en Manchester  
Londres, viernes, 22 de abril de 1859  
122 Ap. ’59  
Querido Frederick,  

He modificado tu artículo a la luz de las últimas noticias.  
No creo que hayas perdido el tiempo (yo me vi obligado a ello) vadeando los debates parlamentarios del lunes pasado. Lo esencial de ellos fue esto:  
1) Inglaterra ha sido engañada durante todas las negociaciones;  
2) Inglaterra está decididamente a favor de Austria.  
ad 1.) Los ministros ingleses ya habían anunciado en una ocasión que todo estaba arreglado. Fue cuando la noticia de la evacuación de Roma circuló por todos los periódicos. De las declaraciones en la Cámara Alta se desprende: el Papa exigió realmente la evacuación de su territorio. Francia no había dejado de gemir ante Inglaterra diciendo que su posición en Roma era falsa, que quería retirarse, pero que se lo impedían, por un lado, los temores del Papa y, por otro, la negativa de los austríacos a retirarse también. Éste fue incluso el pretexto oficial con el que Boustrapha justificó ante Inglaterra la escena con el enviado austríaco del 1 de enero. ¡Pues bien! El Papa cortó este pretexto. Austria retiró realmente 2 batallones de Bolonia y había dado órdenes para la partida de las tropas restantes. Entonces Bonaparte encontró pretextos para no retirarse, y así se vino abajo todo el asunto. Esto puso a lord Derby de muy mal humor, y Bonaparte, para aplacarlo, abrió su corazón sobre la «cuestión italiana» a lord Cowley, quien telegrafió a Londres hallando sus exigencias «satisfactorias». A raíz de esto, Cowley —con las exigencias de B. aceptadas por Inglaterra— fue enviado a Viena. (Este Cowley es el mismo cerdo que en 1848-49 intrigó en Viena contra la revolución alemana.) Esto fue a fines de febrero. Austria, que sólo con el corazón apesadumbrado se decidió por la guerra, y que entonces aún no había avanzado tanto en sus preparativos como a mediados de marzo, lo aceptó todo. Cuando Cowley, de regreso a París, pasó por Londres, «él» y el «ministerio», dice el propio Derby, estaban completamente convencidos de que todo estaba arreglado y quedaron en ridículo …

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… de nuevo mediante una nueva declaración en ese sentido ante el Parlamento.  
Cowley viaja, pues, lleno de optimismo a París. Allí se entera de que han estado jugando con él a la gallina ciega y de que, a propuesta de Rusia, Boustrapha ha aceptado un congreso general en el que, también a propuesta de Rusia, sólo estén representadas las 5 grandes potencias, quedando, pues, excluida Cerdeña. Derby dice abiertamente que la intervención de Rusia (aunque acordada con Francia; pero Bonaparte no podía, naturalmente, rechazar condiciones que Inglaterra había planteado en su nombre a Austria) fue la única culpable de que no se llegara a la paz. Palmerston, el mismo día en los Comunes, dijo que no censuraba a Rusia (naturalmente). Si la mediación inglesa hubiera tenido éxito, Rusia no habría desempeñado el papel que le está asegurado en un congreso y que le corresponde en las cuestiones europeas. Aunque muy contrariado, Derby aceptó la propuesta rusa bajo ciertas condiciones, de las cuales la principal era que no se tocasen los arreglos territoriales del Tratado de Viena de 1815. Austria, que ya se había imaginado que todo estaba solucionado, vio entonces claramente que la guerra estaba decidida y que sólo se la quería tomar el pelo. A la nueva propuesta inglesa respondió, por tanto, con la insolente exigencia de que Cerdeña, como preliminar al congreso, debía desarmar. A esto, Derby propuso a Bonaparte convencer a Cerdeña de que aceptara esta humillación, pero al mismo tiempo Inglaterra y Francia debían garantizar contractualmente a Cerdeña contra cualquier ruptura de la paz por parte de Austria durante el congreso. El burro de Bonaparte lo rechazó. Si lo hubiera aceptado, habría podido provocar algún tipo de revuelta, por medio de sus agentes, en la frontera austro-piamontesa, y entonces Inglaterra se habría visto comprometida a un tratado ofensivo con Francia y Cerdeña contra Austria, y Palmerston ya habría obligado a los tories a cumplir su palabra. Por otra parte, los austríacos se asustaron de la facilidad con que Inglaterra estaba dispuesta, bajo ciertas condiciones, a entrar en una alianza ofensiva contra ellos. Así que, entonces, se declararon inmediatamente a favor de la propuesta inglesa y convirtieron el desarme de Cerdeña en un desarme general. Sobrevino entonces el escándalo sobre si, como decía Austria, el desarme había de efectuarse antes, o, como decía Bonaparte, después de la reunión del congreso, y luego sobre si había de admitirse a Cerdeña o no, etc. En suma, todas las nuevas dificultades partieron de Bonaparte: 1) los subterfugios acerca del desarme; 2) él y Rusia habían propuesto excluir a Cerdeña del congreso. El lunes pasado Derby estaba tan furioso que, según se dice, gritó literalmente al declarar que Inglaterra hacía aún una propuesta definitiva, pero que estaba cansado de bagatelas y que, si ésta fracasaba, no volvería a actuar como mediador, etc.

