(Conoces mi dirección.)  
Querido Lassalle:

He recibido debidamente tu carta del 7 de marzo. He de hacerte algunas observaciones, en primer lugar sobre tus consideraciones militares, y en segundo lugar sobre tus consideraciones diplomáticas.

Ad 1. A mi observación respecto a Enos y Rodosto respondes —coincidiendo en esto con los periódicos ministeriales ingleses— que hay que cubrir Constantinopla. Si las dos flotas en el mar Negro y el ejército del Danubio no la cubren, tampoco lo harán 100 000 franceses e ingleses. No niego, naturalmente, que en Rodosto están más a mano que en Malta o Tolón para ser lanzados sobre Sebastopol u Odesa.

La idea de que los austríacos, al penetrar en Serbia, se hallan «a la espalda del ejército turco del Danubio» no me parece del todo correcta. Los austríacos han de cruzar a la altura de Belgrado o no mucho más abajo, o bien por Mehadia, sobre la orilla izquierda, para entrar en Valaquia. En el primer caso se sitúan en la prolongación del flanco izquierdo turco; en el segundo, frente a su frente. Que entonces Calafat y Vidin, salvo una guarnición que allí permanezca, tendrán que ser abandonados, está claro, pero no que ese flanco izquierdo turco esté perdido y sus restos hayan de replegarse a la línea de Shumla. Al contrario, la táctica correcta de los austríacos es marchar acto seguido vía Niš hacia Sofía, y, por tanto, la correcta de los turcos es retirarse igualmente de Vidin hacia Sofía. Como tienen el camino más corto, llegan antes que los austríacos y pueden sostenerse en los Balcanes o replegarse sobre Adrianópolis.

Si los austríacos se dejaran arrastrar a marchar sobre Vidin, los turcos marchan de todos modos hacia Sofía. Esta separación del cuerpo principal de Omer Pachá no constituye entonces una disgregación de fuerzas, puesto que el nuevo enemigo impone una nueva línea de operaciones Adrianópolis-Sofía-Belgrado-Vidin. El flanco izquierdo turco se convierte así en un ejército autónomo.

Pero si, a pesar de todo, se produjera la conducción de la guerra que tú presupones, de nada serviría todo replegarse sobre la línea de Shumla, puesto que ésta quedaría ya desbordada por el abandono de la calzada principal de Belgrado a Constantinopla y, por el contrario, tendría que ser abandonada de inmediato y a toda prisa para reunir todas las reservas en Adrianópolis y avanzar contra el primer enemigo que atraviese los Balcanes.

Ad 2. A propósito de Palmerston. Tu opinión sobre Palmerston es la que predomina en el continente y entre la masa liberal del público inglés. Para mí || no hay conclusión más firme que la de que Palmerston —a quien en passant la princesa Lieven pagó sus deudas en 1827, el príncipe Lieven llevó al Foreign Office en 1830 y contra quien Canning previno en su lecho de muerte— es un agente ruso. He llegado a este resultado mediante un examen sumamente concienzudo y cuidadoso de toda su carrera, y precisamente de los «Libros Azules», de los «debates parlamentarios» y de las declaraciones de sus propios agentes diplomáticos. La labor no fue en modo alguno amena y me robó muchísimo tiempo, pero fue provechosa en la medida en que contiene la clave de la historia diplomática secreta de los últimos treinta años. — (Dicho sea de paso, algunos de mis artículos de la Tribune sobre Palmerston han sido reimpresos en Londres en folletos especiales, con una tirada de 50 000 ejemplares.) — Palmerston no es un genio. Un genio no se presta a semejantes papeles. Pero es uno de los mayores talentos y un táctico consumado. Su arte no consiste en servir a Rusia, sino en saber mantenerse en el papel de «ministro verdaderamente inglés» mientras la sirve. Se diferencia de Aberdeen únicamente en que Aberdeen sirve a Rusia porque no la entiende, y Palmerston la sirve aunque la entiende. El primero es, por ello, el partidario abierto; el segundo, el agente secreto de Rusia; el primero, gratis; el segundo, mediante honorarios recibidos.

Aunque quisiese volverse ahora contra Rusia, no podría, porque está en sus manos y habría de temer ser sacrificado cada día en Petersburgo. Es el hombre que en 1829 acusó a Aberdeen de que su política no era lo bastante rusa; a quien Robert Peel declaró en la Cámara de los Comunes que no sabía a quién representaba; que en 1831 sacrificó a los polacos; que en 1833 impuso a la Puerta el tratado de Unkiar Skelessi; que en 1836 entregó a Rusia el Cáucaso y las desembocaduras del Danubio; que promovió los tratados de 1840 y 41 y una nueva Santa Alianza contra Francia; que condujo la guerra del Afganistán en interés de los rusos; que en 1831, 1836 y 1840 preparó la incorporación de Cracovia para —protestar— contra ella en 1846, etc. Allí donde puso la mano, obró en contra de los intereses comerciales ingleses, so pretexto de protegerlos. Así en la cuestión napolitana del azufre. Tratados comerciales favorables con Francia, que estaban a punto de ser ratificados, los torpedeó. Es el hombre que ha entregado a Italia y a Hungría. Si hubiera obrado sólo contra nacionalidades revolucionarias, ello sería explicable. Pero en cuestiones en las que se trataba de intereses exclusivamente ingleses, siempre los traicionó del modo más refinado en favor de Rusia. Por lo demás, aquí se empieza a comprenderle. Esperando tener pronto noticias tuyas

Tu K. M.