Karl Marx a Friedrich Engels 
en Manchester 
Londres, 8 de septiembre de 1852 

I 8, septiembre, 1852. 
28, Deanstreet, Soho, Londres. 
¡Querido Engels!

Tu carta de hoy llegó en medio de una atmósfera muy agitada.

Mi mujer está enferma, Jennychen está enferma, Lenchen tiene una especie de fiebre nerviosa. No puedo ni he podido llamar al médico porque no tengo dinero para medicinas. Desde hace 8 a 10 días vengo alimentando a la family a base de pan y patatas, y aún es dudoso que hoy pueda conseguirlas. Esta dieta, naturalmente, no ha sido beneficiosa en las actuales condiciones climáticas. No he escrito el artículo para Dana porque no tenía ni un penique para ir a leer los periódicos. Por lo demás, en cuanto hayas enviado el n.º XIX, escribiré en una carta mi opinión sobre el XX, el compendio de toda la mierda actual.

Cuando estuve contigo y me dijiste que podrías procurarme una suma algo mayor para finales de agosto, se lo escribí a mi mujer para tranquilizarla. Tu carta de hace 3 o 4 semanas indicaba que no había muchas perspectivas, aunque dejaba entrever alguna. Así que he ido aplazando a todos los acreedores, a quienes, como sabes, siempre se les paga solo pequeñísimas fracciones, hasta principios de septiembre. Ahora la tempestad es general.

Lo he intentado todo, pero en vano. Primero, ese perro de Weydemeyer me estafa con 15 libras. Escribo a Alemania a Streit (porque este había escrito a Suiza a Dronke). Ese animal ni siquiera contesta. Me dirijo a Brockhaus y le ofrezco artículos para Die Gegenwart de contenido inocuo. Me lo rechaza en una carta muy cortés. Por último, la semana pasada ando todo el día de un lado para otro con un inglés que quería procurarme el descuento de las letras de cambio giradas contra Dana. Pour le roi de Prusse.

Lo mejor y más deseable que podría ocurrir sería que la landlady me echara de casa. Por lo menos, entonces me libraría de la suma de 22 libras esterlinas. Pero difícilmente cabe esperar de ella tanta amabilidad. Y además, el panadero, el lechero, el del té, el verdulero, y aún la vieja deuda del carnicero. ¿Cómo voy a salir de toda esta porquería infernal? Por último, en estos últimos 8 a 10 días, he tenido que gorrear algunos chelines y peniques —lo que más me fastidia—, pero era necesario para no reventar.

Habrás visto por mis cartas que, como de costumbre, cuando estoy metido yo mismo en la mierda y no me limito a oír hablar de ella de lejos, la atravieso con gran indiferencia. Pero ¿qué hacer? Mi casa es un lazareto y la crisis se está volviendo tan perturbadora que me obliga a prestarle mi más alta atención. ¿Qué hacer?

Entretanto, el señor Gögg está de nuevo en viaje de placer a América, steamer first class. El señor Proudhon se ha embolsado unos cuantos cientos de miles de francos por su Anti-Napoleón, y el padre Massol es tan magnánimo que me cede el miner, fouiller, etc. Je le remercie bien.

Tuyo
K. M.

I Frederic Engels, Esq.
70, Great Ducie Street
Manchester