en Colonia  
Camberwell, 6 de septiembre de 1855  

I 6 de septiembre de 1855.  
28, Deanstreet, Soho, Londres.  

Mi querida señora Daniels:  

Me es imposible describir el dolor con que me ha llenado la noticia del fallecimiento del querido e inolvidable Roland. Aunque las últimas noticias que me llegaron por medio de Steffens no eran en modo alguno consoladoras, no abandoné ni un solo instante la esperanza de que su excelente marido se restableciera. Era una naturaleza delicada, finamente organizada y enteramente noble; carácter, talento y apariencia estética en rara armonía. En medio del círculo de los colonienses, Daniels siempre se me apareció como una estatua de un dios griego que un caprichoso azar hubiese arrojado entre un montón de hotentotes. Su temprano fallecimiento no es solo una pérdida irreparable para su familia y sus amigos, sino también para la ciencia, a la que prometía las más hermosas realizaciones, y para la gran masa doliente de la humanidad, que poseía en él un fiel paladín.  

Conozco su naturaleza heroica lo bastante para estar convencido de que el dolor imperecedero no le impedirá conservarse como fiel guardiana de las queridas prendas que Roland le ha dejado. En los hijos devolverá usted al mundo al padre doblemente.  

En mi mujer, la noticia de esta nueva pérdida ha despertado el recuerdo de la muerte de nuestro único hijito de manera tan vivamente dolorosa que su estado de ánimo no le permite escribirle en este momento. Llora y se lamenta como una niña.  

Tanto menos me atrevo a ofrecerle consuelo cuanto que yo mismo estoy y permaneceré desconsolado por la pérdida de un amigo al que he amado personalmente más que a ningún otro. Tales dolores no se pueden quitar, sino solo compartir. Tan pronto como haya dominado las primeras y salvajes impresiones, escribiré una necrología en la New York Tribune para los numerosos amigos del finado en América. Esperemos que las circunstancias permitan algún día tomar de los culpables que han abreviado su carrera una venganza más seria que la de una necrología.  

Por mi parte no necesito asegurarle que siempre podrá disponer de mí como de un amigo fiel y afectuoso.  

Con la más íntima simpatía,  
suyo  

K. Marx