Manchester, 12 de abril de 1853

Querido Weydemeyer:

Adjunto te remito una declaración de Marx acerca de las confesiones de Hirsch, que enseguida harás insertar en todos los periódicos que te sea posible. Si inmediatamente envías una copia a Cluss, seguramente podrá encargarse de una buena parte. Creo que no perjudica si escribes debajo: «Los abajo firmantes están completamente de acuerdo con lo arriba expuesto, E. Dronke, F. Engels». Nosotros somos, en lo que concierne al asunto del manuscrito y, en general, al contacto con Bangya, tan responsables como M., y no estaría bien que le dejáramos cargar con la responsabilidad él solo. La copia entregada está en parte escrita de puño y letra de Dronke; el original, casi totalmente, de la mía. Ahora tenemos perspectivas de que el asunto se imprima en Suiza.

Esta declaración está redactada, naturalmente, sólo a base de los extractos que nos ha remitido Cluss y que tú has hecho. Todavía no podemos saber, naturalmente, si el contenido restante hará necesaria otra declaración; sin embargo, es de esperar que tú hayas extractado todo lo que a nosotros se refiere. Esperamos que en un par de días nos hayas enviado todo el material impreso.

En lo que respecta a Bangya, lo tenemos totalmente en nuestro poder. El tipo se ha metido tan hondo que está completamente acabado. Para cubrirse de los motivos de sospecha que surgen siempre de nuevo, se ha visto obligado a enseñar a Marx, poco a poco, todo su tesoro de documentos de Kossuth, Szemere, etc. Así, todavía tengo aquí los manuscritos originales del folleto de Szemere sobre Kossuth y Görgei. El señor Kossuth queda, pues, particularmente en ridículo en la persona del señor Bangya. La pequeña astucia del eslavo magiarizado fracasó ante la tenacidad de M. y la habilidad con que éste lo llevó al atolladero. Ahora nosotros, y nadie más (tal vez Szemere, en parte), tenemos en la mano las pruebas completas del carácter de B., pero ¿de qué serviría armar ahora escándalo al respecto? Se dice que el tipo volverá a Londres en mayo, y entonces se le podrá presionar y tal vez sacarle aún toda clase de cosas útiles.

Entre Willich y Hirsch han ocurrido toda clase de cosas que aún están lejos de estar claras, y si, como tú escribes, el manuscrito de Hirsch ha llegado ahí por mediación de Kinkel, eso hace suponer también toda clase de curiosidades. Hay que tratar de ver claro en ello, y B. puede servir para eso. Así que, de momento, no hables de ello; y, además, deja ahora que los señores húngaros salgan a la luz y digan su opinión, muy en particular Kossuth. ¿Por qué íbamos a ayudarles a salir del atolladero? Si se han puesto en ridículo con una declaración pública, *tant mieux*, entonces intervendremos nosotros.

En la emigración sigue adelante la vieja porquería, aunque ya no tan escandalosa en público como antes. Cuando estuve en Londres por Navidad, solíamos ir *sans façon* a las tabernas de Kinkel, Willich y Ruge, en medio de la morralla de aquellos sujetos, cosa que seis meses antes apenas se hubiera podido arriesgar sin una pelea. La gente de menos monta venía incluso a veces a vernos muy amistosamente y se dejaba hacer trizas pacientemente, sobre todo el noble Meyen-Julius Vindex. Dentro de nuestra peña, las cosas siguen como siempre. Dicen que Lupus anda muy solitario. Dronke lleva seis meses pescando un puesto de dependiente; hay ahora en marcha una intriga para proporcionarle uno en Bradford, a dos horas y media de viaje en ferrocarril de aquí. De Weerth he sabido por última vez desde Saint Thomas, en las Indias Occidentales, donde ha pasado la temporada de la fiebre amarilla. El lobo rojo, que como sabes es esposo y padre, pasea a su mujer y a su hijo y rara vez se le ve. Freiligrath vive como siempre en Hackney y cultiva el comercio bajo los auspicios del Sr. Oxenford. Yo mismo me he perfeccionado considerablemente este invierno en lenguas eslavas y en asuntos militares, y para finales de este año comprenderé bastante bien el ruso y las lenguas eslavas meridionales. En Colonia me he agenciado por poco dinero la biblioteca de un oficial de artillería prusiano retirado y, por un tiempo, me he sentido de nuevo todo un bombardero, entre el viejo Plümicke, el manual de la escuela de brigada y otros mamotretos que recordarás. La literatura militar prusiana es sin duda la peor de todas; tolerable es únicamente lo que se escribió aún bajo la viva impresión inmediata de las campañas del 13 al 15; pero desde 1822 se impone una repugnante pretensión de rigidez de cuartel y una pedantería del diablo. En los últimos tiempos han aparecido en Prusia de nuevo algunas cosas pasables, pero tampoco muchas. Desgraciadamente, las cosas francesas me resultan totalmente inaccesibles por no conocer la literatura especializada.

