en Manchester  
Londres, 17 de octubre de 1854  

17 de octubre de 1854  
28, Deanstreet, Soho, Londres  
Querido Engels:  

Hoy has hecho una formidable enumeración de las fuerzas rusas. Pero queda esta pregunta por responder: si alguna vez fueron capaces, con los mayores esfuerzos, de enviar más de 200 000 hombres fuera de su país. No conozco ningún caso.  

Si uno se sitúa en el punto de vista de la vieja política —¿y qué otra cosa representan Inglaterra y Francia, sino que el ministerio inglés no habla en serio y que Napoleón III es una caricatura—, habría que distinguir entre los intereses de Inglaterra y los de Francia. Con la aniquilación de la flota rusa en el mar Negro y en el Báltico, con la expulsión de los rusos de Crimea, del Cáucaso y de las provincias robadas a persas y turcos, Inglaterra habría asegurado de nuevo para cincuenta años su supremacía marítima y su dominio exclusivo en la parte más civilizada de Asia. Sería entonces del todo conforme a su vieja costumbre dejar que los continentales se desgastaran en guerras de siete años y otras —cuyo principal teatro fuese Alemania y, acaso, Italia— y, al final de la lucha, no ver a Rusia, ni a Austria, ni a Francia como potencia suprema en el continente. Para Francia, a la inversa, la verdadera lucha no empezaría sino una vez aniquilados el poder naval ruso y su influencia en el sur de Asia. Se vería tanto más obligada a quebrantar el poder terrestre ruso para poder arrojar en la balanza, frente a los ingleses, un peso proporcionado mediante la extensión de su poder continental. ¿Quién garantiza que, en cuanto los ingleses hayan aniquilado a los rusos en el Báltico y en el mar Negro y los hayan vuelto inofensivos para sí, no estallarán revoluciones en el continente e Inglaterra tomará eso como pretexto para volver a aliarse oficialmente con los rusos contra el continente?  

Pero el quid principal es que los ingleses que ahora gobiernan —ni los Chatham, ni los Pitt el joven, *and not even Wellingtons*— no hablan en serio con la aniquilación ni siquiera del poder naval ruso y de la influencia rusa en Turquía, Persia y el Cáucaso. Puede ser que, si se ven obligados a ello por sus medidas a medias, piensen en llegar a tanto; pero la tibieza y la chapucería los empujan probablemente a un infortunio que aquí provocará movimientos interiores.  

Por las citas siguientes, reimpresas de los *Archives des Affaires Étrangères* de París, referentes a la guerra de los Siete Años, puede verse cómo los ministros ingleses hacen fullerías con los enemigos incluso durante la campaña y respecto a la campaña misma. El 24 de junio de 1762, el mariscal francés de la Pompadour, Soubise, fue sorprendido en el campamento de Wilhelmsthal por los aliados ingleses, prusianos, hannoverianos, etc., y se dejó perseguir de vuelta sobre el Fulda. Lord Bute, ministro principal de Jorge III, quería la paz por razones parlamentarias y dinásticas, pero no podía proponerla mientras los franceses se llevaran palizas constantemente en Hesse y se retiraran en vez de avanzar, dado el talante guerrero y favorable a Federico II de la nación. Choiseul, como sabes, era entonces ministro de Asuntos Exteriores en Francia. Pues bien, encontramos literalmente en las publicaciones auténticas del archivo francés:  

«Après l’affaire du 24 Juin les ministres anglais écrivirent à M. de Choiseul: *Vous vous laissez battre et nous ne pouvons plus faire la paix, nous n’oserions pas la proposer au parlement.* M. de Choiseul, désolé de voir rompue la négociation, engage le roi à écrire à M. de Soubise: “Mon cousin, je vous écris la présente, qu’aussitôt que vous l’aurez reçue vous passiez la rivière de Fulde et que vous attaquiez les ennemis, sans compter sur les dispositions qui vous conviendront et quelque soit le succès, vous n’en serez pas responsable. Sur ce je prie Dieu etc.” M. de Choiseul écrivit: “La lettre du roi, M. le maréchal, est trop formelle pour que j’aye rien à y ajouter. Mais je puis vous dire que quand l’armée du roi serait détruite jusqu’au dernier homme et qu’il fût obligé d’en lever une nouvelle, Sa Majesté n’en serait point effrayée.”»  

