en Londres
Waterloo, 25 de agosto de 1857

Waterloo, 25 de agosto de 1857
Querido Marx:

Mi última carta quedó bruscamente interrumpida por la salida del correo. Quería contarte aún las aventuras de Lupus en Francia. En Londres no tenía ni dinero ni tiempo para detenerse, así que viajó de paso; llegó a Manchester con 2 chelines en el bolsillo. Desde Lille fue descubierto y perseguido por la policía francesa. Con su suerte habitual, fue a caer justo en medio de las elecciones y del hermoso complot de asesinato. Se alojó en un pequeño hotel cerca del Louvre y quiso ir luego a Versalles. En esa excursión se apoderaron de él dos mouchards, se encajaron con él en el coche, tanto a la ida como a la vuelta, y no le perdieron de vista. De vuelta al hotel, mientras cenaba en el salón, dos mouchards —entre ellos un judío alsaciano— se sientan a la mesa y hacen comentarios sobre él en alemán, francés e inglés chapurreado: «Un was der Kerl noch mit einem Apptit fresse kann, un sei Kopp is doch nit e Pfennig werth.» «That chap eats with much appetite and his head is not worth a farthing. The telegraphic despatch has just arrived», etc. Después de que L. hubiera aguantado mudo —su mala conciencia política le obligaba, naturalmente, pues, de lo contrario, lo habrían arrastrado al cuartelillo y habría tenido que demostrar en la prefectura qué clase de lobo era—, después de que, en su rabia, se hubiera cogido una buena mona*, sube a su cuarto y se asoma a la ventana —au premier. Allí descubre a sus amigos de Versalles en el portal. La pandilla va en aumento, le gritan observaciones, y el jefe parlamenta con la patrona. Después, los tipos ocupan toda la casa, empinan el codo y vandalizan media noche, y ocupan las habitaciones a derecha, izquierda y encima de Lupus, quien, como puedes imaginarte, estaba metido en un buen aprieto —a lo que se sumaba un calor mortal. Por la mañana temprano, los tipos lo despiertan. A derecha e izquierda golpean su pared; encima de él arrastran por el suelo una mesa, la cama, etc., de modo que pierde el oído y la vista. Finalmente, Lupus, armado de valor, va al retrete. En la escalera están sentados el judío y su compinche, y el judío dice en voz alta: «Ahora va el tipo a cagar.» L.

se hace subir el desayuno a la habitación y pregunta cuándo sale el tren de Estrasburgo. Los tipos van desapareciendo gradualmente, ya que era el día de las elecciones parciales y habían cumplido su objetivo: expulsar a L. de París. En la estación, otra vez el amigo de Versalles, lo acompaña en el mismo vagón cuatro o cinco estaciones, donde lo releva otro. Los tipos se encajan siempre en el vagón, ya de por sí atestado, de manera tan llamativa que un filisteo francés dice en broma: «Il y a donc un criminel parmi nous?» Así lo escoltan hasta Lyon; desde Châlons, en el Saona, el de Versalles está otra vez allí, en el barco de vapor. En Lyon, L. entra en el primer hotel, pero encuentra que el camarero y todo el personal está al servicio, presto a señalarlo y a telegrafiar a los tipos cuando llegue. El camarero silba apenas sale del cuarto, y el hombre del bureau grita: «Le voilà!», tras lo cual debe pasar revista ante una élite de mouchards. Esta persecución continuó también en el tren de Seyssel, hasta un punto en que parte un ramal en dirección a Plombières, donde justamente se encontraba el señor Bon[aparte]. Desde allí, L. quedó libre, en cuanto vieron que no iba a P[lombières]. En el viaje de vuelta, ni rastro de persecución.

Se ve lo que el señor Bon. ha hecho con la Société du dix Décembre. Los vagabundos son inconfundibles, especialmente en la forma de empinar el codo y en la manera humorística con que amargan la estancia en París a las personas sospechosas. Si L. no se hubiera ido, probablemente uno de ellos habría iniciado una riña para tener un pretexto para llevarlo a la prefectura. ¡Cuántos de esos tipos deben de estar de servicio, para que todo un escuadrón pudiera lanzarse en pos del relativamente desconocido Lupus! A ello se suma la organización de patrones, camareros, botones, etc., como cómplices.

Acabo de bañarme de nuevo, lo que en general me fortalece y refresca mucho; sin embargo, al principio la inflamación parece agudizarse de nuevo un tanto. Era de esperar. En general me siento ahora muy bien y las heridas me molestan poco. Mi viejo estará ya probablemente en Manchester, cosa que sabré con certeza mañana, y entonces iré inmediatamente a M., y dentro de unos días a un baño de mar más vigorizante, quizá a la Isla de Man. Escribe por ahora a Mánchester. Tan pronto como esté completamente curado y ya no necesite los baños de mar con tanta regularidad, pienso ir al mar, probablemente una vez en vapor vía Dublín a Portsmouth y a la Isla de Wight, donde podremos celebrar entonces un consejo de guerra juntos. Pero esto depende aún de las circunstancias.

«Army» progresa; los Antiguos están terminados, la Edad Media será breve, luego la Época Moderna. Sólo los Antiguos ocuparán, sin embargo, de 6 a 7 páginas; quiero ver qué se puede aún suprimir, pero no podemos atenernos exactamente a lo que diga el señor D[ana]. Hasta el viernes no podrá entregarse la cosa,

debido a la interrupción por lo de mi viejo, pero espero que hasta el martes. A propósito, ¿es que D. no escribe en absoluto, ni por los manuscritos ni en relación con la lista para B? ¿Cómo es eso? Sería curioso que no se supiera absolutamente nada de él. Muchos saludos.

Tuyo