en Londres  
Waterloo, 21 de agosto de 1857  

Waterloo, 21 de agosto de 1857  

Querido Mohr:  

Los artículos los habrás recibido esta mañana.  

Tus tesis las considero, no obstante, *open to some observations*. Que el hierro surta efecto en 3 semanas donde el aceite de hígado de bacalao lo hace en 3 meses, no puede tomarse al pie de la letra. De una cura en 3 semanas no puede hablarse en absoluto en una enfermedad de este tipo, y yo objetaría que, con hierro o sin él, son más los casos en que la cura ha durado 3 años que solo 3 semanas.  

Que la falta de hierro en la sangre sea el carácter fundamental de la escrófula es para mí, desde luego, una novedad. A pesar de toda la literatura, es seguro que desde hace algún tiempo se ha generalizado la moda de reducir todas las enfermedades a una falta de hierro en la sangre, una moda que ya empieza a provocar una reacción; de la enfermedad de la que más firmemente se sostiene que este es su carácter fundamental, la clorosis, algunos franceses afirman últimamente que el hierro no tiene absolutamente nada que ver con ella. Cuál sea el carácter fundamental de la escrófula me parece que sigue estando muy poco claro.  

Que en el aceite de hígado de bacalao, entre otras cosas, también el yodo es un elemento principal de su efecto, es indudable. Pero ni mucho menos el único. Con yodo en otras formas no se llega tan lejos. Además contiene cloro y bromo, ambos actuando directa o indirectamente sobre el mal, y en qué medida contribuyen los componentes biliares y los ácidos grasos volátiles no está aún determinado. Sólo sé que el aceite de hígado de bacalao noruego, que sabe amargo a bilis, me ha aprovechado más que el de Terranova o el inglés, que no tienen ese sabor.  

Yoduro de hierro lo tomé durante todo el tiempo que estuve en Manchester (entre Londres y Waterloo), simultáneamente con aceite de hígado de bacalao, y la inflamación aumentaba continuamente, volviéndose finalmente crónica. Desde que estoy aquí no he vuelto a tomar yoduro de hierro, pero ya hace tiempo acordé con H[eckscher] que, o bien yoduro de hierro, o bien hierro de Quevenne con aceite de hígado de bacalao, se empleará como cura posterior.  

La grasa en el aceite no es, *pour le moment*, en absoluto un lastre inútil para mí. Desde que he vuelto a recobrar fuerzas, la acumulación de grasa también reanuda su curso. Grasa animal ya elaborada sólo es admisible, naturalmente, en muy pequeña medida en mi dieta; la consecuencia es que tengo que comer más fécula, y realmente tengo a veces un verdadero hambre voraz de pan; como el doble de carne, pero cuatro veces más pan que antes. La grasa del aceite de hígado de bacalao me ayuda excelentemente en este engorde, pues se toma en una forma de lo más inocua y no actúa de manera tan irritante como la grasa de la carne o las cosas cocinadas con grasa.  

Ya ves que nunca perdimos de vista por completo el hierro, e incluso después de haberlo aplicado sin éxito durante más de 3 semanas, y tal vez incluso habiendo empeorado la cosa bajo las circunstancias reinantes, con todo ya lo habíamos reservado para la cura posterior. Heckscher, con quien hablé el domingo pasado acerca del hierro, se mostró decididamente contrario, tras la experiencia hecha, a aplicar hierro ya de nuevo ahora, y tengo que darle la razón. Más adelante, naturalmente. Por lo demás, repito que, a pesar de la unanimidad de la literatura, siento una gran desconfianza hacia la reducción de todas las enfermedades a una falta de hierro, mientras no sepamos algo más que hasta ahora sobre el estado e incluso sobre la cantidad normal del hierro en la sangre. En todo caso, yo tenía hierro de sobra en la sangre cuando estalló la historia, eso me lo atestiguará cualquier médico que me haya visto entonces. Que en personas de hábito positivamente escrofuloso, color pálido, piel transparente, etc., pueda existir falta de hierro, lo creo de buen grado.  

Pero, admitido que éste sea el carácter fundamental, de ello no se sigue ni mucho menos el uso indiscriminado e inmediato del hierro. El hierro es muy difícil de introducir en la sangre más que en las pequeñas cantidades en que se encuentra en los alimentos ordinarios. Suponiendo, pues, que el carácter de mi enfermedad fuera que la sangre ya no fuera capaz de asimilar el hierro en los alimentos, asimilaría el de la medicina aún menos. El aire del mar y el baño de mar fortalecen el sistema en la medida en que la sangre recupera esta capacidad. Por tanto, asimila de nuevo hierro de la carne y del pan, y como yo como mucho más de lo habitual, también, en consecuencia, tanto más hierro. Aquí, una vez restablecida esta capacidad, el hierro administrado medicinalmente puede ser útil, aunque yo crea que una parte del mismo atraviesa el cuerpo inútilmente, e incluso en la hipótesis de la teoría del hierro, la aplicación de hierro en cada periodo de la enfermedad no está demostrada como correcta. Pero además se añade la variedad de los casos y constituciones individuales. Yo, p. ej., parezco ser particularmente sensible a todos los metales; también la aplicación externa de mercurio, para impedir la extensión local de la inflamación, surtió efecto muy rápidamente en mí, y es muy posible que el yoduro de hierro, tomado en una época en que mi sangre estaba demasiado desorganizada para asimilarlo, haya fomentado la creciente inflamación.  

En todo caso, no veo en qué medida tus tesis, aun concediendo la teoría del hierro, echan por tierra algo esencial de las afirmaciones de mi carta anterior, en la que, por lo demás, se trataba sólo de la aplicación inmediata de hierro, en ninguna forma determinada, con exclusión del aceite de hígado de bacalao.  

Hoy he tomado mi primer baño de mar, me ha sentado de maravilla y me ha dado un apetito del diablo. Por de pronto sólo debo bañarme cada dos días.  

Pero ahora es la hora del correo. “Army” en preparación.  

Muchos saludos a tu mujer y a tus hijos.  

Tuyo,  

F. E.