Me sorprende y me duele a un tiempo descubrir que su hijo menor le haya contado asuntos referentes a mí que carecen por completo de fundamento.

Entre el Sr. Samuel H[acking] y yo, desde que lo conozco, no ha ocurrido nada que no hubiera podido hacerse o decirse en presencia suya o de cualquier otro hombre. Pero el Sr. S. H., después de afirmar cosas respecto a mí que él sabe contrarias a los hechos, no tiene sino que atribuirse a sí mismo el que ahora yo me vea obligado a hacer unas cuantas observaciones.

Lejos de haber buscado yo el trato y la compañía del Sr. S. H., fue él quien buscó la mía. Si se requiriesen pruebas, están a su disposición. Tenía yo varias razones para no cortejar su intimidad. En primer lugar, hay una diferencia de edad y, por consiguiente, de gustos, de bastante más del 50% entre nosotros. En segundo lugar, él parecía disponer, cosa que yo no tengo, de abundante tiempo libre. En tercer lugar, me daba la impresión de ser lo que se llama un tanto «ligero de cascos», y nadie puede decir que yo haya sido o haya pretendido ser jamás de esa calaña.

En cuanto al asunto en cuestión, todo lo que sé al respecto, por lo que alcanzo a recordar, es lo siguiente: hace algunos meses, al serme preguntado, le dije al Sr. S. H., que era mi sastre, que estaba satisfecho con él y que podía recomendarlo. Ni siquiera sabía yo que él || hubiese encargado artículos allí hasta el martes pasado, cuando aquel sastre acudió a mí para saber quién era el Sr. S. H. Supe entonces que se había hecho un pedido y, junto con él, se había dado referencia mía. En respuesta a esa referencia, le dije a mi sastre quién era el padre del Sr. S. H. Cómo hubiera podido yo sospechar que en todo esto hubiese algo clandestino, es algo que no alcanzo a concebir.

Reflexionando con serenidad, estimado señor, espero que lamente usted que, en un momento de exaltación, haya dado crédito alguna vez a una afirmación tan insensata. La suposición de que un hombre en mis circunstancias anduviese reclutando clientela para un sastre entre jóvenes que, según dice usted, carecen por completo de medios para pagar las facturas de su sastre, es demasiado ridícula para ser refutada en serio.

De no ser por nuestra prolongada relación comercial y el buen entendimiento que hasta ahora ha existido entre usted y yo, de no ser por la circunstancia de que en una ocasión fui presentado, por su hijo, en su familia, habría respondido a ello con una simple negativa rotunda. Sólo gracias a estas circunstancias he entrado en tanto detalle, pero también es debido a ellas por lo que debo asombrarme de que usted haya creído semejantes absurdos ni por un instante.

Si se requiriesen otras explicaciones, están a su disposición cualquier día en que usted se encuentre en la ciudad.

Su nota apenas me deja otra opción que la de informar al sastre de lo que usted afirma respecto a la capacidad del Sr. S. H. para cumplir sus compromisos, ya que no puedo permitir que mi nombre vuelva a mezclarse en esta transacción.