Friedrich Engels a Karl Marx  
en Londres  
Manchester, 24 de septiembre de 1852  

I Querido Marx:

Adjunto te devuelvo el sobre de tu carta recibida hoy, en el cual parece haberse hecho un intento —por lo demás fallido— de abrirla.

La traducción y la carta de Massol salieron ayer tarde por el segundo correo.

Muy bonita es la descripción de Cluß sobre la recepción de Kinkel, etc., entre los yanquis alemanes; esos tipos son en las Alleghanies exactamente los mismos que en la Selva Negra y el Taunus.

No había leído las revelaciones en los periódicos alemanes —ayer volví a ver un periódico alemán por primera vez en mucho tiempo.

Los crapauds lo están haciendo bien. Los obreros, después de todo, parecen haberse aburguesado por completo a causa de la prosperidad momentánea y de la perspectiva de la gloria del imperio. Será necesario un duro castigo mediante crisis para que vuelvan pronto a ser capaces de algo. Si la próxima crisis resulta suave, Bonaparte podrá salir a flote. Pero tiene todo el aspecto de querer volverse endiabladamente seria. No hay crisis peor que aquella en que la sobreespeculación se desarrolla lentamente en la producción y por eso necesita tantos años para desplegar sus resultados como en el comercio de productos y efectos meses. Y con el viejo Wellington no sólo ha sido sepultado el common sense de la vieja Inglaterra, sino la propia Old England en su único representante sobreviviente. Lo que queda son sporting characters sin séquito como Derby y estafadores judíos como D'Israeli —que son precisamente tales caricaturas de los viejos tories como Monsieur Bonaparte lo es de su tío. Aquí se pondrá bonito cuando llegue la crisis, y sólo cabe desear que se prolongue todavía un poco, para convertirse en un estado igualmente crónico con episodios agudos como el de 1837/42. Por lo demás, en cierto sentido el viejo Wellington era, según todo lo que se sabe de él, un jefe militar formidable: el tipo trabajaba como un buey, estudiaba todos los escritos militares con gran celo y conocía el asunto muy a fondo. Tampoco se habría arredrado ante medios extremos.

El proceso de Colonia se volverá terriblemente aburrido según tus noticias. ¡El desgraciado de Heinrich con su defensa principista! Exigirá que se lean sus 30 pliegos, y si se lo conceden, está perdu. El jurado nunca le perdonará haberlos aburrido tanto. Por lo demás, el ministerio público tiene mala pata. Haupt, pues, se ha ido al Brasil, el oficial de sastre anónimo también había desaparecido entonces y difícilmente habrá reaparecido, ¡y ahora, para colmo, se le muere el consejero de policía, por cuya enfermedad en julio se aplazó el asunto! Pero ¡de qué servirá tanta suerte si Heinrich ilumina la cosa desde el punto de vista filosófico!

El noble Schurz, pues, discursea sobre la prédica que hace Kossuth del evangelio del «lanzarse a la acción», ¡después de que él y comparsa vivieran años enteros precisamente de ese mismo evangelio! Está muy bien eso de escupirle a Kossuth en la sopa porque les ha quitado la nata, pero es muy estúpido escribir algo así cuando todo el mundo lo sabe mejor.

Que Kossuth vaya a hacer disparates es muy probable; pues tiene, le malheureux, sus sillas de montar gastadas, sus mosquetes de desecho, sus compañías instruidas por Sigel, a Klapka y a Garibaldi (este último manda la flota italo-húngara en el océano Pacífico bajo la forma de un barco mercante que navega bajo bandera peruana entre Lima y Cantón).

Tuyo  
F. E.  
24 de septiembre de 52.