28 de diciembre de 1852.
28, Deanstreet, Soho, Londres.
¡Querido amigo!

Mi más cordial agradecimiento por su carta.

Lo que permitió a B[angya] engañarme durante tanto tiempo fueron dos circunstancias. Primera, su relación con Szem[ere], cuyo manuscrito sobre Görgey, Kossuth, etc., me hizo reconocer en él de inmediato al esprit fort de Hungría, – y la amistad de usted con B., ya que usted, durante nuestro breve trato personal, me inspiró una confianza incondicional. Segunda: las contradicciones, mentiras, etc., me las expliqué, mientras fue posible, por la manía de B., que a menudo se manifiesta en las ocasiones más insignificantes, de envolver su actuar y proceder en misterios y de jugar al escondite no solo con otros, sino también consigo mismo.

Todavía en este momento me inclino a creer que no es un espía propiamente dicho, sino que, como usted dice acertadamente, en tanto que “intermediario” entre los distintos partidos y alcahuete político, se ha extraviado por derroteros sospechosos.

Pero antes, vayamos al punto que le interesa a usted específicamente.

Szirmay es, en efecto, agente de Kossuth. Tiene la misión, según creo haber deducido de algunas manifestaciones suyas hechas sin cautela, de entrar en contacto con el B[onapart]e por medio del señor de M[aupa]s. Kossuth había intentado poco antes un empréstito de medio millón con los orleanistas por mediación de B[angya] y de su corresponsal en París M[alingre], pero recibió una respuesta negativa.

Volvamos ahora a B.

Yo mismo he visto con mis propios ojos una patente expedida por Kossuth y refrendada por Szirmay, en la que se instituía a Bangya como una especie de prefecto de policía in partibus de K. – como jefe de una contrapolicía contra los gobiernos. Por un lado, esta patente me tranquilizó acerca de no pocas relaciones y conocidos, por lo demás sospechosos, de B., pues aparecían como simples vínculos oficiales que, explotados con habilidad, podrían ser útiles a nuestro partido. Yo mismo he obtenido así, de él, algunos detalles importantes sobre el gobierno prusiano. Por otro lado,

le planteé directamente la pregunta: ¿Cómo se compagina su relación con K. con su relación con Sz[emere]? Me respondió con todo desenfado: por una parte, él actúa en interés de Sz., y por otra, este lo había autorizado para la relación con K. Por eso después no volví más sobre este asunto.

B. me requirió varias veces, en nombre de K., para que fuera a visitarlo. Respondí: yo vivo en tal y tal parte. Si el señor K. quiere hablarme, no tiene más que molestarse en venir a verme. K. me propuso entonces reunirnos en un tercer lugar. Dejé la cosa en suspenso. Pero entretanto apareció, publicada anónimamente por mí en la “Tribüne” (Nueva York), una correspondencia en la que atacaba a K., a Mazzini, etc., y en la que aludía también, en particular, a las intrigas en París por medio de Kiss, etc. ¡Tremendo alboroto en la prensa americana! ¡K[ossuth] en relación con el tirano! Impossible. Interpelado, B. reveló mi nombre a Szirmay como autor, y yo declaré entonces personalmente al señor Szy que, en efecto, yo era el autor. Que yo sepa, tengo plena libertad para escribir, sobre y contra el señor K., lo que me plazca. Poco después recibí periódicos de América en los que K. me desmentía como “calumniador” por medio de un presunto “secretario privado” del señor gobernador. Hice entonces pedir al señor K., vía B., que declarara si este desmentido procedía de él. En ese caso, lo fustigaría con escorpiones, ya que hasta entonces solo lo había rozado con la vara. K. me respondió por medio de Szirmay: 1) que no conocía dicha declaración, 2) que no tenía secretario privado alguno, y me hizo requerir de nuevo para un encuentro en un tercer lugar, lo cual ignoré. Por mi parte, comuniqué en la “Tribüne” la declaración de Kossuth dirigida a mí, y con eso el asunto tuvo fin por el momento, pero sigue ocupando todavía a toda esa prensa germano-americana, insípida y de mal gusto. La tormenta de indignación que mi correspondencia provocó contra mí prueba, en todo caso, que K. está perdu en cuanto se compruebe su alianza con

B[onaparte].

Soy ahora enteramente de la opinión de que ambas partes debemos guardar la mayor discreción, ya que B[angya], en cuanto se sepa desenmascarado, podría causar a usted y a Sz[emere] un daño quizás considerable, sobre todo en lo relativo a la estancia en París; además de que, antes de que el manuscrito esté impreso, toda revelación pública de B. ante el público me ridiculizaría, en el mejor de los casos, a mí mismo. Finalmente, considero que || es importante –hasta que las circunstancias estén maduras para desenmascararlo públicamente– vigilar al señor B. de cerca. Esto será particularmente importante durante su estancia en París. Es de una indiscreción asombrosa y, ya para mantener la confianza, le comunicará a usted y a Sz[emere] todos los pasos de los distintos partidos a los que sirve.

Así pues, me presentaré ante él de manera reservada y fría –como él no puede esperar otra cosa después del último coup–, pero sin dejarle traslucir ni todo el alcance de mi sospecha ni mi correspondencia “secreta” con usted.

B. mismo escribe en la esquela que adjunta a la carta de su corresponsal anónimo: “Creo que ahora está usted en libertad de mandar imprimir la obra en otra parte.” Creo que con este consejo, que por lo demás no es más que el eco de una amenaza que yo le hice, intenta cubrirse las espaldas.

Pero convengo plenamente con Sz[emere] y con usted en que esto debe ahora realizarse realmente. La dificultad reside solo en la ejecución. En este momento ha aparecido en una librería suiza un folleto mío: “Revelaciones sobre el proceso de los comunistas de Colonia”. (Haré llegar a usted y a Sz[emere] 2 ejemplares tan pronto como me sea posible.) La misma librería está ocupada en una edición de mi 18 Brumario para Alemania. No hay perspectiva alguna de inducir a la misma librería a una tercera empresa. En Alemania ninguna librería se atreve ahora a imprimir cosa alguna mía. No quedaría, pues, más que la impresión por cuenta propia, lo cual me es imposible en mis actuales circunstancias. Y sin embargo, la cosa es necesaria. Meditaré lo que haya que hacer.

Por las “Revelaciones” verá usted que Greif es un hombre completamente infame. En diciembre de 1851 estuvo en París en asuntos del complot franco-alemán y para establecer una conexión ficticia entre mis amigos de Colonia y los locos de París.

Con todo, es cierto que, cuando Greif estaba todavía aquí en Londres, B. recibía regularmente, el día 3 o 4 de cada mes, dinero de Berlín. ¿Conoce usted las fuentes de las que procede ese dinero?

Lo principal en esta historia sigue siendo: “À corsaire corsaire et demi.” Si B. pretendiera volverse “peligroso”, bastaría con recordarle que se le tiene en la mano por sus vínculos con M[alingre] y los orleanistas.

Escríbame pronto y asegure a Szem. que tiene en mí a un sincero admirador.

Suyo
Ch. Williams I