en Manchester 
Londres, 8 de octubre de 1853 

I 8 de octubre de 1853. 
28, Deanstreet, Soho, Londres. 
Querido Engels, 

*D'Abord* he de rogarte —a ser posible— que me envíes a vuelta de correo al menos 
una cantidad mínima de dinero. Hace 2 semanas me pagó por fin Spielmann, 
con un descuento de casi 2 libras esterlinas. En el ínterin, naturalmente, 
la carga de deudas había crecido de tal modo, lo más indispensable había emigrado tan por completo 
a la casa de empeños, y la familia andaba tan desharrapada, que desde hace 10 días 
no hay un solo *sou* en casa. De que Spielmann me ha estafado tengo ahora las 
pruebas en la mano, pero *à quoi bon*? La firma neoyorquina, en efecto, a petición mía, 
me ha devuelto la letra de cambio junto con un escrito del que se desprende 
que ya pagó el 28 de julio, mientras que yo no recibí el dinero hasta fines de septiembre. 
Ahora tengo que girar nuevamente 24 libras esterlinas. (Desde la encarcelación de Pieper 
he enviado 6 artículos, entre ellos un fulminante *acte d'accusation* contra Palmerston, 
en el que sigo su carrera de 1808 a 1832. Difícilmente podré entregar la continuación 
para el martes, pues hay que consultar muchos *blue books* y *Hansards*, y el viernes 
y hoy se me han ido al diablo en puras carreras por dinero. El artículo del viernes 
lo escribí de noche; luego, de 7 de la mañana a 11, lo dicté a mi mujer, y después me puse 
en camino hacia la City.) Freiligrath promete —y pondrá todo en obra, con su propio 
endoso, etc.— descontarme la letra en casa Bischoffsheim, pero no puede gestionar 
el asunto antes de 8 a 10 días. Ése es el *casus belli*. He de ver cómo me las apaño 
estos próximos días. No hay crédito para víveres (salvo para bebidas calientes 
y accesorios). Además, probablemente mañana saldrá Pieper del hospital 
—*peut-être*. En cuanto cobré mi dinero, le envié 3 libras, pero el burro se las confió 
a Liebknecht para que se las guardara, y ahora no encontrará ni un *farthing*. 
De las muchas amenidades que aquí vengo sufriendo desde hace años, 
las mayores me han sido deparadas regularmente por los presuntos amigos del partido 
—el lobo rojo, Lupus, Dronke, etc. Hoy me cuenta Freiligrath 
que Franz Joseph Daniels está en Londres y que, con el lobo rojo, ha estado 
en su casa. 

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Marx a Engels · 8 de octubre de 1853 

A mí, declaró, no iría a verme porque yo, por medio de Banya, llevé a su hermano 
a la cárcel, en la que de otro modo no habría recalado. ¡Banya vino a verme 
por primera vez en febrero de 1852, y a Daniels lo encerraron en mayo de 1851! Así que 
efecto muy retroactivo. Toda esta infame habladuría (la recompensa por mis 
esfuerzos y pérdidas de tiempo y demás resultados placenteros 
ocasionados por el proceso) es agarrada con avidez, naturalmente, para encubrir 
la propia mezquindad frente a mí, y la cobarde retirada. 
Pero la porquería ha sido provocada puramente por los gruñidos aquí y allá 
propalados de los señores Dronke y W. Wolff, que se reservaron para sí la porción 
cómoda del asunto —el *Cancan*—, pero que, por lo demás, estaban muy dispuestos 
a dejarme a mí el trabajo. 

Si yo viviera cómodamente, al menos sin preocupaciones, naturalmente me importaría un pito 
estas bajezas. Pero tener que tragarme la basura burguesa durante años, sazonada ahora 
además con esta y otras basuras semejantes, *c'est un peu fort*. Me propongo, 
en la primera ocasión, declarar públicamente que no tengo nada que ver con partido alguno. 
Bajo el pretexto del partido, no estoy dispuesto por más tiempo a dejarme insultar 
por cada burro del partido. 

Ya ves cuán necesario es llevar mi folleto a Alemania. 
Ya que tú no puedes, envíame la dirección de Strohn, con quien quiero ponerme 
de acuerdo sobre el asunto. 

También deseo vivamente oír, por fin, la declaración del señor Dronke respecto 
al libro. En cuanto al señor Lupus, parece querer compensar su servilismo 
frente a los burgueses que lo protegen, con su infame insolencia 
contra mí. Puedo asegurarle que este asunto no queda ni mucho menos zanjado 
con que él haya alardeado ante Imandt, bajo el pretexto de despedirse, 
de haberme echado encima su veneno filisteo. 

Adjunto carta de Cluß. En su artículo contra la “Neu England Zeitung” 
ha reunido, de manera que considero acertada, toda clase de pasajes de mis cartas 
sobre Carey, etc. 

Tuyo 
K. M.| 

I Blind percibe de golpe que la cuestión de los cuchillos y los tenedores es tan importante 
como la cuestión turca concebida a la manera sudalemana. Sabes que el señor 
se había vuelto muy distinguido, muy *homme d'état*, muy de la Alta Emigración, 
y que, con motivo de un artículo de Pieper —emborronado a la ligera, como conviene 
para la “Neu England Zeitung” y como no podía ser fabricado de otro modo 
por un indigente sin domicilio fijo, en el que Pieper se burlaba de Rusia—, 
soltó nada menos que 3 artículos en 2 meses en 

la “Neu England Zeitung”, más o menos fraternizando (viejo amor 

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Marx a Engels · 8 de octubre de 1853 

no se enmohece) con Heinzen, etc. Así estaba en pie de tensión con 
nosotros. Cuando digo “nosotros”, excluyo al señor Lupus, a quien sus simpatías 
por el *Morning's Advertiser* lo empujaban naturalmente hacia Blind, y que, además, 
desde hace un buen tiempo, afirmó la particularidad de gruñir con sus presuntos amigos 
del partido y simpatizar con filisteos políticos. 
Hace un par de días, pues, se presenta de nuevo el señor Blind para traer a mi mujer 
una carta para Cluß, es decir, para Wolff, quien le había escrito una tierna carta 
de despedida, lo había instado a mantener correspondencia y le había dejado 
la dirección de Cluß. Mi mujer lo ilustró, naturalmente, 
sobre el hecho de que Inglaterra, por lo pronto, aún alberga al gran amigo de los turcos. Pero 
no era ése, naturalmente, el motivo por el que vino el ex amigo, hinchado a la manera de Falstaff. 
El tribunal de Baden ha secuestrado todo el patrimonio 
de los hijos del primer matrimonio (el 2.º contraído en el 13.º *arrondissement*) 
hasta que sean entregados a los judíos en Alemania, que quieren educarlos a la judía. 
Así, el señor Blind ha quedado reducido a la mitad de los ingresos suyos o de su mujer, 
y la “cuestión de los cuchillos y los tenedores” le parece ahora que, sin embargo, 
ha de empezar a ser considerada, antes aún de que se decida la guerra turca y de que 
San Petersburgo sea tomado por asalto. En tales circunstancias, y necesitando la ayuda 
del abogado Jones (Ernest), se ha acordado de nuevo, finalmente, 
de que yo existo, cosa que, naturalmente, me halaga de un modo condenado. | 

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