en Berlín  
Manchester, miércoles, 18 de mayo de 1859  
(Fragmento)  

I 6, Thorncliffe Grove, Manchester,  
18 de mayo de 1859.  

Querido Lassalle  

Habrá usted encontrado un tanto extraño que no le haya escrito durante tanto tiempo, y tanto más cuanto que aún le debía mi juicio sobre su Sickingen. Pero justamente ése es el punto que me ha retenido durante tanto tiempo de escribir. En esta sequía de la buena literatura que reina hoy por todas partes, rara vez me ocurre leer una obra de ese género, y desde hace años no me ha sucedido leer una que diera por resultado un juicio a fondo, una opinión fijamente determinada. La basura no vale esa molestia. Ni siquiera las pocas novelas inglesas algo mejores que de vez en cuando leo, p. ej., Thackeray, han podido despertar en mí, a pesar de su indisputable significación histórico-literaria y cultural, este interés. Pero mi juicio se ha embotado mucho por tan largo barbecho, y necesito largo tiempo antes de poder permitirme emitir una opinión. Su Sickingen, empero, merece otro tratamiento que esa porquería, y por ello me he tomado el tiempo. La primera y segunda lectura de su drama, en todo sentido —tanto por la materia como por el tratamiento— nacional alemán, me conmovió anímicamente de tal modo que tuve que dejarlo reposar algún tiempo, y tanto más cuanto que el gusto, tan debilitado en estos tiempos flacos —tengo que decirlo para vergüenza mía—, me ha reducido a tal punto que a veces, en la primera lectura, cosas de menor valor no dejan de surtir algún efecto en mí. Para volverme enteramente imparcial, enteramente “crítico”, aparqué, pues, el S., es decir, dejé que me lo “sablearan” algunos conocidos (todavía hay aquí un par de alemanes más o menos cultos en literatura). Habent sua fata libelli: cuando son sableados, rara vez se vuelve a verlos, y así tuve que reconquistar mi Sickingen también por la fuerza. Puedo decirle que la impresión en la tercera y cuarta lectura ha seguido siendo la misma, y, consciente de que su Sickingen puede soportar la crítica, le doy mi “mostaza”.  

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245. Engels an Ferdinand Lassalle – 18. Mai 1859 (Fragment)  

Sé que no le hago un gran cumplimiento al expresar el hecho de que ninguno de los poetas oficiales actuales de Alemania estaría ni remotamente en condiciones de escribir un drama semejante. Sin embargo, se trata justamente de un hecho, y demasiado característico de nuestra literatura para no expresarlo. Para entrar primero en lo formal, el hábil anudamiento del nudo y el carácter enteramente dramático de la pieza me han sorprendido muy agradablemente. En la versificación se ha permitido usted, ciertamente, no pocas libertades, que, sin embargo, molestan más en la lectura que en la escena. Me gustaría haber leído el arreglo escénico; tal como se presenta la pieza, es sin duda irrepresentable; aquí tenía un joven poeta alemán (Karl Siebel), compatriota y pariente lejano mío, que ha tenido bastante trato con la escena; quizá venga a Berlín como reservista de la Guardia prusiana, en cuyo caso acaso me tome la libertad de darle unas líneas para usted. Tenía en alta estima su drama, pero lo consideraba absolutamente irrepresentable por los largos discursos, en los que un actor tiene que actuar él solo y los demás agotarían toda su mímica en dos o tres ocasiones para no quedarse allí como comparsas. Los dos últimos actos demuestran suficientemente que a usted le resulta fácil hacer el diálogo rápido y vivaz, y como, a excepción de algunas escenas (lo que ocurre en todo drama), me parece que lo mismo podría hacerse en los tres primeros, no dudo que en el arreglo escénico haya usted tenido en cuenta esta circunstancia. El contenido ideológico, naturalmente, tiene que sufrir por ello, pero eso es inevitable, y la plena fusión de la mayor profundidad de pensamiento, del consciente contenido histórico que usted, no sin razón, atribuye al drama alemán, con la vivacidad shakesperiana y la plenitud de acción, sólo será alcanzada probablemente en el futuro, quizá ni siquiera por los alemanes. En eso veo yo, ciertamente, el futuro del drama. Su Sickingen está enteramente en la vía correcta; los personajes principales que actúan son representantes de clases y corrientes determinadas, y por tanto, de determinados pensamientos de su tiempo, y encuentran sus motivos no en mezquinos apetitos individuales, sino precisamente en la corriente histórica por la que son llevados. Pero el progreso que aún habría que hacer es que esos motivos se pongan de relieve en primer || plano de modo más vivo, activo, por así decirlo, natural, mediante el curso mismo de la acción, y que, en cambio, el debate argumentativo (en el que, por lo demás, he vuelto a encontrar con placer su antigua dote de orador ante los tribunales y la asamblea popular) se vaya haciendo cada vez más superfluo. Parece usted reconocer este ideal mismo como meta, al hacer la diferencia entre el drama escénico y el drama literario; creo que el Sickingen se podría transformar, aunque ciertamente con dificultad (pues la perfección no es, en verdad, poca cosa), en un drama escénico en el sentido apuntado. Con esto se relaciona la caracterización de los personajes que actúan. Con toda razón se enfrenta usted a la mala individualización hoy reinante, que no es más que un cúmulo de pequeñas pedanterías y constituye un rasgo esencial de la literatura de epígonos que se desvanece en la arena. Sin embargo, me parece que una persona no se caracteriza sólo por lo que hace, sino también por cómo lo hace; y desde este lado, creo, no habría perjudicado en nada al contenido de pensamiento del drama el que algunos caracteres se hubieran diferenciado entre sí de modo algo más nítido y más contrastante. La caracterización de los antiguos ya no basta hoy en día, y aquí, pienso, habría podido usted tener un poco más en cuenta la significación de Shakespeare para la historia del desarrollo del drama, sin menoscabo ciertamente de ello. Pero éstas son cuestiones secundarias que sólo menciono para que vea que también me he preocupado por lo formal de su drama.  

