in Manchester  
London, 27. Juli 1854  

27 de julio de 1854.  
28, Deanstreet, Soho.  
Querido Engels,  

Para el martes, je vous attends. Las fanfarronadas de Mr. Herbert fueron grandes.  
Este Herbert es el cuñado de Woronzoff y a la vez secretario de guerra inglés.  
La jactancia de los ingleses, como si Nasmyth y Butler hubieran defendido Silistria «ellos solos», es grotesca. ¿Has leído la sesión del lunes por la noche, en la que Disraeli pinchó tan bellamente la burbuja de «Sebastopol» del pequeño John y del «Times» con un alfilerazo?  

Pieper, que ha vivido durante 2 semanas con una puta, a la que declaraba un bijou, y que parece un lechón pasado por leche y medio muerto de hambre, está — ay — otra vez sobre mí, después de haber despilfarrado unas 20 libras esterlinas en 14 días, y ahora está igual de vacío en ambas bolsas. Con este calor es molesto tener a un tipo encima du matin jusqu’au soir et du soir jusqu’au matin. Además, perturba el trabajo.  

Del padre Tucker recibí el sábado las siguientes líneas:  

«Dear Sir! – There is a pretty brisk demand for the Fly Sheets just now. Could you send me some articles from the Tribune that could suit the taste of the public. The third on Palmerston would move the other two. Faithfully Yours E.Tucker.»  

Además, he oído de Freiligrath que el canalla de Trübner anuncia estos fly-sheets en su editorial. Observarás que pide «articles from the Tribune» para, otra vez, esquivar la cuestión del dinero. Ahora bien: 1) en todo Londres no se puede encontrar una copia de la Tribune para él, ya que solo la reciben los suscriptores y ni siquiera en Nueva York se puede pedir un ejemplar con posterioridad. 2) ningún artículo — sin importantes añadidos — viene al caso ahora. Tengo que poner las cosas en claro con ese tipo y la relación «cordial» ha de terminar. Si él acepta y tú, por tu parte, estás de acuerdo, haría las siguientes propuestas:  

1) De la Tribune quiero darle para su reimpresión la crítica de la Secret Correspondence. Para ello Dronke solo tendría que enviarme el 2.° artículo al respecto, que  

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el correo ha interceptado aquí, enviármelo. Esto gratis; 2) y 3) contra pago en efectivo, a saber, en el momento de la entrega del manuscrito:  

2) un panfleto general sobre Palmerston, en el que empiezo con mi introducción en la Tribune, pero luego escribo de nuevo la parte central y el final.  

3) Un panfleto que tendría que hacer contigo, a saber, sobre la diplomacy y la military action de los ingleses desde la declaración de guerra. Para ambos tenemos como material los artículos aparecidos en la Trib. Si estás de acuerdo con el punto 3), la cuestión sería:  

¿Cuánto se pide?  

Parece, sin embargo, que mis cosas tiran más que las de Urquhart, quien se pone «contento» cuando Tucker recoge su mierda del Advertiser en los Fly-Sheets.  

Si estás de acuerdo con todo el asunto — (los números 2 y 3 tendrían que escribirse, naturalmente, de un modo tan picante, to produce a real sensation in London; además, ahora uno está con Tucker en una situación tal que puede escribir lo que quiera, sin tener que guardar temerosas consideraciones hacia los English prejudices) —, entonces escríbeme una carta en la que yo pueda hacerle estas propuestas al señor Tucker. Hasta ahora no le he respondido ni de palabra ni por escrito, adrede, porque soy demasiado torpe en los negocios. Pero no hay tiempo que perder.  

Un libro que me ha interesado mucho es la *Histoire de la formation et du progrès du Tiers État* de Thierry. 1853. Es curioso cómo este señor, le père de la «lucha de clases» en la historiografía francesa, se enfurece en el prólogo contra los «nuevos», que ahora ven también un antagonismo entre burguesía y proletariado y pretenden descubrir huellas de ese antagonismo ya en la historia del tiers état hasta 1789. Se toma muchas molestias para demostrar que el tiers état abarca todos los estamentos que no son noblesse ni clergé, y que la bourgeoisie desempeña su papel como representante de todos esos otros elementos. Cita, por ejemplo, de los informes de los embajadores venecianos: «Questi che si chiamano li stati del regno sono di tre ordini di persone, cioè del clero, della nobiltà, e del restante di quelle persone che, per voce commune, si può chiamare populo.» Si el señor Thierry hubiera leído nuestros trabajos, sabría que la decidida oposición de la bourgeoisie contra el peuple solo comienza, naturalmente, en cuanto ella deja de enfrentarse, como tiers état, al clergé y a la noblesse. Pero en lo que respecta a las «racines dans l’histoire» de «un antagonisme né d’hier», su libro proporciona la mejor prueba de que esas «racines» surgieron tan pronto como surgió el tiers état. Del «Senatus populusque Romanus» tendría que deducir este crítico, por lo demás ingenioso a su manera, que en Roma nunca hubo otra oposición que la existente entre Senatus y populus. Lo que me ha interesado ver de los documentos que cita  

