Karl Marx an Friedrich Engels 
in Manchester 
London, 3. Dezember 1852 

I 3 December 1852. 
28, Deanstreet, Soho, London. 

Lieber Frederic! 

Hace ya tiempo que habrías tenido respuesta a la carta (con el adjunto del artículo para Dana) si no hubiese estado doblemente atareado y retenido, primero por el dictado de mi folleto a limpio y luego por visitas de Weerth, Strohn, Damm, etc. 

El folleto se imprimirá con toda probabilidad en Suiza, en casa de Schabelitz junior, el cual se ha separado de su viejo y ha establecido una contaduría propia. Aparte de eso, Cluß, si cree poder recuperar con ello los gastos de producción, puede hacer imprimir la cosa en Washington. La cosa tiene que imprimirse, aunque sólo sea para que exista como documento público después del estallido de la revolución. He hecho nuevos y muy interesantes descubrimientos sobre el complot de Cherval, etc., que espero leerás impresos. 

Weerth vino el domingo por la noche, me encontró muy atareado y de un humor no demasiado risueño. Me preguntó «qué era lo que en realidad quería yo escribir sobre la historia de Colonia» —y ello en un tono un tanto engolado y gangoso. Yo le pregunté «qué quería él en las Indias Occidentales» y, al cabo de un cuarto de hora, desapareció. El martes por la noche volvió a presentarse y me dijo que, en realidad, no había querido regresar, pero que había cedido a las insistencias de Freiligrath. Y es que, al parecer, el domingo yo daba la impresión de estar muy ocupado y malhumorado. Me tomé la libertad de hacerle notar al señor Weerth que él, durante la mitad del tiempo que le conozco, ha estado siempre malhumorado y malcontento, cosa que él no podrá afirmar de mí. Después de jabonarle un poco la cabeza, volvió a orientarse y se convirtió —nuevamente en el viejo Weerth. Encuentro que está condenadamente aburguesado y que toma su carrera demasiado «au sérieux». Strohn, por lo menos, sigue siendo siempre el de antes y pas trop fin. 

El señor Banya ha recibido hoy de mí la siguiente carta: 

«Recibo hoy una carta de Engels con comunicaciones sumamente curiosas. 

Engels no ha escrito a la dirección que usted indicó, 

pues, observa él, ¿qué prueba, en efecto, una carta de respuesta a una misiva que no está escrita bajo una dirección directa, sino que ha llegado sólo por mediación de una segunda dirección a poste restante? 

Engels, por el contrario, había encargado a unos amigos de negocios en Berlín que tomasen informes. Éstos le comunican ahora, después de las más cuidadosas indagaciones: 

1.°) que no existe ninguna firma Collmann; 
2.°) que no existe ningún individuo C[ollmann] bajo la dirección indicada 

58 o 59 neue Königsstrasse; 
3.°) que Collmann no puede ser localizado en Berlín en modo alguno. 

Engels me hace notar, además, que las dos cartas firmadas por Eisermann y la carta firmada por Collmann proceden de la misma mano, que las tres poseen la singular característica de ser sueltas papeletas sin matasellos, que en las dos primeras aparece directamente Eisermann como editor y en la última Collmann, etc., y que la cuestión se ha arrastrado a lo largo de siete meses con pretextos que se contradicen mutuamente. 

Yo le pregunto a usted mismo, después de que Collmann se ha revelado como una mistificación en la misma medida en que antes lo fuera el no existente editor de la “Const[itutionellen] Zeit[ung]”, Eisermann, ¿de qué manera racional se explican todas estas contradicciones, inverosimilitudes, misterios en un asunto tan sencillo como lo es la publicación de un folleto? 

Con confianza no se hacen desaparecer por ensalmo los hechos, y las personas que se estiman no se exigen recíprocamente una fe ciega. 

Le confieso a usted que, aun con la mejor voluntad, no puedo dejar de verme forzado, cuanto más le doy vueltas a esta historia, a encontrarla condenadamente poco clara, y que, si no mediara mi amistad personal hacia usted, me adheriría sin más a la conclusión de la carta de Engels: “Après tout, il paraît pourtant qu’on a voulu nous jouer.” Suyo, etc. Marx 

P. D. Engels, por último, me hace notar que absolutamente nada estaría probado y nada se habría adelantado aunque el manuscrito en cuestión reapareciese en Londres por un par de días. Pues ¿qué podría probar esto, salvo la existencia y la identidad del manuscrito, que nadie pone en duda?» 

Mañana veremos qué responde el señor B. 

Las lunas de miel del Imperio de Bonaparte son espléndidas. El tipo ha vivido siempre a crédito. Hagamos que los establecimientos de crédito en Francia sean lo más generales posible y lo más accesibles posible a todas las clases de franceses —y todo el mundo creerá que ha llegado el milenio. Para ello, directamente un banco propio para la agiotaje y el humbug ferroviario. El tipo sigue siendo siempre el mismo. El caballero de industria y el pretendiente no desmienten ni por un instante el uno al otro. Si no hace pronto la guerra y la hace, 

irá a pique por las finanzas. Bueno es que los planes de redención de Proudhon se realicen en la única forma en que son practicables: como estafa crediticia y timo más o menos directo. 
Me alegro mucho de tu venida aquí. 
Tuyo 
K. Marx