en Berlín  
Londres, lunes, 31 de mayo de 1858  

9, Grafton Terrace, Maitland Park,  
Haverstock Hill, Londres.  

Querido Lassalle:  

Post tot discrimina rerum, por fin otra vez una señal de vida. Mi historia desde la carta de mi mujer a ti fue simplemente la siguiente:  

Después de que durante varias semanas estuve totalmente incapaz de escribir, no solo en el sentido literario, sino en el literal de la palabra, y de que hice vanos esfuerzos por luchar contra la enfermedad; después de que, además, fui inundado de medicina y todo sin resultado alguno, mi médico declaró terminantemente que necesitaba un cambio de aires, en segundo lugar abandonar todo trabajo intelectual por algún tiempo y, por último, recurrir a la equitación como cura principal. Mi enfermedad no era en sí y para sí peligrosa — agrandamiento del hígado, pero se presentó esta vez con síntomas específicamente repugnantes y tiene, además, en mi familia una opinión maligna, pues constituyó el punto de partida de la enfermedad mortal de mi padre. Bueno. Con la mayor resistencia cedí por fin a las presiones del médico y de la familia, viajé a Manchester, a casa de Engels, me entregué a la equitación y a otros ejercicios corporales, y, tras una estancia de cuatro semanas allí, he regresado por fin a Londres, completamente restaurado. La enfermedad —en mis circunstancias, en general un lujo muy costoso— vino tanto más inoportuna cuanto que me había puesto a la elaboración para la imprenta del primer cuaderno. Ahora me pondré a ello con celo. De tu amistad espero que informes exactamente al librero sobre estas aventuras. De mi estado de ánimo durante esta enfermedad puedes hacerte fácilmente una idea si consideras que estos padecimientos hepáticos predisponen de por sí a la hipocondría y que, además, toda suerte de circunstancias domésticas, así como el contratiempo de la interrupción de la publicación, vinieron a amargarme la vida. Ahora he vuelto a recobrar mi humor habitual.  

Durante mi sufrimiento he estudiado a fondo tu Heráclito y encuentro la reconstrucción del sistema a partir de las dispersas reliquias magistral, así como no menos me ha cautivado la agudeza en la polémica. Lo que tengo que objetar es, principalmente, solo formal. Creo que era posible una mayor condensación en la exposición, sin poner en peligro el contenido. Hubiera deseado, además, encontrar en el libro mismo indicaciones críticas sobre tu relación con la dialéctica hegeliana. Por más que esta dialéctica sea incondicionalmente la última palabra de toda filosofía, tanto más necesario es, por otra parte, liberarla de la apariencia mística que reviste en Hegel. Finalmente, no estoy de acuerdo en algunos detalles, por ejemplo, en la concepción de la filosofía de la naturaleza de Demócrito. Todo esto, sin embargo, son puntos secundarios. Las dificultades que tuviste que superar en el trabajo me resultan tanto más evidentes cuanto que yo mismo, hace unos 18 años, realicé un trabajo similar sobre un filósofo mucho más fácil, Epicuro — a saber, la exposición del sistema total a partir de los fragmentos, un sistema del que, por lo demás, lo mismo que en el caso de Heráclito, estoy convencido de que solo existía en sí en los escritos de E., pero no en una sistemática consciente. Incluso en filósofos que han dado a sus trabajos una forma sistemática, por ejemplo, Spinoza, la verdadera arquitectura interna de su sistema es completamente distinta de la forma en que él lo expuso conscientemente. Lo que, por cierto, no alcanzo a comprender es de dónde sacaste tiempo, entre todos tus demás trabajos, para apropiarte tanta filología griega.  

En conjunto, el período actual es agradable. La historia está evidentemente a punto de tomar de nuevo un nuevo impulso, y los signos de disolución son por doquier deliciosos para todo espíritu no empeñado en la conservación de las cosas tal como están.  

Salut.  
Tuyo,  
K. Marx