Friedrich Engels a Marie Blank
en Londres
Manchester, 22 de noviembre de 1852

Manchester, 22 de noviembre de 1852.

Querida Marie:

Tengo que pedirte disculpas de un modo realmente tremendo por no haber contestado hace ya mucho tiempo a tu primera carta. Pero en el despacho, donde antes solía despachar mi correspondencia privada, tengo ahora tanto que hacer que ya no hay ni que pensar en ello, y en casa, mon Dieu, mis materiales de escritura se hallan siempre en tan mal estado (como demuestran, por ejemplo, mis experimentos caligráficos al comienzo de esta carta) que apenas puedo decidirme a entablar una lucha con ellos. A pesar de todo, lo hago esta noche; admira mi sentimiento del deber, y considera mi mala letra como una nueva prueba de mi amor fraternal.

Además, tenía yo otro motivo que me impedía escribirte. A saber, cuando estabas en Alemania, se me ocurrió que tenía que preguntarte algo; pero cuando regresaste, me fue absolutamente imposible volver a acordarme de qué era. Comprenderás que semejante falta de convicción, o más bien falta de rememoración, había de causar grandes remordimientos a un hombre con sentido del honor. Francamente, no podía decidirme a escribirte mientras no tuviera claridad sobre este importante punto. Pero tu nueva carta, y una intensa actividad mental aguzada por un welsh rabbit y unas copas de jerez, me han puesto por fin de nuevo en pie y ahora recuerdo otra vez lo que quería preguntarte. Se trata, en concreto, de lo siguiente: ¿Me dejé en Navidad o en Pascua un par de camisas de algodón en tu casa? Éstas han desaparecido de mi guardarropa desde hace largo tiempo, y si hubieran vuelto a aparecer allí, me resultaría muy grato, pues de ello se deduciría que no soy en modo alguno una persona desordenada.

Me preguntas por mis deseos. Ma chère soeur, con los deseos no me meto desde hace ya una buena temporada, de eso no sale nada. Además, no tengo en realidad talento para ello, pues cuando excepcionalmente me sorprendo en la flaqueza de desear algo, es siempre algo que de todos modos no puedo tener, y por eso hago mejor en quitarme del todo la costumbre de desear. Como ves, también en esta materia recaigo enteramente en el tono moral del Predicador Salomón, y así, "the less we say about it, the better it will be". Si piensas, pues, obligarme de nuevo por Navidad con una nueva prueba de tu amor, mi torpe e ineducado talento para desear difícilmente podrá venir en tu ayuda; por lo demás, me consuelo pensando que tú tampoco necesitas esa ayuda, à en juger par le passé.

Me alegra saber que todos vosotros estáis bien. Salvo algunos resfriados, yo también he estado sano por lo general, y sobre todo no he vuelto a tener dolores de muelas con el cambio de estación; espero que eso se haya pasado ahora del todo. Sigo viviendo en Strangeways, pero unas casas más allá, aunque creo que el mes que viene dejaré esta zona para mudarme más cerca de la Pequeña Alemania; esto está demasiado solitario, y este invierno me permitiré, para variar, divertirme un poco, en la medida en que ello sea posible en este cosmos también. Desde hace seis meses no he hallado ocasión de aplicar mi reconocido genio en la composición de una ensalada de langosta: ¡qué horror, así se aceda uno por completo! De todos modos, la próxima primavera tendré que escribir otra vez un libro, probablemente en inglés, sobre la guerra húngara, o sobre las novelas del difunto señor de Balzac, o sobre cualquier otra cosa. Pero esto es un gran secreto, de no ser así no te lo comunicaría.

¿Qué hace Elise? Si sabe cocinar bien y zurcir medias, bien podría venir después de Navidad y llevarme la casa. Puesto que Godofredo el tañedor de laúd (¿o era Francisco?) ha puesto casa propia, casi estoy obligado a hacer lo mismo y a superarle, lo cual es muy fácil, pues Elise sabría ciertamente hacer los honores de la casa de manera espléndida, mientras que el viejo solterón emplastado no tiene sino a una vieja, chiflada, de seis pies de alto, huesuda, escuálida, espantosa, gruñona, legañosa, desaliñada y desgreñada criada de cocina jubilada por ama de llaves, y a pesar de sus galanterías en conciertos, bailes y cosas por el estilo, no encuentra nunca mujer, ¡pauvre bonhomme, que Dieu le bénisse!

Por lo demás, ya es hora de que termine, pues empiezo a hablar toda clase de males de mis semejantes y hasta de un miembro de la firma, y eso no se debe hacer nunca, excepto cuando se puede ganar algo con ello, dice el cuáquero.

Saluda a Emil, a Elise y a los pequeños, y ten la bondad de presentar mis respetos al Sr. y la Sra. Heilgers. Para asistir al entierro del Old Duke hacía demasiado mal tiempo y el trabajo en el despacho era demasiado urgente; sólo hicimos media fiesta. Por lo demás, dentro de cuatro semanas estaré allí de todas formas.

De todo corazón
Tu
Friedrich