Las viejas campañas (es decir, desde el 92) me las he empollado bastante a fondo; las napoleónicas son tan sencillas que poco hay que echar a perder en ellas. Jomini es, a fin de cuentas, el mejor expositor de ellas; el genio natural Clausewitz, pese a algunas cosas bonitas, no me acaba de convencer del todo.

Para el futuro inmediato, es decir, para nosotros, la campaña rusa de 1812 es la más importante, la única en la que quedan por resolver grandes problemas estratégicos; Alemania e Italia no admiten otras líneas de operaciones que las establecidas por Napoleón; en Rusia, por el contrario, todo es todavía un caos y una confusión. La cuestión de si el plan de operaciones de Napoleón en 1812 consistió originariamente en marchar enseguida hacia Moscú o, en la primera campaña, en avanzar sólo hasta el Dniéper y el Duina, se repite para nosotros en la pregunta de qué ha de hacer un ejército revolucionario en caso de una ofensiva afortunada contra Rusia. Este problema —prescindiendo naturalmente de casualidades y suponiendo sólo un equilibrio aproximado de fuerzas— me parece, hasta ahora, sólo resoluble por agua, en el Sund y los Dardanelos, en Petersburgo, Riga y Odesa. Prescindiendo, como es natural, también de movimientos interiores en Rusia, y una revolución nobiliario-burguesa en Petersburgo con la consiguiente guerra civil en el interior es una de las posibilidades. El señor Herzen se lo ha puesto mucho más fácil al construirse a lo Hegel —en su folleto sobre el progreso de las ideas revolucionarias en Rusia— la república de Rusia democrático-social-comunista-proudhoniana bajo el triunvirato Bakunin-Herzen-Golovin, de modo que nada puede fallar. Con todo, es muy incierto si Bakunin sigue vivo, y en todo caso la enorme, vasta y poco poblada Rusia es un país muy difícil de conquistar. En cuanto a las provincias antaño polacas, al este del Duina y del Dniéper, no quiero saber nada más de ellas, desde que sé que los campesinos de allí son todos pequeños rusos, y que sólo la nobleza y una parte de la población urbana son polacos, y que para el campesino de esa región, como en la Galitzia pequeño-rusa en 1846, la restauración de Polonia equivale a la restauración del antiguo dominio señorial sin menoscabo. ¡En todos esos países, fuera del territorio del reino de Polonia propiamente dicho, apenas viven 500 000 polacos!

Por lo demás, es bueno que la revolución encuentre esta vez en Rusia un adversario respectable y no esos oponentes tan flojos y ridículos como en el 48.

Entre tanto, también aparecen toda clase de síntomas. La prosperidad algodonera alcanza aquí paulatinamente una altura que da vértigo, mientras que algunas ramas de la industria del algodón (tejidos bastos, lienzos del país) están completamente postradas. La especulación cree salvarse así del vértigo practicándolo sólo en América y Francia (ferrocarriles con dinero inglés) al por mayor, pero aquí del modo más fragmentario y al por menor, contagiando así poco a poco todos los artículos con el vértigo. El tiempo de invierno y primavera, completamente anormal que tenemos aquí, tiene que haber perjudicado al cereal, y si como de costumbre sigue un verano anormal, la cosecha será un desastre. A mi juicio, la presente prosperidad no puede sostenerse más allá del otoño.

