¡Querido Engels!

Recibidas £2. Me vinieron tanto más a propósito cuanto que Oxford, el director de Freiligrath, aún no ha regresado de su viaje, y el asunto se va demorando.

En lo que concierne a la «Tribüne», tendré listo para el viernes el artículo II sobre Palmerston. El artículo III y último, que abarca el período de 1848 a 1853, requiere tantos libros azules y debates parlamentarios que, quedando fuera de cuestión el domingo por lo que toca al Museo Británico, me es imposible entregarlo hasta el martes. Me sería, pues, de grandísima utilidad, también para ganar tiempo, que tú me suplieras para el martes. ¿Pero con qué? En verdad, no lo sé. Acaso política cotidiana, donde yo solo añada lo más reciente. Acaso, si has seguido el asunto hasta ese punto —no se necesita mucho para los señores Greeley y McElrath—, la influencia de la crisis inminente sobre la supresión del régimen de Bonaparte. Creo que ya es hora de dirigir la atención a Francia, donde la catástrofe estallará sin remedio. La pérdida de la cosecha de cereales y de la de vino. Con el bajo precio del pan, París atrae a los obreros de toda Francia y recluta así el ejército de la revolución, mientras estos recién llegados oprimen los salarios de los parisinos, ya de por sí en descenso. Motines del pan en Alsacia-Lorena, Champaña. Gruñidos de los campesinos por el favoritismo de París, de los obreros por los costosos homenajes al ejército, de la burguesía por la injerencia violenta en las leyes económicas en beneficio de los obreros. Caída de la demanda, sobre todo de artículos de lujo. Comienza el cierre de talleres. En contraste con toda la misère, los gastos fastuosos y las estafas bursátiles de la familia Bonaparte. El vacío de todo el sistema crediticio, convertido en puro colosal instituto de estafa bajo la dirección del emperador lumpenproletario y del judío Fould. Bolsa, Banco, ferrocarriles, bancos hipotecarios y cuantos institutos de estafa son. El régimen de Luis Felipe en sus últimos días, reproducido, pero combinado con todas las porquerías y nada de los rasgos redentores del imperio y de la restauración. | Presión del gobierno sobre el banco. El ejecutor de impuestos cobrando en el campo con más rigor que nunca. Enorme diferencia entre el presupuesto calculado de antemano y el efectivo. Todas las administraciones urbanas —porque se quería socorrer a la prosperidad— horriblemente endeudadas. Luego, la influencia de la cuestión de Oriente sobre los fondos públicos y la peligrosa explotación de las oscilaciones de los valores por la propia corte. Desmoralización del ejército. Habría que destacar especialmente cómo los manifiestos, proclamas, etc., de los hombres de convicción, Ledru, L. Blanc y de todos los colores, no han quitado ni un piojo, mientras que la crisis social o económica pone en movimiento toda la porquería, etc., etc. Naturalmente, no sé si el tema te conviene. En cualquier caso, házme saber si hasta el martes tengo que esperar un artículum, o no, pues debo arreglarme en consecuencia.

Tuyo
K. M.

En el Economist de la semana pasada (el sábado, es decir, propiamente de esta semana) hay toda clase de material en su correspondencia de París. |