muy brevemente en la introducción al conjunto, y así, con una disposición tal, cada cual se orientaría fácilmente. La introducción la podríamos hacer juntos — tú tomar Francia, yo Inglaterra, quizás ya sería factible si, como tengo previsto, voy para allá dentro de 3 semanas — por lo menos podríamos discutir la cosa —, en cualquier caso me parece absolutamente necesario empezar de inmediato con cosas que tengan un efecto práctico, contundente, sobre los alemanes y nos ahorren volver a decir lo que otros han dicho antes que nosotros. Si quisiéramos dar una colección de fuentes para la historia del socialismo o, más bien, la historia en y a través de las fuentes, temo que no terminaríamos la cosa en mucho tiempo y, encima, resultaría aburrida. Por eso soy partidario de que demos sólo aquellas obras cuyo contenido positivo sea, al menos en su mayor parte, aún aprovechable hoy. La «Political Justice» de Godwin, como crítica de la política desde el punto de vista político y de la sociedad burguesa, quedaría descartada, pese a las muchas cosas famosas en las que Godwin linda con el comunismo, ya que tú darás la crítica completa de la política. Tanto más cuanto que Godwin, al final de su escrito, llega al resultado de que el hombre debe emanciparse en lo posible de la sociedad y usarla sólo como un artículo de lujo («Political Justice», II, Libro 8, Apéndice al capítulo 8) y, en general, en sus resultados es tan decididamente antisocial. Por lo demás, extracté el libro hace muchísimo tiempo, cuando aún estaba muy en la confusión, y debo en todo caso repasarlo otra vez, por lo que es perfectamente posible que contenga más de lo que yo encontré entonces. Pero si tomamos a Godwin, tampoco debemos omitir su suplemento Bentham, aunque el sujeto es terriblemente aburrido y teórico. — Escríbeme sobre esto, y luego veremos más adelante qué se puede hacer. Puesto que esta idea se nos ha ocurrido a ambos, debe llevarse a cabo en todo caso — me refiero a la biblioteca. Hess participará ciertamente con gusto, y yo otro tanto, en cuanto tenga tiempo de algún modo — Hess lo tiene, pues de momento no trama nada aparte de la redacción del «Gesellschaftsspiegel». — Si estamos de acuerdo sobre las bases, podremos, cuando yo vaya allí, cosa que impulsaré aún más por este asunto, poner la cosa completamente en claro y ponernos manos a la obra de inmediato.

La «Crítica crítica»⁴ — creo que ya te escribí que ha

⁴ «La sagrada familia»

llegado — es del todo famosa. Tus exposiciones sobre la cuestión judía, la historia del materialismo y los mystères⁵ son espléndidas y surtirán un efecto excelente. Pero, con todo, la cosa es demasiado extensa. El soberano desprecio con que ambos nos alzamos contra la «Literatur-Zeitung» contrasta fieramente con los 22 pliegos que le dedicamos. Además, la mayor parte de la crítica de la especulación y de la esencia abstracta en general seguirá siendo incomprensible para el gran público y tampoco interesará de manera general. Fuera de eso, empero, el libro entero está espléndidamente escrito y hace morir de risa. Los Bauer no podrán decir ni palabra. Bürgers, por lo demás, si hace la reseña en el primer número del Püttmann⁶, puede mencionar de paso la razón por la cual yo he trabajado poco y sólo lo que podía escribirse sin adentrarse más profundamente en la materia — mi breve estancia de diez días en París. De todos modos, resulta cómico que yo tenga acaso 1 y ½ pliegos y tú más de 20. Lo de las «relaciones de prostitución» habrías hecho mejor en suprimirlo. Es demasiado poco y totalmente insignificante.

Es curioso cómo, aparte de con la biblioteca, he coincidido contigo todavía en otro plan. También yo quería escribir para Püttmann una crítica de List⁷ — afortunadamente supe por Püttmann de tu propósito a tiempo. Puesto que, por lo demás, yo quería abordar a List prácticamente, desarrollar las consecuencias prácticas de su sistema, voy a elaborar algo más extensamente uno de mis discursos de Elberfeld (las deliberaciones se imprimirán en la cosa de Püttmann), en el que, entre otras cosas, hice esto en breve⁸ — de todos modos, sospecho, por la carta de Bürgers a Hess y por tu personalidad, que tú te centrarás más en sus presupuestos que en sus consecuencias.