Entre tanto, se está poniendo en ridículo ahora el tercer ministerio inglés en doce meses, y por cierto el último que es posible sin una intervención directa de la burguesía radical. Whigs, tories, coalicionistas fracasan uno tras otro no por el déficit fiscal, sino por el superávit. Con esto queda caracterizada toda la política de los viejos partidos y, al mismo tiempo, su extrema impotencia. Si los actuales ministros se vienen abajo, ya no será posible gobernar Inglaterra sin una extensión considerable del *pays légal*; este asunto caerá, pues, probablemente en los comienzos de la crisis. El aburrimiento duradero de la prosperidad le hace al desdichado Bonaparte casi imposible conservar su dignidad: el mundo se aburre, y él aburre al mundo. Lástima que no pueda casarse de nuevo cada cuatro semanas. Este farsante, borracho y falso jugador se arruina por el hecho de que se ve obligado a poner en práctica, como si fuera de verdad, el «Espejo de príncipes de Engel». ¡El miserable como «padre de la patria»! Está acorralado. Y ni siquiera puede iniciar una guerra: por todas partes las tropas, cerradas en filas apretadas, rebosantes de bayonetas, a la menor agitación suya. Al mismo tiempo, la calma deja a los campesinos un tiempo muy deseable para reflexionar sobre cómo el hombre que prometió oprimir París en beneficio de los campesinos ahora embellece París con el dinero de los campesinos, y cómo las hipotecas y los impuestos, a pesar de todo, más bien aumentan que disminuyen. En suma, la cosa se prepara esta vez con método, y eso promete mucho.

En Prusia, el gobierno se ha echado encima de modo bien bonito a la burguesía con el impuesto sobre la renta. Las cuotas tributarias son elevadas por los burócratas con la mayor desvergüenza, y puedes imaginarte con qué fruición estos nobles plumíferos andan ahora hurgando en los secretos comerciales y en los libros de contabilidad de todos los comerciantes. Incluso mi viejo archiprusiano echa espumarajos de ira. Estos muchachos tienen que apurar ahora hasta las heces las bendiciones del gobierno constitucional-paternal-prusiano *à bon marché*. La deuda estatal prusiana, que antes de 1848 era de unos 67 millones de táleros, debe de haberse multiplicado por cuatro desde entonces, ¡y ya quieren volver a pedir prestado! ¡Puede decirse que el rey gordo volverá a sudar con gusto las gotas de sudor de las jornadas de marzo si se le garantiza este crédito hasta su santo fin! A todo esto, Luis Napoleón le ha ayudado a poner de nuevo en pie la Unión Aduanera; Austria, por miedo a la guerra, ha cedido humildemente, y «¡ahora, Señor, deja que tu siervo descienda en paz a la tumba!»

Los austríacos hacen todo lo posible para poner de nuevo en movimiento a Italia, que antes del *putsch* de Milán se había sumido por entero en el comercio y en una prosperidad compatible con los impuestos, y si la cosa sigue así un par de meses más, Europa estará estupendamente preparada y…

Sólo necesita ya el empujón de la crisis. A esto se añade que la prosperidad inauditamente larga y general —desde comienzos del 49— ha restaurado con mucha mayor rapidez las fuerzas de los partidos agotados (en la medida en que éstos no estén del todo desgastados, como los monárquicos en Francia) de lo que fue el caso, por ejemplo, después de 1830, en unas relaciones comerciales durante largo tiempo vacilantes y en general incoloras. Además, en 1848 sólo el proletariado parisino, y más tarde Hungría e Italia, quedaron agotados por combates serios; las insurrecciones en Francia, desde junio del 48, casi no merecen mención, y al final no arruinaron sino a los viejos partidos monárquicos. A ello se suma el resultado cómico del movimiento en todos los países, en el que nada es serio e importante salvo precisamente la colosal ironía histórica y la concentración de los recursos bélicos rusos; y después de todo esto me parece, también desde el punto de vista más sobrio, pura y simplemente imposible que la situación actual sobreviva a la primavera de 1854.

