en Manchester  
Londres, sábado, 11 de diciembre de 1858  

I 11 de diciembre del 58  
¡Querido Engels!  

¿Puedes entregar para el martes un informe sobre el mitin de Bright y, concretamente, de modo que se vea que el redactor estuvo en Manchester?  

Adjunto Kinkeliana. Freiligrath parece creer que, porque la esposa de Kinkel se ha roto el cuello, el marido Kinkel se ha convertido en un gran hombre, o al menos en uno noble. Kinkel había organizado el entierro de manera tan melodramática —con la «mano trémula» y la «corona de laurel», etc.— que Freiligrath, que no había podido encontrar ni un tono de dolor en su lira ante los «trágicos» acontecimientos, ya fuera en el propio partido (como la muerte de Daniels), ya en el mundo en general (Cayena, Orsini y demás), de pronto le canta a esa miserable farsa. Por el recorte del «Daily Telegraph» ves cómo la camarilla explota exactamente igual la muerte de la desagradable «sietemalvados» (pues ésa era la persona afectada, artera y astuta, esencialmente burda; su bajeza se mostró, por ejemplo, de manera flagrante en la ingratitud hacia Strodtmann, hacia la señora v. Brüning, después de haberle exprimido todo el dinero posible, etc.), exactamente igual que la tipeja misma explotó «el sombrero de Kinkel, atravesado de parte a parte» y escribe de Londres a Alemania: «¿Tienes idea de lo que es ser considerada como una especie de madre de todos los emigrados?». Así escribe la tipeja en el momento en que ella y Gottfried andaban como una especie de mendigos por las casas de todos los judíos de la City.  

Todavía hay algo en la embellecedora carta de F. a mí que me desagrada. II Debo considerarlo como algo revolucionario el que él esté contra la fiebre de amnistía, es decir, de hecho contra la idiosincrasia de Rudolph Schramm. Pero nuestro F. se ha naturalizado hace algunas semanas en Inglaterra y sería de hecho un loco si, mientras pesan los agradables créditos del Crédit Mobilier, añorase la posición de un dependiente mal pagado en Alemania. Recuerdo muy vivamente que en una época en que ya se desvariaba sobre la amnistía, pero el General Bank of Switzerland aún no había ocupado un local en los Royal Exchange Buildings, la señora F. trató muy seriamente de persuadirme para que no presentara objeción alguna a la aceptación de la amnistía.  

Toda la gente siente que algo se mueve de nuevo. Y, naturalmente, se apresuran a subir al escenario con banderas de libertad.  

Guarda el poema y la carta adjuntos.  

Aquí en casa el aspecto es más triste y desolado que nunca. Como mi mujer no puede ni siquiera preparar una fiesta de Navidad a los niños, y en vez de eso se ve acosada por todas partes con avisos de pago y mientras tanto escribe el manuscrito y entre medio tiene que ir corriendo a la ciudad a las casas de empeño, el estado de ánimo es extraordinariamente sombrío. Además, mi mujer tiene toda la razón cuando dice que después de toda la miseria que ha tenido que pasar, en la revolución será aún peor y tendrá el placer de ver cómo todas las farsas de aquí vuelven a celebrar triunfos al otro lado. Así son las mujeres. Y la conducta mujeril de los Freiligrath, etc., y de otros conocidos la exaspera con razón. Ella dice à la guerre comme à la guerre. Pero no hay guerra. Todo es burgués.  

Salud  
Tuyo  
K. M.  

I El Telegraph (adjunto) debe guardarse también.