En cuanto al contenido histórico, ha llevado usted a la representación, de manera muy plástica, y con justificada indicación del desarrollo posterior, los dos aspectos del movimiento de entonces que le eran más próximos: el movimiento nacional de la nobleza, representado por Sickingen, y el movimiento humanista-teórico, con su ulterior desarrollo en el terreno teológico y eclesiástico, la Reforma. Las escenas entre Sickingen y el Emperador, y entre el legado y el arzobispo de Tréveris (aquí le ha sido dado a la vez, en el contraste entre el legado, mundano, formado estética y clásicamente, de amplias miras políticas y teóricas, y el limitado príncipe eclesiástico alemán, ofrecer una hermosa caracterización individual que, no obstante, surge directamente del carácter representativo de ambos personajes) son las que más me han gustado; la caracterización es también muy sorprendente en la escena de Sickingen y Carlos. En la autobiografía de Hutten, cuyo contenido designa usted con razón como esencial, ha elegido usted, por cierto, un medio desesperado para insertar ese contenido en el drama. De gran importancia es también la conversación entre Baltasar y Franz en el quinto acto, en la que aquél le presenta a su señor la política realmente || revolucionaria que habría debido seguir. En esto aparece lo propiamente trágico; y justamente por esta significación me parece como si ya en el tercer acto, donde hay varias ocasiones para ello, se hubiera debido apuntar algo más fuertemente en esa dirección. Pero vuelvo a caer en cuestiones secundarias. —La posición de las ciudades y de los príncipes de aquel tiempo está igualmente representada de múltiples maneras y con gran claridad, con lo cual quedan así agotados, por así decirlo, los elementos oficiales del movimiento de entonces. Pero aquello en lo que usted no ha puesto, según me parece, el debido énfasis, son los elementos no oficiales, plebeyos y campesinos, con su representación teórica paralela. El movimiento campesino era, a su manera, tan nacional, tan dirigido contra los príncipes como el de la nobleza, y las colosales dimensiones de la lucha en la que sucumbió contrastan muy notablemente con la facilidad con que la nobleza, dejando en la estacada a Sickingen, se entregó a su vocación histórica de lacayismo. También para su concepción del drama, que, como habrá visto usted, me resulta un poco demasiado abstracta, no bastante realista, me parece por ello que el movimiento campesino merecía una consideración más detenida; la escena campesina con Joß Fritz es, ciertamente, característica, y la individualidad de este “agitador” está representada de modo muy acertado, pero no representa, frente al movimiento nobiliario, con suficiente peso, la corriente de la agitación campesina que ya entonces se hinchaba altamente. Para mi concepción del drama, que consiste en no olvidar, por encima de lo ideal, lo realista, a Shakespeare por encima de Schiller, la inclusión de la tan maravillosamente abigarrada esfera social plebeya de entonces habría proporcionado, empero, una materia completamente distinta para animar el drama, un telón de fondo impagable para el movimiento nacional nobiliario que se desarrolla en el proscenio, y lo habría puesto a éste por primera vez bajo la luz adecuada. ¡Qué imágenes de carácter tan curiosas y significativas no ofrece esta época de disolución de los vínculos feudales en los reyezuelos vagabundos, los lansquenetes sin pan y los aventureros de toda especie: un telón de fondo falstaffiano que en un drama histórico concebido en este sentido tendría que ser aún más efectista que en Shakespeare! Pero, aparte de esto, me parece justamente que esta postergación del movimiento campesino es el punto por el que usted se ha visto inducido a presentar, según creo, también el movimiento nacional nobiliario de un modo erróneo por uno de sus lados, y a dejar escapar ||5.| al mismo tiempo el elemento verdaderamente trágico del destino de Sickingen. A mi modo de ver, la masa de la nobleza inmediata al Imperio de entonces no pensaba en absoluto en concertar una alianza con los campesinos; su dependencia de los ingresos obtenidos mediante la opresión de los campesinos no lo permitía. Una alianza con las ciudades habría sido más bien posible; pero tampoco llegó a realizarse, o sólo muy parcialmente. La imposición de la revolución nacional nobiliaria sólo era posible, no obstante, mediante una alianza con las ciudades y los campesinos, especialmente con estos últimos; y en ello reside, en mi opinión, justamente el momento trágico: el de que esta condición fundamental, la alianza campesina, era imposible, el de que la política de la nobleza, por tanto, tenía necesariamente que ser mezquina, el de que en el mismo mo-

