en Manchester 
Londres, 7 de septiembre de 1853 

I 7 de septiembre de 1853. 
28, Deanstreet, Soho. 

¡Querido Frederic! 

En efecto, tu carta llegó demasiado tarde. Yo había condensado la mierda esa, 
eliminando el pathos innecesario, y limándola un poco más, y se la envié al ama- 
ble órgano de los «licensed victuallers» unidos, el lunes. No ha sido insertada. Pero al mismo tiempo, este periódico tan sumamente consecuente publicó 
una breve «letter From a native Correspondent» (se supone que es D. Urquhart) 
en el número del lunes, en la que se despelleja de manera bastante clara a su propio «Foreign Correspondent» tachándolo de «Agente ruso» y ni siquiera se absuelve propiamente a Bakunin. El «M[orning] Advertiser» rechazó probablemente mi réplica porque no estaba escrita de forma tan confusa como la del «Native». Ahora aparecerá la cosa en el «People's Paper». 

Fue un puro lapsus linguae —vieja costumbre— el que mencionara al señor 
Dronke en la carta que te dirigí. No creo que la palabra del «pequeño» Blanqui tenga importancia alguna, ni que ganemos nada con el apéndice. 

El buen pequeño ha armado tal cisco que 1) lupus jamás me dijo palabra, pese a que yo estaba instruido por ti desde hacía tiempo, de su partida; 2) que el mismo lupus habla siempre de ti con gran reticencia; 3) que ayer por la noche tuve una escena increíble. 

Estaba yo sentado trabajando. Mi mujer y los niños en la habitación. Entra Lupus 
con paso muy grave —supongo que para despedirse al fin, ya que jamás había soltado prenda en mi casa sobre su inminente partida. 

Le había yo tomado prestada una pequeña gramática española, de Franceson, hará un año, quizá 120 páginas. Esa mierda se la devolví, si mal no recuerdo, hace 5 meses. Y si no, Dronke se la ha birlado. 

El viejo señor había preguntado ya a mi mujer y a Lenchen por el papelucho en 2 días distintos, y ellas le respondieron que ya se buscaría. 

Ayer por la noche, pues —el tipo entró ya refunfuñando— le digo 

Marx a Engels + 7 de septiembre de 1853 

yo, en el tono más apaciguador posible, que no puedo encontrar esa mierda, que la he buscado por todas partes, que creo habérsela devuelto, etc., etc. Me responde el sujeto en un tono rústico, palurdo y desvergonzado: «La has empeñado». (¡Nada menos que una mierda por la que yo le doy a cualquiera un soberano si consigue sacar por ella 2 farthings en todo Londres!) Naturalmente, me levanto de un salto, se produce un altercado, él se empecina, como un caballo testarudo, en su estupidez, injuriándome así «au sein de ma famille». Sabes que yo les paso mucho a los viejos que, idiotizados ya, son venerables como tradición de partido. Pero eso tiene sus límites. Creo que el viejo loco se ha asombrado de que al fin le enseñara los dientes. 

Todo esto es el resultado de las intrigas dronkianas, de un consumo demasiado constante de ginebra y de una desecación de los humores cerebrales. Quizá el aire del mar ejerza un efecto benéfico sobre su órgano pensante. Uno puede reclamar el privilegio del «viejo cascarrabias», pero no debe abusar de él. Yo tampoco estoy || sobre un lecho de rosas, y por eso su porquería burguesa no me sirve en absoluto de excusa. 

Los miserables rusos tanto en la «Tribune» como en el «Advertiser» de Londres (aunque con distinta personalidad y en distinta forma) se montan ahora en el caballito de batalla de que el pueblo ruso es democrático de cabo a rabo, que la Rusia oficial (Emperador y burocracia) no son más que alemanes y que la nobleza es igualmente alemana. 

Así pues, lo que hay que combatir es Alemania en Rusia, no Rusia en Alemania. 

Tú conoces Rusia mejor que yo, y si sacas tiempo para arremeter contra este desatino (exactamente igual que los asnos teutónicos endosan el despotismo de Federico II, etc., a los franceses, como si los siervos atrasados no necesitasen siempre de siervos civilizados para ser amaestrados), me obligarás mucho. Naturalmente, en la «Tribune». 

Tuyo 
KM 

Escríbeme más detalladamente sobre el estado del negocio y ya directamente en inglés. 

A la carta adjunta de Klein, que te ruego guardes cuidadosamente, he respondido de manera diplomática. Que desde Londres no es posible correspondencia alguna. Que los obreros fabriles deben mantenerse exclusivamente entre ellos y no entrar en relación con pequeños burgueses o palurdos en Colonia, Düsseldorf, etc. Que si una vez al año quisieran enviar a alguien para pedir un buen consejo, por nuestra parte no habría inconveniente. |