en Manchester  
Londres, 6 de mayo de 1854  

28, Deanstreet, Soho.  

Querido Engels:  

Por desgracia, la «despatch» no llegó hasta ayer, después de que el correo ya se hubiera cerrado, y fue imposible enviar la carta a Nueva York, ni siquiera mediante el chelín de costumbre.  

El polaco Miskowski —véase el «Ritter vom Edelmüthigen»— ha tenido un fin muy desafortunado. El pobre diablo se hallaba desde hacía tiempo en las más miserables circunstancias, nunca consiguió reunir el dinero necesario para viajar a Constantinopla —as he was not one of the «minions» of the «Governor»— y así había caído al lumpenproletariado en Whitechapel, al que desde Westend le hacíamos llegar de cuando en cuando un pequeño socorro. Hace un par de días el pauvre diable se ha quemado vivo con otros 6 refugiados en la barraca de madera que habitaba con ellos en Whitechapel. Primero lumpenizarse, luego morir de hambre y, finalmente, arder, es al fin y al cabo todo lo que se puede pedir en este «mejor de los mundos».  

Puesto que el doctor en sabiduría universal Wiß, en la «Republik der Arbeiter», ha lanzado un furibundo ataque contra nuestras «ideas corruptas» y nuestra «frivolidad» carente de principios, me pareció oportuno recabar, a través de Edgar Bauer, a quien veo de vez en cuando —un rendezvous que nunca transcurre sin resaca—, algunos informes sobre este lumen mundi y actual accionista en el establo de felicidad de Weitling, y entonces supe en breve lo siguiente:  

El señor Wiß parece haber llegado a Berlín poco después de vuestra época, un joven vanidoso y con decidida aversión al saber «positivo», razón por la cual nunca llegó a la absolución de su examen de medicina y se arrojó con furia sobre la «filosofía mundial» concentrada en el café Stehely. Primero brunoniano, luego stirneriano, se hizo miembro de la sociedad de los «Libres» de Edgar Bauer, se interesó mucho por la emancipación de la mujer y decidió volverse «frívolo». Para llevar a cabo este propósito, se folló a la patrona en cuya casa se alojaba —una comadrona.  

Esta comadrona le calentó entonces la conciencia al «frívolo»; se lamentaba de su perdida «lesser Wallachia», y Wiß, le bonhomme, remedió primeramente este daño viviendo con ella en «matrimonio libre». La comadrona, por mucho que apreciara la bolsa del dinero del señor Wiß, no sentía menos respeto por la «bolsa natural» de cierto obrero que vivía en la misma casa, un robusto constructor de máquinas. También a este daño puso remedio el gran Wiß, poniendo al obrero a maquinar, pero reservándose el placer de ennoblecer lo que aquél había torneado con el título de «Proudhon Fourrier Wiß», de modo que, cuando en la sociedad de los Libres se hablaba de Proudhon, no se entendía al de París, sino al vástago del constructor de máquinas bautizado por Wiß.  

Como el señor Wiß gastaba mucho dinero, no aprendía nada y, ciertamente, alardeaba, su señor padre le retiró la letra de cambio, y él vivió de la pequeña literatura a lo Meyen y de los anticipos que algunos filántropos berlineses le hacían sobre sus «esperances». Llegó la revolución. Wiß se convirtió en orador popular, en uno de los vicepresidentes del club democrático, al que Edgar Bauer lo empujó. Luego, colaborador de la «Reform», pero su luz tan débil que hasta Rüge la puso bajo el celemín. Wiß, au bout du compte, se arrojó entonces a una «actitud irónica» hacia la revolución, se casó con su comadrona por lo civil y por la iglesia, se reconcilió con su viejo y se marchó a América como un perro de aguas meado junto con la comadrona y el Proudhon Fourrier Wiß, donde florece como médico, filósofo y miembro de la Communia.  

Tuyo,  
K. M.