Querido Marx:

Para mí es incomprensible la llegada tardía del artículo de la Tribune. La carta fue despachada al correo alrededor de las siete y media, junto con las cartas de negocio y bajo recomendación especial al mensajero; las cartas de negocio enviadas al mismo tiempo llegaron puntualmente. Si hubiera salido con el segundo correo, tendría que haber estado en tus manos a más tardar a las dos. No puedo ver en esto sino una prueba de la solicitud del señor Palmerston por ti. Como entretanto la historia de la batalla no se ha realizado, espero que no hayas enviado el artículo.

Sobre los militaria de Urquhart, próximamente. Naturalmente, este asunto sólo puedo despacharlo en notas que te escribiré directamente en inglés; luego tú mismo tendrás que entretejerlas en tu artículo.

La historia del Dr. Wiß es muy edificante y en manos de Cluß llegará sin duda a las personas adecuadas. En cuanto al pobre diablo de Miskowski, el magnánimo acabará diciendo que, en fin de cuentas, “desapareció sin dejar rastro”. Cuando vi la historia en los periódicos londinenses, pensé enseguida que seguramente se trataba de refugiados que habían ardido en el incendio.

A Heise lo pondré a trabajar en lo posible, cosa que le será imposible eludir en cuanto yo me contenga un poco. El tipo está ahora en Bradford, adonde el Pequeño lo ha llamado aprovechando la ausencia de su principal, y de donde regresará, en todo caso, completamente borracho, de modo que tendrá que guardar || unos días de cuarentena antes de ser capaz de algo. El articulillo del Pequeño me ha divertido mucho por la exactitud con que aporta y reporta todos los chistes consabidos de la Neue Rheinische Zeitung sobre Schleswig-Holstein, Bélgica, etc.

“Campaña del ejército y la marina de Schleswig-Holstein en 1850”, de A. Lütgen, ex-mayor, es el primer libro razonable y de conjunto sobre el episodio de Willisen. Confirma plenamente lo que yo ya había abstraído de los estudios previos sobre esta historia. El plan original de Monsieur Willisen era muy bueno, sólo que un poco demasiado extenso; tan bueno que incluso el intento mutilado y tardío de volver a él llevó a los daneses —que eran 36.000 hombres contra 26.000 y ya habían empeñado casi todas sus tropas—, mientras los schleswig-holsteinianos aún tenían seguramente una tercera parte de tropas no empeñadas, al pensamiento mismo de la retirada. Pero cuando Monsieur Willisen se encontró realmente frente al enemigo, perdió la cabeza bajo los informes contradictorios y las propuestas aún más confusas que se le hicieron. Todavía en la noche anterior a la batalla destacó sus propias reservas hacia la izquierda, a un punto donde quedaban completamente fuera de alcance, contra un enemigo imaginario, y al mismo tiempo suspendió la orden de ofensiva ya dada, sobre la cual estaban calculadas todas las disposiciones. Así pues, concentración de las reservas a la izquierda, donde no había enemigo; desnudamiento del centro, sobre el cual se producía el ataque principal; confusión del ala derecha, que debía dar el contragolpe principal. Sólo esto basta para explicar el resultado, y a pesar de ello habría vencido si no hubiera dado todo por perdido tan precipitadamente, ya a las ocho de la mañana. || Incluso a las once podía aún ganar, pero su pánico ante la noticia de que dos batallones daneses estaban a retaguardia de su flanco izquierdo (dos escuadrones y cuatro cañones bastaban para batirlos) trajo a la memoria del “estratega que envolvía con toda su fuerza” la máxima: “quien envuelve, queda a su vez envuelto”, y entonces se decidió a huir con todas sus fuerzas. Frente al teórico se alzaba un viejo general de polaina, embrutecido y canoso en el mando, aunque casi siempre en mando de tiempos de paz, que respondía no ante un patronato filisteo y moderado sin poder, sino ante un verdadero rey y un ministerio, y ya por eso resistió con más tenacidad. De ese modo ganó la batalla; el éxito con que débiles destacamentos schleswig-holsteinianos batieron a fuerzas danesas doble y triplemente superiores (según el propio parte oficial danés) basta para probar que los 26.000 schleswig-holsteinianos estaban perfectamente a la altura de los 36.000 daneses. Los tipos combatieron de modo muy distinguido, a pesar de los muchos reclutas que había entre ellos y a pesar de la confusión que Willisen provocó en todo el ejército todavía catorce días antes del estallido de la campaña con sus nuevas disposiciones, y sobre todo a pesar de los cuadros deficientes. Este ejército habría derrotado con placer al doble de prusianos.

El bombardeo de Odesa tuvieron que emprenderlo los aliados a causa de la afrenta a la bandera de parlamento. Mucho daño no parece haber hecho, y como no han desembarcado ni ocupado la ciudad, resulta más una derrota que una victoria. Lo más hermoso es el embuste de que “se han hecho a la vela en dirección a Sebastopol”. Por lo demás, con cada acto ruso y la consiguiente represalia, al menos aparente e intentada, que se ha hecho necesaria, || la guerra se va escapando cada vez más de las manos de Aberdeen y Palmerston y acabará por tomar, progresivamente, un curso algo más guerrero. De todas formas, Bonaparte necesita pronto una gloire un poco más tangible, aunque su fiel Fridolin Saint Arnaud sea precisamente el hombre para llevarlo hasta el cuello en la salsa. Si este noble no tuviera que rehacer una fortuna, una fortuna ya dilapidada varias veces desde 1851, jamás habría ido a Oriente. Pero esta clase de gente es la adecuada para arruinar a las mejores tropas con fraudulentos contratos de suministro y luego para meterlas de cabeza en el fango con estupideces militares. De la campaña de este Bayard del bajo Imperio me prometo resultados muy hermosos.

Tuyo,  
F. E.