en Londres  
Manchester, 9 de julio de 1853  

I Mehr, sábado 9 de julio.  
Querido Marx:  

Anoche, a las cuatro, la anciana ama de casa me despertó del sueño, diciéndome que había un gentleman que quería hablarme. Me incorporé trabajosamente y encuentro en la puerta a un hombrecillo con un cab, una maleta colosal y un saco de viaje, que me dice llamarse Jacobi y que tú y Pieper me lo habíais enviado. ¡Marx y Pieper!, pensé yo, ¿quién demonios es este Jacobi, acaso es un hijo ilegítimo del de Königsberg o qué, y por fin el hombrecillo saca tu carta del bolsillo, bastante desconcertado de no haber sido recibido al instante con los brazos abiertos como a un desconocido — con lo cual me vino a la memoria lo que tu carta confirmaba: que se trataba del Jacobi del proceso de los comunistas, en quien no pensaba mi corazón, pues lo creía bien alojado desde hacía tiempo en las cachoteras prusianas. ¿Que faire? Lo hice pasar, pues, junto con sus accesorios, charlé con él soñoliento durante media hora y luego lo dejé echarse en mi sofá, pues la casa está atestada de gente. Afortunadamente, mi viejo está fuera de la ciudad hasta mañana, así que esta misma mañana cogí por el cuello al señor mártir del partido, le alquilé una vivienda y le prohibí dejarse ver por mi casa hasta que la partida de mi viejo levante el interdicto.  

Este procedimiento torpe y belicoso-westfálico de escoger, tras una estancia de ocho días en Londres, un tren que llega en plena noche, y, con el pretexto de no saber cómo orientarse, revolucionarle a uno la casa y octroyarse, todo eso me predispuso tan poco en favor del hombre como la pregunta discreta que me espetó nada más empezar: cómo me llevaba con mi viejo. Nuevas negociaciones han elevado un tanto, aunque no mucho, al hombre en mi opinión. Quiere presentarse en casa de Borchardt con cartas tuyas y de Kinkel (casi tan buenas como Marx y Pieper), irrumpir sin más ni más ni presentación en el despacho del pequeño Heckscher, donde espera que éste le dé al instante todas las aclaraciones sobre su trade y, de alegría por el nuevo trato «científico», ceda la mitad de la práctica a su nuevo competidor — y otras ideas por el estilo de Biedermann.  

La estupidez de acudir a Kinkel le perjudica más de lo que le beneficia. K. le da cartas… no dirigidas al señor, sino a la señora Schunck, una desvergüenza y una ruptura directa y grosera de la etiqueta inglesa, y luego, cuando el señor Kinkel, a quien por sus bufonadas sobre literatura alemana se le pagó y alimentó en dinero contante y sonante, cuando Monsieur Gottfried cree poder enviar a estos comerciantes recomendaciones (que no sean certificados de mendicidad) d’égal à égal, se equivoca de medio a medio. Por lo demás, Monsieur Jacobi, a lo que me parece, no es el hombre para hacer fortuna aquí.  

En cuanto mi señor viejo se haya ido, te enviaré algún dinero. Antes no puedo sacar nada sin riesgo, pues cada día me expongo a que revise mi cuenta, lo cual ya de por sí suscitará discusiones jocosas que prefiero despachar por escrito.  

La idea de que no escribiera porque estuviese «enfadado» me ha hecho reír. ¿De quoi donc?  
Saluda a tu mujer e hijos, y soporta la mierda al menos hasta que yo vuelva a tener las manos libres; confío en que sea dentro de ocho días.  
Tuyo