[E En g e l s]
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OLONIA, 6 DE JUNIO. LOS DEBATES SOBRE EL PACTO36 M ARCHAN
en Berlín viento en popa. Se presentan propuesta tras pro
puesta, la mayoría de ellas incluso cinco y seis veces, para que
no se pierdan en los devaneos a través de los sectores y las comisio
nes. Cuestiones previas, cuestiones accesorias, cuestiones interme
dias, cuestiones complementarias y cuestiones fundamentales: todas
ellas se plantean abundantemente a la menor ocasión. En cada una
de estas grandes y pequeñas cuestiones se entabla, por lo general,
una conversación espontánea, “sobre la marcha”, con el presidente,
los ministros, etc., que forma entre tanto la labor activa de los “gran
des debates”, que giran en torno a ellas. Sobre todo, aquellos innu
merables pactistas que el taquígrafo suele llamar “una voz” y que
gustan de exponer sus opiniones en estos cambios de impresiones
tan espontáneos. Por lo demás, estas “voces” se sienten tan orgullosas de su derecho de voto que, en ocasiones, como ocurrió el 2 de
junio, “votan que sí y al mismo tiempo que no”. Pero junto a estos
idilios, se desata a veces, con toda la sublimidad de la tragedia, la
lucha propia de los grandes debates, lucha que no se libra en paDebates sobre el pacto: así llamaban Marx y Engels a los debates sostenidos en las sesio
nes de la Asamblea Nacional prusiana de Berlín en mayo de 1848 y encaminados a elaborar
una Constitución “mediante un pacto con la Corona” Marx y Engels llamaban, en ocasio
nes, a esta Asamblea “Asamblea del Pacto” y, en consecuencia, consideraban, y así los llama
ban, a los diputados unos “capituladores”.
36 Véase supra, nota 19.

labras solamente desde la tribuna de los oradores, sino en la que
toma parte también el coro de los pactistas por medio de rumores,
siseos, interrupciones, etc. Como es natural, el drama termina siem
pre con la victoria de las virtuosas derechas y se decide casi siempre
con la petición de ¡a votar!, formulada por el ejército conservador.
En la sesión del 2 de junio, el señor Jung dirigió una interpela
ción al ministro de Asuntos Exteriores con motivo del tratado de
negocios comunes con Rusia. Es sabido que ya en 1842 la opinión
pública obligó a suspender estos negocios comunes, que sin embar
go se reanudaron bajo la reacción de 1844. Y es sabido asimismo
cómo la reacción rusa castigó a latigazos o desterró a Siberia a los
culpables. Como es también sabido cuáles son los deseados pretex
tos que encuentra la extradición condicionada de los delincuentes
y vagabundos comunes para entregar en manos de los rusos a los
asilados políticos.
El señor Arnim, ministro de Asuntos Extranjeros, replicó:
Seguramente que nadie tendrá nada que objetar en contra de que sean
entregados los desertores, ya que es normal que los Estados amigos se
auxilien mutuamente.
Tomamos nota de que, a juicio de nuestro ministro, Rusia y Ale
mania son “Estados amigos”. Claro está que las masas de tropas con
centradas por Rusia junto al Bug y el Niemen no persiguen preci
samente la finalidad de liberar a la “amiga” Alemania, lo antes
posible, de los tormentos de la revolución.
El fallo acerca de la entrega de delincuentes se halla, por lo demás, en
manos de los tribunales, lo que hace que existan todas las garantías de
que los acusados no sean entregados antes de que finalice la investigación
criminal.
El señor Arnim quiere hacer creer a la Asamblea que son los tri
bunales prusianos quienes entienden de los hechos atribuidos a los

delincuentes. Todo lo contrario. Las autoridades judiciales rusas o
ruso-polacas envían a las prusianas un fallo en el que se declara al
fugitivo en estado de acusación. Los tribunales prusianos se limi
tan a indagar si las actas que allí figuran son auténticas y, en caso
afirmativo, se lleva a cabo la entrega del reo. Ello hace que existan
“todas las garantías” de que el gobierno ruso maneja como quiere a
sus jueces para que los acusados de delitos políticos sean puestos
en sus manos, cargados de cadenas prusianas.
Y no es necesario pararse a demostrar, pues se entiende por sí mismo,
que nunca son entregados los propios súbditos.
Diremos al señor barón feudal Von Arnim que no puede tratar
se, desde luego, de “los propios súbditos”, por la sencilla razón de
que en Alemania no existe ya ninguna clase de “súbditos”, puesto que
el pueblo ha sabido emanciparse, luchando en las barricadas.
“¡Los propios súbditos!” Nosotros, que elegimos nuestros parla
mentos y sujetando a los reyes y emperadores a la ley soberana, difí
cilmente podemos ser “súbditos” de Su Majestad, el rey de Prusia.
“ ¡Los propios súbditos!” Si la Asamblea tuviera al menos una
chispa de orgullo revolucionario, ese orgullo al que debe su exis
tencia, habría llamado la atención del servil ministro, desde la tri
buna y ante el escaño ministerial con un grito de protesta y de indig
nación. Pero no, ha dejado pasar tranquilamente esa expresión
vergonzosa sin manifestar la menor reclamación.
El señor Rehfeld ha interpelado al señor Hansemann con moti
vo de las renovadas compras de lana a la Sociedad marítima37 y de
Se refiere a la “Sociedad prusiana de comercio marítimo” fundada en 1772 como socie
dad de crédito comercial y dotada de una serie de importantes privilegios de Estado. Esta
sociedad puso a disposición del gobierno grandes empréstitos, desempeñando así, de hecho,
el papel de su banquero y corredor. En 1810 las acciones y obligaciones de la Sociedad se
transformaron en títulos de deuda del Estado, eliminándose así la forma de Sociedad.
Mediante real orden del 17 de enero de 1820, la Sociedad se convirtió en Casa de finanzas y
Banco del Estado prusiano, con lo que el gobierno obtenía la posibilidad de burlar la ley
vigente sobre la deuda pública.

