en Manchester
Londres, 26 de octubre de 1854

I 26 de octubre de 1854.
28, Deanstreet, Soho.
¡Querido Frederic!

Estudiando la mierda española, he venido a dar, además, con las andanzas del digno Chateaubriand, ese bello escribiente que une de la manera más repugnante el escepticismo y volterianismo aristocráticos del siglo XVIII con el sentimentalismo y romanticismo aristocráticos del XIX. Esta combinación, naturalmente, había de hacer época estilísticamente en Francia, aunque incluso en el estilo, y a pesar de los artificios artísticos, lo falso salta a menudo a la vista. En cuanto al sujeto político, él mismo se ha puesto totalmente en evidencia en su «Congres de Verona», y solo cabe preguntarse si recibió «dinero contante y sonante» de Alejandro Paulovich, o si fue simplemente comprado mediante halagos, a los que el vanidoso fatuo es tan accesible como ningún otro. La Orden de San Andrés la ha recibido, en todo caso, de Petersburgo. La vanitas del señor «Vizconde» (?) se le sale por todos los poros, a pesar de su coqueteo, a ratos mefistofélico, a ratos cristiano, con la vanitatum vanitas. Sabes que en la época del Congreso, Villéle era Primer Ministro de Luis XVIII y Chateaubriand, enviado francés en Verona. En su «Congres de Verona» —que tal vez hayas leído anteriormente— reproduce los documentos, las deliberaciones, etc. Empieza con una breve historia de la revolución española de 1820-23. En cuanto a esta «historia», basta con citar que sitúa Madrid en el Tajo (sólo para mencionar el dicho español de que ese río cria oro) y que cuenta que Riego, al frente de 10 000 hombres (en realidad solo 5 000), salió al encuentro del general Freire, que marchaba al frente de 13 000; que Riego fue derrotado y luego se retiró con 5 000 hombres. En lugar de dirigirlo hacia la Sierra de Ronda, lo hace marchar hacia Sierra Morena, para poder compararlo con el héroe de la Mancha. Menciono esto de pasada para señalar el estilo. Casi ningún dato es correcto.

Pero lo más divertido son las hazañas del señor Chateaubriand en el Congreso de Verona, tras cuya conclusión se convierte en Ministro de Asuntos Exteriores y dirige la guerra de invasión en España.

Cuenta, de entrada: «Je ne me défends point d'être le principal auteur de la guerre d'Espagne.» «Mr. de Villéle ne voulait point les hostilités.» Al contrario. Villéle les envía a él y a Montmorency, que al principio también estaba en Verona como Ministro francés de Asuntos Exteriores, instrucciones en las que literalmente se dice: «Nous ne nous sommes pas décidés à déclarer la guerre à l'Espagne ... Les plénipotentiaires de S.M. doivent surtout éviter de se présenter au congrés comme rapporteurs des affaires d'Espagne. Les autres puissances peuvent les connaitre aussi bien que nous ... ce röle pouvait convenir à l'Autriche au congrès de Laybach, parce qu'elle avait la volonté d'envahir Naples.» Los tipos hacen exactamente lo contrario de lo que dicen las instrucciones. Se «présentent» como los «rapporteurs des affaires d'Espagne». Villéle escribe: «ils tendront a faire considérer la question d'Espagne dans ses rapports généraux avec l'Europe»; ellos la presentan de antemano como un caso específicamente francés. Villéle escribe: «l'opinion de nos plénipotentiaires sur la question de savoir ce qu'il convient au congrés de faire relativement à l'Espagne, sera que la France étant la seule puissance qui doive agir par ses troupes, elle sera seule juge de cette nécessité.» En lugar de eso, ellos dicen: «C'est sur la forme de ce concours moral (de las demás potencias) et sur les mesures propres à lui assurer le secours matériel qui peut étre réclamé par la suite, que la France croit, en définitive, nécessaire de fixer l'attention de ses augustes alliés.»

Así, pues, desde un principio, el señor Chateaubriand actúa directamente en contra de las instrucciones que recibe de París. En segundo lugar, trata de engañar a Villéle sobre el estado de las cosas en Verona. Así, por ejemplo, escribe a Villéle: «le vœu très prononcé des Puissances est pour la guerre d'Espagne»; trata también de engañarlo sobre las posibilidades de la guerra: «les derniéres dépêches de M. de Lagarde prouvent combien le succés serait facile.» Por otro lado, nos cuenta el buen hombre:

«Non seulement le Congrès n'a pas poussé la France à la guerre, mais la Prusse et surtout l'Autriche (observa: le prince de Metternich, feignant d'étre russe en détestant la Russie) — y étaient trés opposées; la Russie seule l'approuvait et promettait son appui moral et son appui matériel.» «Nous disons au président du conseil que le vœu très prononcé des puissances est pour la guerre; qu'il ne s'agit pas de l'occupation de la Péninsule, qu'il n'est question que d'un mouvement rapide; nous montrons un succés facile; et pourtant nous savions que le congrés de Vérone ne voulait point la guerre; nous craignions que notre mouvement se prolongeât bien au-delà de l'Ebre; nous pensions qu'il nous faudrait occuper long-temps l'Espagne, pour faire une bonne besogne, mais nous ne révélions pas tout, afin d'arriver à notre but, et nous nous disions secrètement: <Une fois la Bidassoa passée, il faudra bien que le président du conseil etc aille de l'avant.>»

Así engaña a Villéle en nombre del Congreso, como antes había engañado al Congreso en nombre de Villéle. Y, no contento con ello, escribe a Canning, mintiendo a favor de ambos y contra ambos.