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es que la palabra «catalla, capitalia», capital, surge con el surgimiento de las comunas. Por lo demás, ha demostrado contra su voluntad que la bourgeoisie francesa no fue retrasada en su victoria por nada más que por el hecho de que solo en 1789 se decidió a hacer common cause con los campesinos. Bien expuesto, aunque no resumido: 1) cómo desde el principio, al menos desde el surgimiento de las ciudades, la bourgeoisie francesa gana demasiada influencia al constituirse como parlamento, burocracia, etc., y no como en Inglaterra por el mero commerce y la industrie. Esto es ciertamente característico incluso para la Francia actual. 2) De su exposición se puede demostrar muy bien cómo la clase surge, al ir desapareciendo las diversas formas en las que, en distintas épocas, tiene su centro de gravedad, y las diversas fracciones que a través de esas formas ganan influencia. Esta serie de metamorfosis, hasta que se llega a la dominación de la clase, a mi juicio no ha sido expuesta en ninguna parte — al menos en cuanto al material — de este modo. Lamentablemente, en lo que respecta a las maitrises, jurandes, etc., en suma, las formas en las que se desarrolla la bourgeoisie industrial, se ha limitado casi exclusivamente a frases generales y de todos conocidas, aunque es el único que conoce también aquí el material.  

Lo que desarrolla y subraya bien es el carácter conspiratorio y revolucionario del movimiento municipal en el siglo XII. Los emperadores alemanes, p. ej., Federico I y II, promulgaron edictos contra estas «communiones», «conspirationes», «conjurationes», enteramente en el espíritu de la Dieta de la Confederación Germánica. Por ejemplo, Federico II se permite en 1226 declarar nulos y sin valor todos los «consulats» y otras constituciones municipales libres en las ciudades de Provenza: «Pervenit nuper ad notitiam nostram quod quarumdan civitatum, villarum et aliorum locorum universitates in comitalibus ipsis détentes ex proprio motu et voluntare constituerunt juridictiones, potestates, (Potestad) || consulatus, regimina et alia quaedam statuta … et cum jam apud quasdam … in abusum et pravam consuetudinem inoleverunt … nos ex imperiali auctoritate tam juridictiones etc atque concessiones super his, per comités Provinciae et Forcalquerii ab eis obtentas, ex certa sciencia revocamus, et inania esse censemus.»  

Asimismo: «Conventiculas quoque omnes et conjurationes in civitatibus et extra … inter civitatem et civitatem et inter personam et personam, seu inter civitatem et personam, omnibus modis fieri prohibemus.» (Constitutio pacis Fred[erici] I.)  

«Quod nulla civitas, nullum oppidum, communiones, constitutiones, colligationes, confederationes vel conjurationes aliquas, quocumque nomine censeantur, facere possent; et quod nos, sine domini sui assensu, civitatibus seu oppidis in regno nostro constitutis auctoritatem faciendi communiones, constitutiones, colligationes vel, conjurationes aliquas, quaecumque nomina imponantur eisdem, non poteramus nec debebamus impertiri.» (Henrici regis sententia contra communiones civitatum.)  

¿No es este exactamente el mismo rígido estilo profesoral alemán que más tarde desencadenó la «Comisión Central Federal»? La «commune jurée» no avanzó en Alemania más allá de Tréveris, y allí le puso fin el emperador Federico I en 1161: «communio quoque civium trevirensium, quae et conjuratio dicitur, quam nos in civitate destruximus, quae et postea, sicut audivimus, reiterata est, cassetur et in irritum revocetur.»  

Esta política de los emperadores alemanes fue aprovechada por los rois franceses para apoyar en secreto las «conjurationes» y «communiones» en Lorena, Alsacia, Delfinado, Franco Condado, Lyonnais, etc., y hacerlas desafectas al Imperio alemán: «Sicut ad culminis nostri pervenit notitiam, rex Franciae … sinceritatem fidei vestrae molitur corrumpere.» (Rodolphus I., epistula ad cives de Besançon.) Exactamente igual que esos tipos, con la misma política, hicieron que las ciudades italianas se hicieran güelfas.  

A menudo resulta cómico cómo la palabra «communio» es insultada del mismo modo que el comunismo hoy en día. Así escribe, p. ej., el cleriguillo Guilbert de Noyon: «Communio, novum ac pessimum nomen.»  

Los filisteos del siglo XII tienen a menudo algo patético en la manera en que invitan a los campesinos a huir a las ciudades, a la communio jurata. Así, p. ej., en la Carta de San Quintín:  

«Eux (los ciudadanos de San Quintín) jurerent ensement chescun quemune ayde à son jure et quemun conseil et quemune détenanche et quemune deffense. Ensement nous avons establi que quiconque en notre quemune entrera et ayde du sien nous donra, soit pour cause de fuite ou de paour des anemis ou de autre forfait … en le quemune entrer porra, car la porte est ouverte a tous; et se son seigneur à tort ses choses aura détenu, et ne le voudra détenir à droit, nous en exécuterons justice.»  

Tuyo,  
K. Marx