en Manchester 
Londres, 13 de febrero de 1856 

113 de febrero de 1856. 
28 Dean Street, Soho, Londres. 
Querido Fred:

Según me escribe Imandt, Heyse va camino de una extinción gradual, a consecuencia del exceso de «aceite» que ha vertido sobre la lámpara de su vida. El propio Im. rezonga de lo lindo acerca de los escoceses, a los que es imposible emplear más de 12 horas para enseñarles alemán, cualesquiera que sean las argucias que se empleen. Esos tipos, por avaricia, son aficionados al «entender».

Pero el gran acontecimiento, el acontecimiento por el cual dejo seguir a la primera esta segunda epístola pisándole los talones, es el acontecimiento Seiler. Sabes cómo se presentaban los auspicios de este Sebastian Nothanker en la época de tu estancia aquí. El viejo verdulero se mostró bastante inexorable, y el propio Seiler, con el feliz instinto que lo caracteriza, pronto descubrió que, en general, era una insensatez gastar 200 libras esterlinas en saldar el pasado, en vez de en engrasar las ruedas del porvenir. Toma, pues, la heroica determinación de comunicar a su suegro que no pague a ningún acreedor y que, antes bien, se quede mirando tranquilamente si lo encierran. Que él entonces pasaría por el tribunal de insolvencia y, así purgado, empezaría nueva vida con ayuda del viejo. Al viejo esto le pareció muy práctico. A Seiler, además, le cosquilleaba la perspectiva de ser iniciado en la crapulosa sociedad de la Queen’s Bench, de llevar mesa franca, provisto de copiosos suministros por la esposa y la suegra, y, de paso, de terminar su inmortal obra sobre Alejandro II —compuesta de extractos de la Augsburger Allgemeine Zeitung, a los que ha untado un almíbar equívoco. El negocio se abrió, pues, en el acto. Empezó una edad de oro del dolce far niente y de las llamadas «gestiones de negocios» a la City. La singular contrariedad consistía ahora en que, a pesar de las órdenes de detención libradas contra él y a pesar de la ostentosa exhibición de su valiosa persona por las calles de Londres, ningún acreedor hacía ademán de echar mano a Sebastiani. El viejo verdulero, cuya fe en la «personalidad» de su yerno no aumentó en modo alguno a consecuencia de esa invulnerabilidad, le dijo que era hora de vaciar la casa y retirarse con su mujer a una lejana cottage. Durante el acto del desalojo, || parte de los muebles fue confiscada por acreedores vigilantes, entre otras cosas, 7 pares de botas, pertenecientes a Sebastian. El propio Sebastian se encargó de que tampoco la «cottage» quedara en secreto, pues no entraba en su plan en modo alguno llevar con la cónyuge Patata una apartada vida campestre. En una palabra, intrigó tanto con la Patata y con la suegra y el verdulero, que se decidió enviarlo al «nuevo mundo» —por supuesto Nueva York—, adonde deberá hacer que lo siga su cónyuge en cuanto se haya conquistado una «posición». La cuestión depende ahora —ha de viajar esta semana— del número de libras esterlinas que ha de llevarse como dinero de viaje. Pide 60 libras. El verdulero considera suficiente la mitad. El plan de Sebastian es, desde América, irle sacando a la cara cónyuge 5 libras una tras otra, cuidarse el vientre, editar sus Caspar Hauser y Alejandro II y, como viudo de paja, no verse jamás privado de la dulce melancolía de la separación de la Patata. Sería curioso si al final aún lo atrapara algún acreedor. En cualquier caso, ha conseguido abandonar también Inglaterra como refugiado «financiero», sólo que en circunstancias más respetables que Alemania, Bélgica y Suiza. Su plan era que Pieper lo acompañara como compañero. Pieper, aparentemente, había aceptado ese plan para apoderarse de parte de los 7 pares de botas, pero se le anticiparon los corredores de embargo.

Hace unas noches, Pieper estaba aquí en casa dando clase a los niños cuando abajo llamó el cartero a la puerta. Una carta para Pieper, de letra femenina. Invitación a una cita. Como no conocía la letra ni tampoco la firma, se meció en grandes expectativas y le dio la carta a leer a mi mujer. Ésta reconoció en la firma inmediatamente a la vieja y gorda cerda irlandesa, nuestra ex nodriza, que no sabe escribir y que, por tanto, se ha hecho escribir la carta de mano ajena. Puedes imaginarte con qué carcajadas se le tomó el pelo a Fridolin. Con todo, acudió a su cita con la «vaca». Ésas son, pues, sus «aventuras». ¡Oh rey Viswamitra, qué buey eres!

No olvides el paneslavismo. 
Salut. 
Tuyo 
KMI