Llevo ahora una auténtica vida de perros. Por las historias de las asambleas y el «libertinaje» de varios de nuestros comunistas de aquí, con los que naturalmente trato, se ha despertado de nuevo todo el fanatismo religioso de mi viejo, acrecentado por mi declaración de abandonar definitivamente el negocio — y, además, por mi abierta presentación como comunista se ha desarrollado en él un espléndido fanatismo burgués. Ahora imagínate mi situación. Como me voy en 14 días o así, no quiero empezar ningún cisco; lo aguanto todo, no están acostumbrados a ello, y así les crece el ánimo. Si recibo una carta, es olfateada por todos

⁵ ver el presente volumen, p. 11

lados antes de que yo la reciba. Como se sabe que todas son cartas de comunistas, se pone cada vez una carita de lamento beatífico que le hace a uno creer que se va a volver loco. Si salgo, la misma carita. Si estoy sentado en mi cuarto trabajando, naturalmente comunismo, eso se sabe — la misma carita. No puedo comer, beber, dormir, tirarme un pedo sin que esa maldita carita de bobalicón devoto me esté delante de las narices. Ya salga o me quede en casa, calle o hable, lea o escriba, ría o no, haga lo que haga, mi viejo pone al punto esa infame mueca. ¡Encima, mi viejo es tan estúpido que mete el comunismo y el liberalismo en el mismo saco de «revolucionarios» y, por ejemplo, pese a todas mis réplicas, me hace continuamente responsable de las infamias de la burguesía inglesa en el Parlamento! Y ahora, de todos modos, es temporada de beatería aquí en casa. Hoy hace ocho días dos hermanos míos fueron confirmados⁶, hoy desfila toda la parentela hacia la comunión — el cuerpo del Señor ha surtido su efecto, las caritas de lamento de esta mañana superaron todo. Para colmo de desgracias, ayer tarde estuve con Hess en Elberfeld, donde estuvimos hasta las dos enseñando comunismo. Naturalmente, hoy caras largas por mi tardanza, insinuaciones de que bien podría haber estado en el calabozo. Por fin se arman de valor y preguntan dónde he estado. — «En casa de Hess.» — «¡En casa de Hess! ¡Dios santo!» — — Pausa, aumento de la desesperación cristiana en el rostro — — «¡Qué compañía te has buscado!» — Suspiros, etc. Es como para volverse loco. De la malicia de esta cacería cristiana de mi «alma» no tienes ni idea. Encima, a mi viejo le basta con descubrir que existe la «Crítica crítica» y es capaz de ponerme de patitas en la calle. Y junto a ello, el constante fastidio de ver que con esta gente no sirve absolutamente nada, que quieren simple y llanamente atormentarse y torturarse con sus fantasías infernales, que no se les pueden inculcar ni los más elementales principios de equidad. Si no fuera por mi madre, que tiene un hermoso fondo humano y sólo frente a mi padre carece por completo de independencia, y a la que quiero de veras, no se me ocurriría ni por un instante hacerle a mi fanático y despótico viejo ni la más miserable concesión. Pero así, mi madre se aflige de todos modos hasta enfermar a cada instante, y cada vez que se enfada especialmente conmigo le duele la cabeza ocho días — no es soportable por más tiempo, he de irme y apenas sé cómo voy a aguantar las pocas semanas que aún estoy aquí. Mas también esto pasará.

⁶ Hedwig y Rudolf Engels

Por lo demás, aquí no hay nada nuevo. La burguesía anda en política y va a la iglesia, el proletariado hace, no sabemos qué, y difícilmente podemos saberlo. La dirección a la que salió tu última carta es por ahora aún segura. Esta noche espero recibir el dinero — justo ahora me asegura Köttgen que, en cuanto tenga algo más de tiempo — en un par de días — aún podrá reunir algo más. Pero no me fío mucho de la cosa, el Köttgen está presto donde puede lucirse, pero por lo demás no vale ni hace nada. Adiós.

Tuyo
E.
Barmen, 17 de marzo del 45