en Manchester 
Londres, viernes, 6 de mayo de 1859 

16 mayo de 1859. 

Querido Frederick: 

He recibido tu artículo. Habrás visto por un despacho telegráfico que Hess se ha pronunciado contra el plan de Gyulai. (Lo que probablemente debe llamarse falta de plan.) Considerado desde nuestro punto de vista, es decir, el revolucionario, no es en absoluto indeseable que Austria de entrada sufra un descalabro o, lo que moralmente es lo mismo, se retire de nuevo a la Lombardía. Con ello las relaciones se desarrollan mucho más y se gana el tiempo necesario para que las cosas maduren en París. En general, las cosas están planteadas de tal modo que, hágase milagros en el lado que sea, han de redundar en ventaja nuestra. Si Austria hubiese derrotado de entrada al ejército piamontés, tomado Turín, derrotado a los franceses al salir de los Alpes, Rusia quizá se habría vuelto de inmediato contra Bonaparte; en cualquier caso, aún no estaba comprometida de hecho contra Alemania, y nuestro piojoso gobierno prusiano se habría visto liberado del único dilema que le costará el cuello. Además: una derrota tan aplastante, ya al comienzo, podría haber provocado un motín militar francés y una revolución en París contra Bonaparte. ¿Y entonces? En ese momento, la consecuencia habría sido la Santa Alianza en armas, victoriosa contra un posible gobierno revolucionario en París, lo que ciertamente no entra en nuestros cálculos. El propio Radetzky llevaba en las venas el fuego revolucionario del 48. En cambio, pienso que, en ambos bandos, el austriaco y el francés, la guerra se llevará ahora con una mediocridad reaccionaria.

Es una injusticia que no hayas enviado al menos otros dos panfletos, uno para Pfänder, que ha remitido tu manuscrito bajo su propio nombre, y otro para Freiligrath. Tampoco estaría de más que enviases una copia a P. Imandt. (Dundee, Dundee Seminary.) Debes tener cierta consideración a las relaciones de partido y mantener a la gente de buen humor.

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237. Marx a Engels - 6 de mayo de 1859 

A propósito. En tu artículo del pasado viernes he suprimido toda la introducción; en primer lugar, porque tenía mis reservas hacia los austriacos; en segundo lugar, porque en absoluto debemos identificar nuestra causa con la de los actuales gobiernos alemanes.

En mi opinión, el bueno de Palmerston volverá a empuñar el timón en muy breve plazo, ya sea como ministro de Asuntos Exteriores o de Guerra. Los bueyes de los tories se lo ponen en efecto demasiado fácil. Primero, estos tipos echan a perder el juego a los austriacos con su piojoso espectáculo de mediación. Luego, tan pronto como se conoce el tratado franco-ruso, ponen todo su empeño en negarlo, para demostrar que no se han dejado sorprender. Esto da luego a The Times ocasión de reírse de ellos y de adoptar una actitud patriótica contra Rusia. Pero el resumen de la cosa es que The Times, al igual que todos los demás periódicos palmerstonianos || (aunque éstos, según estén distribuidos los papeles entre ellos, se pronuncien a favor o en contra de las distintas potencias implicadas) señalan la necesidad de reinstalar al genuino ministro británico (el Morning Advertiser y el Daily Telegraph, que escriben para la plebe, lo dicen abiertamente). Los piojosos tories, por el contrario, deberían haber «creído» en el tratado ruso-francés y haber arremetido contra Pam en esa ocasión. Tenían las mejores oportunidades. En primer lugar, Pam estaba en Compiègne cuando se urdió todo el plan. En segundo lugar, el señor Whiteside, en nombre del ministerio, ya había comunicado al estúpido John Bull —cosa que de los libros azules se sabía desde hacía tiempo— que en 1848 Austria ofreció a Palmerston renunciar por completo a la Lombardía, pero establecer en Venecia un gobierno italiano bajo un archiduque austriaco, si él estaba dispuesto a mediar. Piamonte se había dirigido a él al mismo tiempo, y Francia otro tanto. ¿Qué hizo Pam? Rechazó la propuesta con el pretexto de que también Venecia debía ser abandonada por completo. Dio esta respuesta después de tres semanas de silencio. Tan pronto como Radetzky hubo vencido, instó a los austriacos a que llevaran a cabo el plan que le habían comunicado. En el asunto húngaro llevó a cabo (esta vez en relación con las condiciones bajo las cuales los húngaros, ya desesperados, querían someterse) la misma maniobra. El retorno de ese sujeto al ministerio es un peligro real. Por lo demás, en Alemania empiezan a entenderle. En un libro del profesor Wurm, de Hamburgo (Historia de la guerra de Oriente), y en otro sobre Nicolás, de otro alemán cuyo nombre se me escapa, se ataca directamente a Pam como agente ruso.

A propósito: negocios. El burro de Friedländer me escribió el 12 de abril, pero se olvidó de lo principal, a saber, indicarme una casa bancaria. En lugar de eso, habló de un «adelanto». Esto último es un disparate. Cada semana se necesitan 8-10, a menudo 15 libras esterlinas para los telegramas. Le escribí esto al burro. Hasta ahora, ninguna respuesta, aunque me envía regularmente Die Presse de Viena (tiene ahora, según veo en ella misma, 26.000 abonados). Ayer escribí una carta fulminante a Lassalle. Por Die Presse veo que L. ha iniciado su correspondencia y sus envíos telegráficos a Die Presse con mucho celo, aunque con poco talento. Pero no aceptó este puesto hasta que yo le «di permiso» por escrito, pues, según escribe, no quiere correr el riesgo político sin mi consentimiento. ¿No sería cómico que toda la transacción desembocara en que L. se ha instalado sin más? Pero quizá la demora se deba a la dificultad que tiene Friedländer, con los actuales disturbios, para arreglar el asunto del dinero en Viena. Entretanto, por impaciencia, me dedico al álgebra.

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