22 de septiembre de 1856. 
28, Deanstreet, Soho. 
Querido Engels:

Ya te habría acusado recibo de tu última carta antes, pero el día entero, de la mañana a la noche, se me ha ido, desde hace cosa de 14 días, perdido en buscar viviendas. En el viejo cuchitril no podíamos quedarnos por ningún concepto. Por fin hemos encontrado una vivienda — una casa entera, que tenemos que amueblar nosotros mismos. Es: 9, Graftonterrace, Maitlandpark, Haverstockhill, Hampstead Road. Alquiler: 36 £ st. El 29 de septiembre hay que ocupar la cosa; esta semana tenemos que amueblarla. Estamos un tanto apurados, ya que tenemos que pagar unas 26 £ en la City y mucho más por la nueva instalación. Es decir, nos faltan 10-15 £ st. — aunque solo sea momentáneamente, pues mi mujer tiene que recibir aún de su hermano en Berlín una suma mayor, a consecuencia de la herencia de Tréveris. Ayer me escribió que aún no podía enviar el dinero, porque los bonos del ferrocarril de la Baja Silesia, en los que está depositado el capital correspondiente a mi mujer, en este momento solo se pueden vender con una gran pérdida. Al propio tiempo, el señor ministro hace la siguiente melancólica observación: «Ciertamente es ahora justo un momento desfavorable, pues toda esa clase de papeles de valor efectivo han caído mucho de cotización a consecuencia de la furiosa estafa del Crédit Mobilier y de las sociedades comanditarias.»

Si tú puedes suplir una parte de lo que falta, yo pienso sacar el resto recurriendo al montepío, hasta que llegue el envío de Berlín. Lo malo es que no hay tiempo que perder.

La noticia de la muerte de Weerth me ha afectado terriblemente y me ha costado creer la cosa. Freiligrath ya me ha escrito por lo del obituario. Pero, en efecto, no veo ningún periódico en Alemania. ¡Lo único posible sería quizá, por de pronto, una necrológica en la «Tribüne», hasta que los tiempos hagan posible más y mejor! What is your opinion?

Estoy invitado hoy a comer en casa del tal Putnam, que ha vuelto a estar aquí. No sé si iré. Mi pésimo inglés hablado podría ponerme en ridículo.

La Tribune me ha devuelto los artículos no impresos. Son, en resumidas cuentas, el paneslavismo y mis artículos sobre los principados danubianos. El señor Dana escribe que, si no logro colocar esos asuntos en otra parte, tendrían que cargar ellos con la «pérdida» a fuer de derecho, por no haber formulado objeción a su debido tiempo. En el caso contrario, esperan que se les devuelva parte de sus expensas. Nous verrons.

Bruno Bauer publica dos tomos sobre Inglaterra. Seguramente va a despachar por extenso la pocilga de su cher frère. No sé qué más ha visto en Inglaterra.

Pieper, a quien puse de patitas en la calle al llegar mi mujer, se presentó de nuevo dos días después y se acuarteló, lo cual ahora no resulta agradable en absoluto. Cuando me mude a la nueva vivienda, lo instalaré bien en el cuchitril de Deanstreet que tú conoces y lo dejaré allí, bajo mi fianza.

Se espera una amnistía prusiana para el 15 de octubre. La madre de Otto murió, dejando 2.000 táleros, que el gobierno prusiano ha confiscado para el pago de las «costas del proceso de Colonia».

Strohn estuvo aquí el viernes pasado. El tipo ha ensanchado colosalmente a lo ancho y a lo grueso, y a consecuencia de ello su bienestar parece haber aumentado un tanto a costa del ingenio. También la boca ya no le cuelga tan torcida; más bien parece benévola.

Sobre Heine he recibido toda suerte de detalles, que Reinhard le contó a mi mujer en París. De eso, más por extenso en otra ocasión. Solo para ahora, que aquello de:

«Pero ella ya a las ocho
bebía vino tinto y reía»

se ha cumplido literalmente en él. Su cadáver aún estaba en la casa mortuoria — el día del entierro — cuando el chulo de Mathilde, con su dulzura angelical, ya estaba a la puerta y, en efecto, se la llevó. El buen «Meißner», que ha untado con tan suave estiércol de vaca la boca del público alemán a propósito de Heine, ha recibido dinero contante y sonante de la «Mathilde» para glorificar a esa cerda que atormentó hasta la muerte al pobre Heine.

Mas ahora, otra historia a propósito de Moses Hess. La fama de este jovenzuelo se debió en gran parte... a Sassonoff. Este ruso, cuando Hess y Mösin llegaron a París, andaba muy decaído, muy andrajoso, sin dinero ni crédito, y en consecuencia muy plebeyo, revolucionario y accesible a ideas de subversión mundial. Sassonoff oyó que Moses no carecía de «monetes». Así que se puso detrás de Moses y delante de la Mösin. A esta última se la tiró, y al primero lo proclamó como una gran lumbrera literaria y lo introdujo en revistas y redacciones de periódicos. Wladimir, of course, tiene la mano 

siempre en el juego, y tiene acceso a todas partes. Así le sacó al avaro Moses suficientes monetes para poder volver a «brillar» y tender señuelos para nuevo crédito. Y con ello, Sassonoff ha engatusado a una rica judía vieja y la ha tomado en casto matrimonio kósher. Pero desde entonces ha vuelto a hacerse el aristócrata y le ha vuelto la espalda a Moses, declarándole un tipo muy común y subordinado. A la Mösin la abandonó sin fidelidad, y ahora corre por París insultando y echando pestes, contándole a cualquiera que quiera oírlo la traición del pérfido moscovita. Esta es, en cierto modo, la historia de la grandeza y decadencia de la casa de Moses.

¿Has visto ya el periódico que publica Golovin en Londres — Russia, etc. —?

L’Homme está, por falta de medios, suspendido por el momento. La Nation ha dejado de salir. Solo subsiste aún, en la misma línea, pero mucho peor todavía, Le National.

Muchos saludos a Lupum.
Tuyo,
KM