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las ventajas ofrecidas a los comerciantes ingleses en detrimento de
los alemanes. La industria de la lana, oprimida por la crisis general,
tenía ocasión de haber obtenido, por lo menos, un pequeño pro
teccionismo en las compras a los precios bajos de este año. Pero, en
vez de ello, la Sociedad marítima hizo subir los precios con sus enor
mes compras. Y, al mismo tiempo, se ofrece el descuento de buenas
letras de cambio sobre Londres para facilitar sus compras a los
clientes ingleses, medida ésta que servirá para elevar los precios de
la lana, al atraer a nuevos compradores, brindando a éstos una
importante ventaja sobre los del país.
La Sociedad marítima es herencia de la monarquía absoluta, que
se valía de ella para todos los fines posibles. Durante veinte años
hizo ilusoria la ley de deudas del Estado de 182o,38 mezclándose de
una manera muy desagradable en los asuntos del comercio y la
industria.
La cuestión promovida por el señor Rehfeld tiene, en el fondo,
poco interés para la democracia. Se trata aquí de unos cuantos miles
de táleros de ganancia más o menos para los productores de lana
en una de las partes y para los fabricantes de artículos de lana del
otro lado.
Los productores de lana son casi todos ellos grandes terrate
nientes, señores feudales de las Marcas, prusianos, silesianos y de
Posen.
Los fabricantes de artículos de lana son en su mayoría grandes
capitalistas, señores de la alta burguesía.
Por consiguiente, en lo que a los precios de la lana se refiere, no
se trata de intereses generales, sino de intereses de clase; se trata de
saber si la alta nobleza de la tierra debe prevalecer sobre la alta bur
guesía, o a la inversa.
Ley de la Deuda pública (1820): así se llamaba al “Decreto sobre el tratamiento futuro
que debía darse a los títulos de la Deuda pública”, establecido el 17 de enero de 1820 y en
que se disponía que la aceptación de empréstitos por parte del gobierno prusiano podría
hacerse mediante la comparecencia y la cogarantía de la futura Asamblea por estamentos
del Imperio y, asimismo, debía someterse a la administración de la Deuda en el presupues
to anual.

El señor Hansemann, enviado al gobierno de Berlín como repre
sentante de la alta burguesía, del partido ahora dominante, traicio
na sus intereses para favorecer a la nobleza de la tierra, que es el
partido derrotado.
Para nosotros, los demócratas, el problema tiene solamente el
interés de ver que el señor Hansemann se pone al lado del partido
derrotado para apoyar no solamente a la clase conservadora, sino,
más aún, a la clase reaccionaria. Y confesamos que no habríamos
esperado esto de un burgués como Hansemann.
El señor Hansemann comenzó asegurando que no era amigo de
la Sociedad marítima, para añadir luego:
No es posible sacrificar de golpe tanto los negocios de compra de la Socie
dad marítima como sus fábricas. En lo tocante a la compra de lana existen
tratados con arreglo a los cuales, durante el año actual, la Sociedad marí
tima se halla obligada a comprar una cierta partida de lana... y yo creo
que, si en un año cualquiera estas compras no perjudican al comercio pri
vado, será precisamente durante el año actual (?)... porque los precios
podrían, de otro modo, resultar muy bajos.
Por todo el contexto de su discurso, vemos que el señor Hanse
mann no se sentía muy a gusto cuando hablaba. Se dejó inducir a
complacer a los Arnim, a los Shaffgotsch y los Itzenplitz en detri
mento de los fabricantes laneros y ahora se ve obligado a dar pasos
en favor de la nobleza y en perjuicio de la economía nacional. Y él
mismo sabe mejor que nadie que, al hacerlo así, se burla de toda la
Asamblea.
“No es posible abandonar de pronto los intereses de los com
pradores en el comercio de la lana y los de sus fábricas.” Por tanto,
hay que dejar que la Sociedad marítima compre la lana y permita a
sus fábricas trabajar ventajosamente. Y si las fábricas de la Sociedad
marítima no pueden “abandonarse de pronto”, tampoco se podrá,
como es natural, desatender las ventas. Por tanto, la Sociedad marí
tima seguirá llevando los artículos de lana al mercado y contribuí-

rá con ello a abarrotar todavía más el mercado de la lana y a hacer
que bajen los precios, ya de suyo presionados. En una palabra, se
actuará a favor de los terratenientes de las Marcas, etc., para ayu
darlos a vender su lana, aunque con ello se acentúe todavía más la
presente crisis comercial y se ahuyente a los clientes con que toda
vía cuentan los fabricantes de tejidos de lana.
Por lo que se refiere a la historia inglesa de las letras de cambio,
el señor Hansemann ha hablado largo y tendido sobre las enor
mes ganancias que ello reportaría a todo el país, si las guineas
inglesas fueran a parar a los bolsillos de los terratenientes aristócra
tas. Nosotros, por nuestra parte, nos guardaremos mucho de estar
de acuerdo con él. Y no comprendemos cómo el señor Hansemann
ha podido sostener seriamente sus argumentos.
En la misma sesión se discutió acerca de una comisión que debe
nombrarse para los asuntos de Posen. Pero de esto hablaremos
mañana.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 7, 7 de junio de 1848]