Es muy hermoso que esta vez nuestro partido se presente bajo auspicios completamente distintos. Todas las tonterías socialistas que en 1848 todavía había que sostener frente a los demócratas puros y los republicanos suralemanes, las simplezas de L. Blanc, etc., e incluso cosas que nos vimos obligados a plantear sólo para encontrar puntos de apoyo para nuestras concepciones en la confusa situación alemana: todo eso es ya defendido ahora por nuestros señores adversarios, por Ruge, Heinzen, Kinkel y demás. Los prolegómenos de la revolución proletaria, las medidas que nos preparan el campo de batalla y barren el camino —una república una e indivisible, etc.—, cosas que tuvimos que sostener entonces contra aquellos cuyo natural y normal oficio hubiera sido imponerlas o al menos exigirlas, todo eso es ahora *convenu*, los señores lo han aprendido. Esta vez empezamos directamente con el Manifiesto, gracias sobre todo también al proceso de Colonia, en el que el comunismo alemán (muy en especial por obra de Roeser) ha hecho su examen de bachillerato.

Todo esto se refiere, naturalmente, sólo a la teoría; en la práctica, como siempre, nos veremos reducidos a urgir sobre todo medidas resueltas y una absoluta falta de miramientos. Y ahí está la pega. Me ronda la sospecha de que nuestro partido, gracias a la perplejidad y flojera de todos los demás, se vea forzado una hermosa mañana a ir al gobierno, para acabar realizando las cosas que no están directamente en nuestro interés, sino en el interés revolucionario general y específicamente pequeñoburgués; y en esa ocasión, empujado por el *populus* proletario, atado por sus propias declaraciones y planes impresos, más o menos mal interpretados, más o menos apasionadamente antepuestos en la lucha de partido, se vea obligado a hacer experimentos y saltos comunistas de los que uno mismo sabe mejor que nadie cuán inoportunos son. Con eso, uno pierde la cabeza —ojalá sólo *physiquement parlant*—, sobreviene una reacción, y hasta que el mundo está en condiciones de emitir un juicio histórico sobre semejante cosa, no se la tiene a uno sólo por una bestia, cosa que importaría un pito, sino además por *bête*, y eso es mucho peor. No alcanzo a ver cómo podría suceder de otro modo. En un país atrasado como Alemania, que posee un partido avanzado y que, junto con un país avanzado como Francia, se ve envuelto en una revolución avanzada, cuando se produce el primer conflicto serio, y en cuanto surge un peligro real, el partido avanzado tiene que llegar al poder, y en todo caso antes de su tiempo normal. Pero todo esto importa un pito, y lo mejor es que para tal eventualidad la rehabilitación de nuestro partido ante la historia está ya fundada de antemano en su literatura.

Por lo demás, en general apareceremos en escena mucho más respetables que la vez anterior. En primer lugar, en cuanto a las personas, por fin nos hemos librado felizmente de todos los viejos holgazanes, Schapper, Willich y consortes; en segundo lugar, nos hemos reforzado en alguna medida; en tercer lugar, podemos contar con una nueva camada más joven en Alemania (si no por otra cosa, el proceso de Colonia basta por sí solo para garantizárnosla) y, por último, todos nosotros hemos aprovechado considerablemente el exilio. Naturalmente, también hay entre nosotros individuos que parten del principio: ¿para qué vamos a currar como bueyes, si para eso está el *père* Marx, cuyo oficio es saberlo todo? Pero, en general, el partido de Marx curra bastante, y cuando se contempla a los otros asnos de la emigración, que han pescado aquí y allá nuevas frases y con ello se han vuelto todavía más confusos, está claro que la superioridad de nuestro partido ha aumentado, absoluta y relativamente. Pero es necesario también, *la besogne sera rude*.