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245. Engels an Ferdinand Lassalle – 18. Mai 1859 (Fragment)

245. Engels a Ferdinand Lassalle - 18 de mayo de 1859 (Fragmento)

momento en que quiso ponerse al frente del movimiento nacional, la masa de la nación, los campesinos, protestó contra su dirección y tuvo que caer necesariamente. En qué medida su suposición de que Sickingen mantuvo realmente alguna relación con los campesinos está históricamente fundada, no puedo juzgarlo, y además, poco importa. Los escritos de Hutten, por lo demás, en cuanto recuerdo, cuando se dirigen a los campesinos, pasan ligeramente por encima del punto escabroso relativo a la nobleza y tratan de concentrar la cólera de los campesinos especialmente contra los curas. Pero yo no quiero en absoluto discutirle a usted el derecho de presentar a Sickingen y Hutten como si se hubieran propuesto emancipar a los campesinos. Sin embargo, con ello incurrió usted inmediatamente en la contradicción trágica de que ambos estaban colocados entre la nobleza, por un lado, que decididamente no quería eso, y los campesinos, por el otro. Ahí residía, en mi opinión, la colisión trágica entre el postulado históricamente necesario y la ejecución prácticamente imposible. Al dejar caer usted este momento, reduce el conflicto trágico a las dimensiones menores de que Sickingen, en vez de habérselas directamente con el emperador y el imperio, solo se las tuvo con un príncipe (aunque también aquí, con tacto certero, introduce usted a los campesinos), y lo hace sucumbir simplemente a la indiferencia y cobardía de la nobleza. Pero esto tendría una motivación completamente distinta si se hubiera destacado más previamente el movimiento campesino en efervescencia y el talante de la nobleza, que se había vuelto incondicionalmente más conservador a raíz de las anteriores insurrecciones del Bundschuh y del pobre Konrad. Por lo demás, todo esto es solo un aspecto por el cual el movimiento campesino y plebeyo podía ser incorporado al drama; son concebibles al menos otras diez maneras igual de buenas o mejores.

Usted ve que aplico a su obra un rasero muy alto, el más alto de todos, tanto en lo estético como en lo histórico; y el verme obligado a hacerlo para poder formular aquí y allá alguna objeción será para usted la mejor prueba de mi reconocimiento. Entre nosotros, desde hace años, la crítica, en interés mismo del partido, tiene que ser necesariamente todo lo franca posible; por lo demás, a mí y a todos nosotros nos alegra siempre encontrar una nueva prueba de que nuestro partido, cualquiera que sea el terreno en que se presente, lo hace siempre con superioridad. Y esto lo ha conseguido usted también esta vez.

Por lo demás, los acontecimientos mundiales parecen querer tomar un curso bastante regocijante. Difícilmente cabe imaginar una base mejor para una revolución alemana a fondo que la que proporciona una alianza franco-rusa. A nosotros, los alemanes, ha de llegarnos el agua hasta el cuello antes de que nos veamos arrastrados en masa al furor teutonicus; y esta vez parece que el peligro de ahogarnos quiere aproximársenos lo suficiente. Tant mieux. En semejante crisis, todas las potencias existentes tienen que arruinarse y todos los partidos desgastarse unos tras otros, desde la Kreuzzeitung hasta Gottfried Kinkel, y desde el conde Rechberg hasta «Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum». En una lucha así debe llegar el momento en que únicamente el partido más implacable y decidido esté en condiciones de salvar a la nación, y al mismo tiempo deben darse las condiciones bajo las cuales sea posible arrojar por la borda completamente todo el viejo trasto, la escisión interna, por una parte, y los apéndices polacos e italianos dados por Austria, por la otra. De la Polonia prusiana no debemos ceder ni una pulgada, y lo que