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ad 2.) Bonaparte podía aceptar estas últimas propuestas, porque sólo perjudicaban a Austria en la medida en que ésta estuviera adelantada con sus preparativos. Tenía que aceptarlas para quitar a Derby el pretexto de declararse directamente en contra de él. Austria tenía que rechazarlas si no quería perder todas sus ventajas, etc. Bonaparte, que había contado con la caída de Derby y la entrada de Palmerston, se encontró en un apuro peor, ya que Derby y Disraeli mostraron directamente en sus discursos que estaban hartos de ser engañados por Bonaparte y Rusia, y además tomaron directamente partido por Austria. Malmesbury dijo que no comprendía con qué pretexto se había entrometido Bonaparte en las complicaciones italianas. Derby dijo que Inglaterra mantendría primero una neutralidad armada, pero que luego se volvería contra la potencia que hubiera provocado la guerra con un «falso pretexto». Derby dijo que los intereses de Inglaterra en el mar Adriático no le permitían cruzarse de brazos; calificó casi de casus belli un ataque contra Trieste. Disraeli dijo que Austria se había comportado con «moderación digna», Cerdeña de manera «ambigua, vejatoria e incluso ambiciosa». Finalmente, todos dijeron que los tratados de 1815 debían ser mantenidos y, en relación directa con los arreglos territoriales en Italia, estos tratados —subrayaron repetidamente— estaban destinados a «poner un freno a la ambición expansionista de Francia».

Tanto es seguro: con la ocurrencia de que Derby, en vez de dimitir, mandó al Parlamento al diablo, desterrando de momento a Palmerston a la vida privada, el juego franco-ruso se ha visto metido en un serio dilema.

Sólo son posibles dos casos. |  
I O bien Austria se deja amedrentar por telegramas amenazadores desde Londres y Berlín y retira el ultimátum de Gyulai al Piamonte. En este caso, a Bonaparte no le puede salvar ni Dios. Entonces tendrá que desarmar de hecho, y el ejército lo tratará como a un Soulouque. En París, de todas formas, los obreros están furiosos por la infamia de la deportación de Blanqui a Cayena. O bien Austria se cansa de los juegos diplomáticos y marcha sobre Turín. En este caso, el señor Bonaparte habrá vencido diplomáticamente, porque Austria declaró primero la guerra; pero habrá comprado esta victoria diplomática con una fea derrota militar. En este caso no le doy cuatro meses de vida a su corona y su dinastía.

Mañana te enviaré las Tribunes.

A propósito.

El gran regente imperial Vogt ha escrito una epístola a Freiligrath, en la que le anuncia que esta pandilla imperial va a publicar un nuevo periódico en Zúrich (o Berna, lo he olvidado). Pide a Freiligrath que escriba para el folletín y que reclute al profundo Bucher como corresponsal político.

El programa sobre el cual el regente imperial Vogt quiere formar un nuevo «partido», y que, como él mismo dice, ha sido acogido muy benévolamente por A. Herzen, es el siguiente: Alemania renuncia a sus posesiones fuera de Alemania. No apoya a Austria. El despotismo francés es pasajero, el austríaco permanente. Se permite que ambos déspotas se desangren. (Incluso se hace visible cierta inclinación hacia Bonaparte.) Alemania: neutralidad armada. En Alemania, «según sabe Vogt de fuente óptima», no hay que pensar en un movimiento revolucionario durante nuestra vida. En consecuencia, tan pronto como Bonaparte haya arruinado a Austria, comenzará por sí mismo un desarrollo liberal-nacional moderado, al estilo de la regencia imperial, en la patria, y Vogt quizá llegue aún a ser bufón de la corte prusiana. Por la carta de Vogt se ve que cree que Freiligrath ya no tiene ninguna relación con nosotros. La ignorancia de este regente imperial acerca de las personas con las que trata. Bucher, como urquhartista, es austriacante. El gran Blind, por su parte, encontrándose en el dilema de que, como alemán, está contra Bonaparte y, como partidario de Rotteck, contra Austria, convoca, en el momento presente, un «Parlamento alemán», cosa que el telégrafo anunciará pronto a Manchester.

Salut  
Tuyo

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