en Manchester 
Londres, 14 de diciembre de 1855 

14 Dic. 1855. 
28, Deanstreet, Soho. 

Querido Frederic, 

El arresto domiciliario empieza a hacerse fastidioso. Aún no he aspirado ni un sorbo de aire libre. Entretanto, ayer despaché de nuevo a 1.000 alemanes. Jones, por fin, debe venir hoy. 

Anteayer por la tarde recibí una visita que no adivinarías. Edgar Bauer —a quien no había visto desde hace aproximadamente un año— vino, y con él, Bruno. Lleva ya 14 días aquí y quiere quedarse unos seis meses, «para poner a prueba su afirmación», cosa que, tal como la empieza, no puede fallarle en absoluto. El hombre ha envejecido visiblemente, la frente le ha crecido y ahora da, más o menos, la impresión de un viejo profesor pedante. Por el momento se hospeda en casa de Edgar, en una choza en algún lugar hacia el final de Highgate, y está allí sentado en medio de la más profunda miseria pequeñoburguesa, sin ver ni oír nada. Esto lo toma él por Londres y cree que, salvo 30.000 privilegiados, todos los ingleses viven como Edgar Bauer. De ahí su odio y su «desprecio» enormes hacia el país. Le parece como si viviera «en Treuenbriezen». Londres es una auténtica «prisión» cuando se viene de «Berlín». En esa ocasión se reveló también que su ideal actual es el «campesino de Frisia oriental», de «Oldemburgo» y, en parte, de «Westfalia»: esos verdaderos aristócratas. Está también convencido de que a esos palurdos no se los puede eliminar con argucias, y de que la canallería niveladora moderna, por la que se lamenta el hombre de la «disolución», naufragará en estas rocas. Fue muy curioso oír a la «Crítica» hacer la confesión de que, en última instancia, Berthold Auerbach es su base real. Según su opinión, con excepción de unas cuantas «ciudades puramente comerciales», las ciudades en Alemania van a pique, pero «el campo» florece espléndidamente. Del auge industrial no sabía ni una sílaba, pero sí sentía un callado lamento de que ahora en Alemania no se hace nada más que «improvements». 

La «lengua inglesa» es «miserable», enteramente romanizada. A lo cual le expuse entonces, para consolarlo, que holandeses y daneses dicen lo mismo de la lengua alemana, y que los «islandeses» son los únicos tipos auténticos, no inficionados por lo latino. 

El viejo se ha ocupado mucho de las lenguas. Habla polaco y por eso declara que la lengua polaca es la «más hermosa de todas». Su estudio de las lenguas parece haber sido muy acrítico. Tiene, por ejemplo, a Dombrovski por mucho «más importante» que Grimm y lo llama el padre de la lingüística comparada. También se ha dejado embaucar por los polacos de Berlín haciéndole creer que el viejo Lelewel, en un escrito reciente, ha refutado la Historia de la lengua alemana de Grimm. 

A propósito. También contó que en Alemania ha aparecido un grueso volumen (por parte alemana) contra el diccionario de Grimm. Todo el volumen consistiría en las meteduras de pata que se le han señalado a G. 

A pesar de todo el esfuerzo por dárselas de humorista, se abría paso un gran descontento y melancolía por el «presente». En Alemania —¡horrible, en verdad!— ya no se lee ni se compra más que miserables compilaciones del ramo de las ciencias naturales. Cuando vengas, nos divertiremos mucho con el viejo muchacho. 

Koppen trabaja desde hace años en un libro sobre el budismo. Rutenberg es editor del Staatsanzeiger. El señor Bergenroth, que anduvo rodando por América (del Norte y del Sur) como comisionista (comercial), ha regresado sin dinero y con enfermedad. 

Espero aún la 2.ª edición del Times o del M[orning] Post. Quizá las noticias obliguen a tratar el asunto de Kars de manera algo más hipotética. Para ello, sin embargo, solo harían falta modificaciones muy pequeñas (un par de palabras en condicional). Creo, por mi parte, que Kars ha caído. 

Hoy hay un artículo no carente de interés —según me cuenta mi mujer— en el Herald, sobre los recelos de Bonaparte acerca de las verdaderas intenciones del vizconde Palmerston. Que Pam está muy mal con la corte lo ves por el artículo del Times contra el príncipe Alberto. Al mismo tiempo, nuevamente la vieja maniobra de presentar al príncipe Alberto como una carga que pesa sobre el «Ministerio». 

Salut. 

Tuyo, 
K. M.