Friedrich Engels a Karl Marx
en Londres
Manchester, 10 de octubre de 1852

I Domingo 10 de octubre de 1852.
Querido Marx:

Estoy ya harto de ese eterno dilatarse del folleto. De mes en mes debía aparecer, y nunca llega. Se van inventando un pretexto tras otro y luego se abandonan. Por fin se dice que en la feria de San Miguel aparecerá, pero con toda seguridad. Pasa la Trinidad, Malbrough no vuelve. Al contrario, se dice que el hombre ha muerto y que Bangya no sabe qué ha sido del manuscrito. Esto es demasiado. Tenemos que obtener por fin que nos sirvan el vino claro. El asunto se hace cada día más sospechoso. No quiero, y tú seguramente tampoco, que nuestro trabajo común caiga en malas manos. Hemos escrito para el público y no para el solaz privado de la policía berlinesa o de cualquier otra, y si con Bangya no hay nada que hacer, tomaré por mi cuenta cartas en el asunto. Nuestro dependiente Charles, a quien conoces, marcha la semana que viene al continente vía Hamburgo y Berlín. Le he encargado que se informe a fondo en Berlín sobre esta cuestión, y si la semana que pase allí no bastara, deberá enganchar en la empresa a nuestro agente de allí. Pero apuesto a que de este modo llegaremos al fondo de estos peces podridos. ¡Qué significa todo eso del librero Eisermann o Eisenmann, a quien no se puede encontrar en ningún catálogo de libreros! Pero «el editor —del antiguo periódico constitucional», ése sí que se puede encontrar. Si la cosa no está en regla, es absolutamente necesario que hagamos una declaración pública, para que no nos jueguen una mala pasada como con la obra de Taschereau a Blanqui, y precisamente en todos los periódicos alemanes más leídos. En cuanto a los misterios de Bangya, están aquí muy mal empleados por lo menos, y por mi parte estoy harto de subterfugios, y haré ahora por mí mismo lo que considere oportuno.

El padre Kinkel viene aquí a dar conferencias alemanas, bajo la égida de judíos poetas de tercero y cuarto rango. Eso será hermoso. El secretario del Ateneo quiso reclutarme también para que suscribiera, con la observación: donde hay algo así como una vida accidentada, aunque no fuera más que una huida de un naufragio o cosa semejante, siempre hay un fundamento natural y justo para la simpatía. He ahí los argumentos que se emplean para mendigarle un auditorio.

Por lo demás, nada nuevo. Escríbeme lo que sigas oyendo sobre el asunto del folleto, pero eso difícilmente influirá en mi decisión respecto a Charles. Saluda muy afectuosamente a tu mujer y a los niños.

Tuyo
F. E.