Como ministro, actúa del mismo modo. Alejandro escribe la siguiente carta a Pozzo di Borgo, enviado en París, para que la presente a Luis XVIII: «l'empereur se flatte encore que la modération prévaudrait dans les conseils du gouvernement anglais. Si no, etc., il regarderait l'attaque dirigée contre la France comme une attaque générale contre tous les alliés et accepterait, sans hésiter, les conséquences de ce principe

L'Empereur exhorte le roi à consommer ses propres (!) déterminations

et à marcher avec confiance contre les hommes des troubles et des malheurs. Agissant dans cet esprit, l'empereur rappelle la question agitée au congrès relative à la réunion d'une armée russe sur les frontières occidentales de l'Empire comme moyen de sûreté européenne.» (En el Congreso, Austria no quiso saber nada de eso. Por eso se dejó de lado por el momento.)

Chateaubriand pretende: su objetivo era procurar gloria (gloire) a la Restauración y preparar así la ruptura de los Tratados de Viena. El apoyo en Rusia era necesario frente a Inglaterra. Pero cuán poco esperaba 1) de la ayuda rusa y cuánto temía 2) de la guerra, se desprende de las siguientes frases:

«En supposant un revers en Espagne, nous avions une revolution en France, et tous les cosaques de la terre ne nous auraient pas sauvés.» Escribe en una carta a su enviado en Petersburgo, La Ferronnais: «nous avons mis la monarchie française sur une carte pour faire la guerre.» (Fechado el 21 de abril de 1823.) Confiesa además que, si Canning hubiera desembarcado un par de regimientos en Lisboa, se habrían ido al carajo. Para preparar este resultado, se cuidó, además, de que, a raíz de una disputa entre el Ministro de la Guerra, el duque de Bellune y el general Guilleminot, el ejército francés se encontrara de pronto, tras la invasión de España, sin víveres y sin medios de transporte. Luego, la hermosa patraña de que una victoria de los franceses en nombre de la Santa Alianza y con su appui moral contribuiría a liberar a Francia de los Tratados de Viena. El «vizconde» no es tan «bête» como se hace aquí. Sabe muy bien de qué se trata: «la Russie n'a point d'ambassadeur a Constantinople». Por aquel entonces andaba con tapujos con los griegos, y una guerra entre Francia e Inglaterra, y más aún una ocupación de Francia en España y una derrota en ella, le habría dejado las manos libres: «Nous devions surtout prévoir que l'Angleterre pouvait intervenir et se poser en face de nous auprès de l'Espagne.» Escribe a París: «si c'est la guerre, c'est la guerre avec l'Angleterre.» «Guerre qui pouvait devenir européenne, si elle venait à se compliquer d'une guerre en Orient et de l'attaque des colonies espagnoles par les Anglais.»

Tampoco se engaña en absoluto sobre las intenciones de Alejandro:

«Il est certain que notre triomphe inespéré (!) lui donna quelque jalousie, car il s'était secrètement flatté que nous serions forcés de recourir a lui.» El «triunfo» era, pues, contra lo acordado. Además, Chateaubriand creía, al igual que la mayoría de los franceses, que el ejército francés era muy «poco fiable» para los Borbones.

La «amistad» entre Alejandro y Luis XVIII era, además, como el propio Chateaubriand cuenta, tanto más estrecha cuanto que «Louis XVIII» había «refuse sous prétexte de religion | et par quelque motif offensant, le mariage du duc de Berry avec la sœur d'Alexandre» y cuanto que Luis XVIII, por su parte, sabía que (después del regreso de Bonaparte de Elba) en el Congreso de Viena el señor Alejandro «tout-a-coup demanda aux alliés, s'il ne serait pas bon de donner le duc d'Orléans pour roi à la France quand on aurait une derniére fois vaincu Napoléon»!

El «vizconde» con su «grande âme de poète» hace las siguientes confesiones:

«Nous osons dire qu'Alexandre est devenu notre ami.»

«Alexandre est le seul prince pour qui nous ayons jamais éprouvé un sincère attachement.»

«Louis XVIII nous detestait.»

Resulta de lo más divertido cómo este fraseador del «Dieu de St. Louis», que debe conservar el trono español a un «petit fils de Henri IV», escribe con gran desenfado al general Guilleminot que no tengan «ningún reparo» en el bombardeo de Cádiz, por miedo a que una bala pueda alcanzar a Fernando VII, etc.

Así pues, a este ami intime de los grandes Carrel, Lamennais, Béranger, etc., le queda en todo caso el honor de haber organizado en España, durante 10 años —junto con el amigo Alejandro— la mayor mierda que jamás se haya amontonado allí, a riesgo de hacer saltar por los aires a sus Borbones.

Otro rasgo de este peregrino del Santo Sepulcro: Él mismo cuenta, en el Congreso de Verona, cómo impuso a Luis XVIII y a Villéle a Polignac, que a ambos les resultaba odioso, como enviado a Londres. Más tarde, bajo Carlos X, cuando él mismo era enviado en Roma, presenta repentina y ruidosamente su dimisión en cuanto Polignac se convierte en ministro, porque entonces declara perdida la «libertad».

Cuando vuelvas a leer el libro, tu desprecio hacia los «crapauds» y sus «grands hommes» difícilmente disminuirá.

Adiós.
Tuyo
KMI