Aquí el ministerio inglés pide pues directamente que el ejército aliado con ellos, subsidiado por ellos y compuesto en parte por ingleses, reciba una paliza de los franceses. En sentido inverso, se habían entrometido antes en las operaciones de guerra francesas, porque Jorge quería que se respetase su Hannover. En esos mismos extractos se dice:  

«En 1762 M. d’Estrées et de Soubise ont commandé l’armée du haut Rhin de 150 000 hommes, établie en Hesse, à Göttingen, Mulhausen et Eisenach; M. de Condé a commandé celle du bas Rhin de 30 000 hommes. La cour ne leur demandait que de conserver Cassel et Göttingen jusqu’à la fin de novembre, d’évacuer ces deux places à cette époque pour se retirer sur l’Ohm en mettant Ziegenhayn en avant de leur première ligne. Ce plan de guerre avec puissance égale, avec 180 000 contre 80 000 serait extraordinaire, s’il n’avait pas été fondé sur la promesse, que le ministère anglais nous faisait de conclure la paix avant le mois de juillet, si nous ne ferions point d’incursions dans le Hanovre.»  

Esta última injerencia desde Londres podría considerarse a lo sumo como algo habitual en cuanto las potencias beligerantes están a punto de entablar negociaciones de paz; en cambio, el primer caso le habría costado a Lord Bute la cabeza y, con el talante de entonces (piensa solo en Wilkes y en las cartas de Junius), a Jorge el trono, pero *comme d’habitude* el asunto no se conoció hasta casi un siglo después. Otro ejemplo de este género lo tenemos poco antes de estallar la guerra antijacobina, cuando el “liberal” Fox envió un emisario secreto a Catalina II para que no se dejara perturbar por las amenazas de Pitt, para que se engullera Polonia sin reparo; se derribaría a Pitt si quería hacer la guerra contra Rusia. Fox estaba entonces por cierto en la “oposición”, no en el ministerio, y aduzco el caso solo como prueba de que los de “fuera” son tan grandes hombre de bien como los de “dentro”.  

Creo, por tanto, que al enjuiciar la conducción de la guerra por parte de los aliados —como tú lo indicas de vez en cuando en tus artículos— hay que tener siempre presente la comunicación entre Downing Street (sobre todo mientras esté Palmerston allí) y Petersburgo. *I am sure* de que, en cuanto los ejércitos se encuentren alguna vez en posiciones críticas, los generales se cagarán en el gabinete y harán cuanto esté en su mano, ya que los señores generales rara vez o nunca están al corriente y arriesgan también sus cabezas, como lo prueba el ejemplo del almirante Byng, que recibió de la almirantazgo de entonces instrucciones tan miserables como, p. ej., Dundas ahora.  

Intentaré hacerme con el novísimo producto de Bauer y enviártelo.  

No sé si Napier y otros historiógrafos de la guerra hispano-francesa ponen en su verdadera luz el hecho, del que existen pruebas completas en los autores españoles, a saber: que, descontada la breve época en que el mismo Napoleón mandó en España, hasta el final de la guerra reinó en el ejército francés una conspiración republicana, completamente organizada, para derribar a Napoleón y restaurar la república. A propósito. De fuentes auténticas se desprende que el gran “Mina y Espoz” fue un perfecto canalla, estaba a las órdenes de Joh. Becker, *no military talent at all*, pero astuto, buen conocedor de los hombres y, *avant tout*, ladrón. Del examen atento de la historia revolucionaria española resulta que esos tipos necesitaron aproximadamente cuarenta años para derribar la base material del clero y de la aristocracia, pero que en ese tiempo también lograron subvertir completamente el viejo estado de la sociedad. Por lo demás, los gobiernos provisionales de allí, etc., muestran más o menos la misma inteligencia que en Francia, etc.  

Con lo que arde la sangre de toda esa raza y su indiferencia ante el derramamiento de sangre, es característico que —hasta la época de la guerra civil de 1834-1840— precisamente el partido revolucionario reclame para sí el monopolio de una mansedumbre filantrópica, por la que luego es castigado una y otra vez.  

Probablemente mañana conseguirá Pieper un puesto de residentmaster a 30 millas de Londres. Al haber perdido su correspondencia para la *Union*, tiene que aceptar ese empleo. En el «estado» de mi mujer, poco podrá servir de secretaria. —Esto es asqueroso. —Del «amable» amigo he recibido una nueva carta pedigüeña; de Lassalle aún no tengo respuesta. —No bien vuelva a marcharse tu viejo —o se decida que no viene—, me acercaré un tiempo a Manchester, si las circunstancias lo consienten. —De Lassalle aún nada —desde hace 9 semanas. De Cluss, nada. —Schnauffer ha muerto.  

Tuyo,  
K. M.