¡Ojalá tuviera aún tiempo, antes de la próxima revolución, para estudiar y describir a fondo al menos la campaña italiana de 1848 y 49 y la húngara! En general, la historia me está bastante clara, a pesar de mapas defectuosos, etc. Pero justamente la exactitud del detalle que requiere la descripción cuesta mucho trabajo y dinero. Los italianos se han portado las dos veces como burros; la descripción y crítica de Willisen es, en su mayor parte, por lo común acertada, aunque a menudo también tonta, y la completa superioridad de la estrategia austríaca que él ya destaca en 1848 no se encuentra sino en la campaña de Novara, que es realmente lo más brillante que ha ocurrido en Europa desde Napoleón (pues fuera de Europa, el viejo general Charles Napier hizo en 1842, en la India oriental, cosas aún muy diferentes, que recuerdan de veras a Alejandro Magno; en general, tengo a Napier por el primer general vivo). Cómica es en Italia, exactamente como en Baden en 1849, la superstición tradicional por las posiciones de las campañas de la década de 1790. Herr Sigel no se habría dejado batir a ningún precio si no era en una posición vuelta clásica por Moreau, y Carlos Alberto no creía más firmemente en la virginidad de María que en la fuerza milagrosa de la meseta de Rivoli. En Italia esto era tan habitual que los austríacos abrían cada gran maniobra con un ataque simulado sobre Rivoli, y cada vez los piamonteses caían en la trampa. La gracia, naturalmente, era que las posiciones relativas y las líneas de comunicación eran completamente distintas. En Hungría, Monsieur Görgei sigue siendo, pese a todo, el tipo que era superior a todos y de quien todos se malquistaron por envidia; me parece probable que, si G. no hubiera sido, pese a su gran talento militar, un sujeto muy mezquino y vanidoso, estas hostilidades, en su mayoría estúpidas, lo habrían convertido al final en traidor. Desde el asunto de Világos —que militarmente está plenamente justificado (no justificado revolucionariamente)—, esos tipos han lanzado contra G. tales absurdos de acusaciones demenciales que casi habría que interesarse por el individuo. La verdadera «traición» se cometió tras el socorro de Komorn, antes de que llegaran los rusos, y de ella Kossuth tiene exactamente tanta culpa como G. Una gran oscuridad se cierne aún sobre el jefe del Estado Mayor de G., Bayer, que ahora está en Londres. De las memorias de G. y otras cosas parece desprenderse que él era el alma de los planes estratégicos de Görgei. Según me dijo Pleyel, B. es el principal autor del libro oficial austríaco sobre la campaña (B. estuvo prisionero en Pest y se fugó); dicen que es muy hermoso, aún no he podido procurármelo. De Klapka habla Görgei con gran respeto, pero todos admiten su gran debilidad. Perczel es reconocidamente un burro, el general «democrático» húngaro. El viejo Bem siempre se tuvo a sí mismo sólo por un buen jefe de partidas y comandante de un cuerpo destacado con un objetivo determinado; por lo que puedo juzgar, no fue más que eso, pero de un modo excelente. Dos veces cometió tonterías: una con su incursión sin resultado hacia ninguna parte, hacia el Banato, y después, cuando en la gran invasión rusa repitió al pie de la letra su acertada maniobra de Hermannstadt y fue apaleado. Pero el viejo Dembinski era un absoluto fantástico y fanfarrón, un guerrillero que se creía llamado a dirigir la gran guerra y comenzó las cosas más disparatadas. La campaña polaca de 1831 de Smitt ofrece cosas hermosas sobre él.

A propósito. ¿Puedes describirme brevemente la fortificación de Colonia, con un par de dibujos de memoria, croquis toscos? Si mal no recuerdo, el recinto principal está abaluartado; los fuertes deben ser «a la Montalembert», ¿cómo es eso y cuántos son? Puedes emplear todos los términos técnicos de fortificación; tengo aquí manuales y láminas bastante pasables. ¿Sabes, por lo demás, otros detalles de las fortalezas prusianas? Coblenza la conozco medianamente (al menos Ehrenbreitstein), de Maguncia he visto un plano. Lo que me interesa sobre todo es la manera en que se han ejecutado en Alemania las nuevas construcciones a la Montalembert; con la política prusiana de rodearlo todo de secreto, no se averigua nada al respecto.
Escríbeme pronto y saluda cordialmente a tu mujer y a Cluss de parte de tu
F. Engels